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Comunidad de mercadeo en red

Tema en 'Prosa: Sociopolíticos' comenzado por anaximandro, 9 de Octubre de 2014. Respuestas: 0 | Visitas: 648

  1. anaximandro

    anaximandro Poeta recién llegado

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    3 de Septiembre de 2014
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    Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba
    sobre él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas
    que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían
    bajado de ellas, y lavaban las redes.

    Subiendo a una de las barcas, que era de Simón,
    le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose,
    enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

    Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro,
    y echad vuestras redes para pescar
    .» Simón le respondió:
    «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos
    pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes


    Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo
    que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros
    de la otra barca para que vinieran en su ayuda.
    Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

    Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús,
    diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre
    pecador
    .» Pues el asombro se había apoderado de él
    y de cuantos con él estaban, a causa de los peces
    que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan,
    hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

    Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde
    ahora serás pescador de hombres

    Llevaron a tierra las barcas
    y, dejándolo todo, le siguieron.

    Lc. 5:1-11




    Introducción



    En la actualidad se ha venido manifestando la intensificación, amplificación y extensión de un fenómeno de enajenación-alienación social, sustentado en la falacia de que el modelo de comercialización intenso de extensión progresiva, genera un proceso intenso de capitalización mercantil de amplificación progresiva infinita y eterna.


    El principio general que se ubica en el núcleo psicosocial de este fenómeno es la explotación de la ingenuidad del sentido común y la pseudoconcreción, en torno al cual se integra un modelo de compromiso basado en un proselitismo intenso y la conformación de redes sociales comunitarias de clientela cautiva.

    Los predicadores de este “nuevo” evangelio, al que denominan con las pretensiosas definiciones de “capitalismo social”, “capitalismo popular” o “capitalismo democrático”, lo presentan como el descubrimiento más “revolucionario” de todos los tiempos, a sabiendas o no, de que su radicalidad consiste en la más descarada intensificación de la especulación capitalista y su originalidad en la conformación de redes sociales comunitarias de base de especulación capitalista intensa.

    Sin embargo, esta falacia y su núcleo psicosocial no tienen nada de revolucionario, nuevo, misterioso o milagroso, pues se sustentan simple y sencillamente en un fenómeno de la pseudoconcreción y el sentido común vulgar de la economía que denominaremos fetichismo monetario.

    La manifestación vulgar más concurrente y recurrente en que se ostenta verbalmente este fenómeno, se reduce a la siguiente expresión: “Para qué trabajar, si el dinero lo puede hacer por mí.” En la que las relaciones interactivas entre el intransitivo “trabajar”, el sustantivo “dinero”, el presente indicativo “puede” y el transitivo “hacer”, en función de la relación asociativa con el pronombre de la primera persona del singular “”, connota la subsunción de una facultad dinámica característica propia del sujeto: la fuerza de trabajo, en el objeto físico sólido inanimado concreto que es el “dinero”.

    El concepto de fetichismo define la conversión de una cosa, fenómeno o proceso de la realidad objetiva en objeto de culto, para lo cual esta cosa, fenómeno o proceso debe ostentar características, propiedades o atributos de la subjetividad y objetividad psíquicas: autonomía dinámica operativo-funcional voluntaria.

    Este animismo, sin embargo, es una herencia primitiva de la ingenua pseudoconcreción del homo erectus, primo hermano del homo sapiens sapiens, que habitó sobre la faz de la tierra en el pleistoceno medio e inferior; o sea entre 300 000 mil y 1.8 millones de años antes de la era moderna. En consecuencia, el núcleo psicosocial en que se sustenta la “novísima originalidad” de este evangelio comercial es tan viejo como el mismísimo ser humano, y está tan carcomido por la evolución y enmohecido por la ignorancia, que no ha terminado de convertirse en polvo y ceniza de la historia bajo la acción de la todopoderosa fuerza calcinante de las expansiones X, M y C de la concreción racional, en función únicamente de la “milagrosa” omnipresencia del sistema compuesto de múltiples relaciones de dominación de la plutocracia: el poder político del sector bursátil de la oligarquía financiera supranacional.

    Vamos directamente pues, sin más rodeos, al fondo y al centro del fetichismo monetario.




    El dinero


    El dinero es el estiércol del demonio .

    Giovanni Papini



    Las formas monetarias de la historia y del mundo, el circulante, el capital variable, el dinero pues, fuera de los atributos físicos que posibilitan usarlo como el medio universal del intercambio comercial entre los productores sociales de insumos, bienes y servicios, no va más allá de ser la representación simbólica del valor de dichos insumos, bienes y servicios; el cual valor, a su vez, no es otra cosa que la representación simbólica del tiempo de trabajo socialmente necesario y suficiente, invertido por la fuerza de trabajo en los procesos de extracción, procesamiento y comercialización de los insumos naturales para la producción, de producción y comercialización de los bienes de consumo y de comercialización y prestación de servicios a los consumidores y usuarios finales.

    En síntesis, el dinero es la representación abstracta―doblemente simbólica―de tiempo de trabajo concreto, por consiguiente, cada cantidad de valor dinerario es equivalente a una determinada magnitud específica de tiempo de trabajo. De manera que el proceso comercial, el intercambio de productos de la fuerza de trabajo, es, en esencia, un intercambio equivalente de tiempo de trabajo.

    El concepto de dinero autoreproductivo: el crédito usurario, la comercialización lucrativa de dinero, oculta que dentro de la usura, como el genio de la lámpara de Aladino[SUP]1[/SUP], se encuentra la plusvalía mercantil especulativa, que al igual que su fratria germania mayor: la plusvalía mercantil simple, se distingue de su progenitora: la plusvalía laboral[SUP]2[/SUP], en que es un modo indirectode lucro de la comercialización de tiempo de trabajo, y es especulativa, en principio, a diferencia de la plusvalía mercantil simple, en cuanto presuposición de la usura de la comercialización de tiempo de trabajo aún no realizado.

    El efecto que esta fantasmagoría ejerce en la economía se expresa con una definición muy significativa: burbuja inflacionaria, que no es otra cosa que el proceso de homeostasis sistémica de la representación simbólica de la magnitud del valor dinerario.

    En tanto que la magnitud de tiempo de trabajo aun no realizado es equivalente a la ausencia objetiva de una masa determinada de productos de la fuerza de trabajo en el ciclo comercial, y en cuanto el valor de la masa total de circulante es equivalente a la magnitud total de tiempo de trabajo realizado objetivamente en la masa total de los productos de la fuerza de trabajo realmente existente en el ciclo comercial, el dinero pierde un porcentaje cuantitativo de valor equivalente a la magnitud de tiempo de trabajo aún no realizado objetivamente, impactando directamente en la magnitud del valor de la masa realmente existente de productos de la fuerza de trabajo, al ganar ésta el porcentaje de valor perdido por aquél.

    Sin embargo, la cosa no para aquí, en virtud de que la homeostasis sistémica de la representación simbólica de la magnitud del valor dinerario implica en sí, en la realidad del ciclo comercial, que la usura sería un mal negocio, ya que la plusvalía mercantil especulativa se esfuma de un plumazo al quedar subsumida y anulada en la burbuja inflacionaria, condenando a la indigencia a los banqueros y a los prestamistas.

    La cosa es, por tanto, un poco más compleja, de manera que para comprenderla es necesario recurrir a la famosísima ley comercial de la oferta y la demanda[SUP]3[/SUP].

    Este principio regulador intrínseco del proceso comercial se expresa en el axioma de que la demanda determina la oferta y de que sus relaciones determinan el valor comercial:el precio, de los productos de la fuerza de trabajo en función de las subsecuentes modalidades:

    Cuando la demanda es equivalente a la oferta, el valor comercial de los productos de la fuerza de trabajo es equivalente a su valor. Es decir, el precio expresa una equivalencia directa con el tiempo de trabajo socialmente necesario y suficiente invertido por la fuerza de trabajo en la extracción, transformación, elaboración, comercialización y prestación de insumos, productos y servicios.

    Cuando la demanda es mayor que la oferta, el valor comercial es mayor que el valor: el precio expresa una diferencia cuantitativa de incremento en la representación simbólica del tiempo de trabajo socialmente necesario y suficiente invertido por la fuerza de trabajo en la extracción, transformación, elaboración, comercialización y prestación de insumos, productos y servicios, denominada demasía, superávito plusvalía comercial.

    Cuando la demanda es menor que la oferta, el valor comercial es menor que el valor: el precio expresa una diferencia cuantitativa de disminución en la representación simbólica del tiempo de trabajo socialmente necesario y suficiente invertido por la fuerza de trabajo en la extracción, transformación, elaboración, comercialización y prestación de insumos, productos y servicios, denominada merma, déficit o pérdida comercial.

    Esto, en última instancia, significa que el precio de la masa total de los productos del trabajo humano en el ciclo comercial es siempre equivalente a la magnitud de valor de la masa total de circulante, por tanto, las pérdidas y ganancias implícitas en las diferencias entre la oferta y la demanda, ni crean valor de la nada ni lo desvanecen en la nada, pues la plusvalía es un producto que, en virtud de las modalidades de esta ley, siempre está cambiando de manos, enriqueciendo a unos en función del empobrecimiento de otros, concentrándose progresivamente en los núcleos gravitacionales de la economía: las instituciones financieras.

    De modo que los banqueros y prestamistas tienen en esta ley una tabla de salvación para la usura, ya que el precio del dinero, en el proceso de su comercialización lucrativa, responde a ella con absoluta sumisión, como el peso de la masa con relación a la ley de gravedad.

    Mientras la imaginación creativa de la iniciativa privada y la iniciativa colectiva continúen encontrando nuevos campos de trabajo, la plusvalía seguirá manando inagotablemente de su fuente creadora: la explotación de la fuerza de trabajo, y el proceso progresivamente amplificado de enriquecimiento, empobrecimiento y concentración de la plusvalía continuará indefinidamente, siguiendo sumisamente el curso de su corriente.

    Sin embargo, para amargura de los economistas, en determinado momento este proceso realiza un salto cuántico, tornándose intempestivamente caótico, violento y traumático.

    Toda vez que mantener la comercialización de dinero dentro de los márgenes de la usura implica que la demanda de éste debe ser continuamente mayor que la oferta, pero nunca más allá del límite en el que, por la superlativa presión de la demanda, su precio alcance un nivel irracionalmente elevado, los operadores del sistema financiero; o sea los dueños y administradores del dinero, los banqueros y las instancias del poder público encargadas de la regulación de los ciclos de la circulación monetaria, recurren a la especulación, manipulando las tasas de interésy la masa de dinero, acelerando o frenando el ciclo comercial y ampliando o contrayendo el flujo de circulante.

    El efecto de esta manipulación especulativa, si bien es cierto que consigue mantener un proceso de amplificación progresiva más o menos estable de la usura dentro de un proceso de amplificación progresiva más o menos estable de la burbuja inflacionaria, transforma a ésta en un fenómeno macroeconómico definido con la muy poética categoría de espiral inflacionaria, que se amplifica progresivamente incorporando un entramado de variaciones cuya complejidad, en determinado momento, queda fuera de las posibilidades de control de la manipulación de las tasas de interés y de la masa de circulante, haciendo que se acelere y desacelere caóticamente, provocando, a su vez, que la burbuja inflacionaria se amplifique y contraiga de igual manera hasta que, aun por el efecto del más trivial incidente microeconómico, ésta implota intempestivamente, causando, a su vez, una recesión acelerada de la espiral inflacionaria que arrastra consigo, haciendo pedazos en su precipitada carrera de retorno, al sistema financiero, en virtud de que el precio del dinero se ajusta de un plumazo a su valor, e incluso, por efectos de un fenómeno psicótico de pánico, por debajo de él, dando lugar a un proceso de bancarrotas conocido como efecto dominó que se extiende no sólo a bancos, negocios comerciales y empresas industriales, sino aun a estados y naciones enteras.

    Y no es que haya habido una pérdida de valor, necesario es repetirlo nuevamente, sino que éste simplemente ha cambiado de manos de un plumazo, quedando en las de los reales y verdaderos dueños del negocio de comercialización especulativa del dinero: la plutocracia del sector bursátil del sistema financiero, cuyas trincheras y baluartes: las bolsas de valores ―verdaderos corrales donde los corderos son esquilmados inmisericordemente una y otra vez―, están fuertemente pertrechados y férreamente blindados contra cualquier acción o intervención de los poderes públicos nacionales o multinacionales.

    ...

    El mago del Magreb ha sometido al genio a sus designios al apoderarse de la lámpara maravillosa, dejando a Aladino en la indigencia; pero condenado por la fascinación de la riqueza ―perdón, de la princesa― a recurrir al servicio del genio de la mano ―perdón de nuevo, del anillo― para recuperarla, se dispone a la obra de inmediato.




    La explotación de la fuerza de trabajo




    Con el sudor de tu rostro comerás el pan
    hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella
    fuiste tomado; pues polvo eres,
    y al polvo volverás
    .

    Gn. 3:19




    Desde el instante mismo perdido en la infinitud del espacio y en la eternidad del tiempo de su origen, y en virtud de la base cuántica misma de la naturaleza física de su constitución orgánica, el ser humana trabaja, porque la sinergia y el intercambio sinérgico son las constantes absolutas, infinitas y eternas de la existencia del universo.

    No existe, ni ha existido y nunca existirá en parte alguna del universo, por tanto, un ser humano vivo que no trabaje cada segundo de su existencia, porque, aún dormido, su psiquismo se mantiene activo involuntariamente desarrollando las sinergias y los intercambios sinérgicos naturales del inconsciente.

    Pero cuando el ser humano trabaja en la vigilia atenta y perceptiva de la consciencia para satisfacer el imperativo sinérgico de su existencia, en el intercambio sinérgico con la naturaleza de que forma parte va dejando una estela evanescente de tiempo en la que irremediablemente se incorporan cuántos de energía de su propio ser que quedan atrapados en el espacio. Esta estela es su movimiento, su propia existencia material, porque el movimiento es, en esencia: energía existiendo en el tiempo, en apariencia: energía existiendo en el espacio, y en su ser concreto: energía existiendo en el espacio-tiempo: materia en transformación.

    Como muchos otros especímenes del reino animal, ha logrado aprovechar las ventajas de la inteligencia de que ha sido dotado por la evolución para economizar objetivamente el movimiento, ahorrando espacio, tiempo y energía en la satisfacción del imperativo sinérgico de su existencia. Más, oh fatalidad, el sistema nervioso no pudo conformarse con la astucia, así que dio a comer al ser humano el fruto del árbol del conocimiento y he aquí, de pronto comenzó a darse cuenta de que se daba cuenta: la conciencia se manifestó dentro de la consciencia, permitiendo al ser humano eficientizar el ahorro de espacio, tiempo y energía, creando modos y medios cada vez más eficaces de economizar el movimiento para garantizar su propia sinergia, desentrañando incluso los elementos más celosamente encriptados en el movimiento universal.

    Uno de estos medios y modos es el despojo, el hurto descarado y violento de espacio, tiempo y energía ahorrados objetivamente por y en sus mismos congéneres, dando lugar a la deflagración del movimiento en su dimensión antropológica, apostando así, a la guerra, como el medio y el modo más expedito y eficaz del despojo, desarrollándose, a la par de ésta y sobre su base, modalidades menos violentas y subliminales: el tributo, la usura, la esclavitud, la servidumbre y el salario[SUP]4[/SUP].

    Descubrió también en el intercambio pacífico de tiempo, espacio y energía objetivamente economizados, una forma racional de evitar el desperdicio de los cuántos de movimiento que implica la guerra, dando origen al trueque y al comercio, a cuyo efecto de facilitar el intercambio pacífico de formas distintivas de movimiento entre congéneres iguales, diseñó un símbolo universal: el dinero, para establecer la equivalencia de espacio, tiempo y energía existente entre cada forma distintiva de su objetivación, que ha venido evolucionando, perfeccionándose gradualmente en la medida en que evolucionan y se perfeccionan los modos y medios de ponderar con mayor precisión los cuántos de movimiento objetivado en cada una de sus distinciones y, en consecuencia, en las relaciones asociativas e interactivas de los intercambios sinérgicos de movimiento del ser humano entre congéneres iguales.

    Sin embargo, la “serpiente” ha reclamado siempre el crédito de la co-consciencia, dejando la mayor parte de tiempo al ser humano a merced de su pura subjetividad psíquica, instigando la primacía supérstite de los instintos sobre la racionalidad, bajo la forma de las diez modalidades del aparecer el ser inferiorde la humanidad que constituyen la vanidad: la ignorancia, la soberbia, la envidia, la pereza, la avaricia, la gula, la lujuria, la ira, el miedo y la tristeza.

    Cuatro de estas modalidades ―la ignorancia, la soberbia, la envidia y la pereza―, conforman un entramado complejo de relaciones asociativas e interactivas en la subjetividad psíquica del ser humano, que dan lugar en la objetividad psíquica y en la conciencia al deseo insaciable de apropiación de espacio, tiempo y energía más allá de toda racionalidad: la concupiscencia, con la finalidad de satisfacer a la avaricia, a la lujuria y a la gula, de tal manera que la ira, el miedo y la tristeza no signen la distinción de su automovimiento.

    La concupiscencia expresa en el derecho de apropiación privativa, la forma racional de sublimación y justificación, desarrollándose en torno suyo y sobre su base, modos y medios cada vez más sofisticados de sublimación y fascinación, que originan, refuerzan y amplifican un complejo sistema de relaciones asociativas e interactivas en y entre la subjetividad y la objetividad psíquicas del ser humano, dando espacio, tiempo y energía a la alienación. El modo y medio más desarrollado y sofisticado de generación, reforzamiento y amplificación de este complejo sistema objetivo-subjetivo es el mercadeo, que no es otra cosa que la manipulación de las modalidades de la vanidad para instigar la necesidad de su satisfacción.

    En conclusión: el despojo, el derecho de apropiación privativa y el mercadeo, conforman la cúspide cultural civilizatoria del ser inferior de la humanidad. Y su crítica racional implacable, en consecuencia, el punto de partida de su superación para la realización del ser superior de la humanidad: la plenitud del ser humano, que consiste en la realización dialéctica integral de sus diez modalidades: la sabiduría, la humildad, la dignidad, la diligencia, la generosidad, la templanza, la castidad, la paciencia, la entereza y la serenidad.




    El despojo





    El despojo, como se ha enunciado ya, es una relación interactiva que tiene en la guerra la forma más directa, descarada y violenta de apropiación del movimiento objetivo, y en la concupiscencia, el núcleo psicosocial de su motivación.

    Para realizarse, sin embargo, es condición imperativa la preexistencia de una situación de desigualdad que se exprese en términos de la relación asociativa de un elemento activo ―el sujeto del despojo― y un elemento pasivo ―el objeto del despojo―, en la que tenga espacio, tiempo y energía la relación interactiva del despojo. Esta situación preexistente en la dimensión antropológica es la relación asociativa ser humano-naturaleza, en la que la relación interactiva del despojo se manifiesta en la apropiación de las distinciones objetivas del movimiento inconscientemente creadas por azar y necesidad en la sinergia del movimiento universal.

    La violencia descarada y directa de la relación interactiva ser humano-naturaleza es, por consiguiente, la condición fundamental de su existencia; cuyo efecto, sin embargo, no es inocuo, porque en su automovimiento se reproduce geométricamente, viéndose compelido a extender, amplificar e intensificar en el espacio y en el tiempo la sinergia de su existencia, intensificando, amplificando y extendiendo el despojo de las formas distintivas de movimiento preexistentes en su hábitat natural, reproduciendo, transformando, consumiendo y destruyendo de manera indiscriminada su propio hábitat y su mismo automovimiento, encontrando restricción únicamente, de manera natural e inconsciente, en los ciclos antientrópicos de sus unidades individuales, la extensión planetaria de su espacio reproductivo y la disposición efectiva de espacio, tiempo y energía básicos y suficientes para la continuidad de su ciclo reproductivo.

    Esta restricción toma la forma socioeconómica de ley de población, regulando el equilibrio dinámico del ciclo reproductivo y las relaciones interactivas de las especies fitorregias y zoorregias, impactando en la supervivencia de unas a expensas de la extinción de otras, incorporando en la dimensión antropológica, además, una variable subjetiva: la autodestrucción irracional de la deflagración del movimiento.

    Es un hecho empíricamente recurrente que, cuando una especie no logra desarrollar un equilibrio dinámico entre su ciclo reproductivo y la disposición efectiva de espacio, tiempo y energía básicos y suficientes que garanticen su continuidad, la ley de población emite una sentencia irrecusable de extinción o reducción poblacional, incrementando el índice de mortalidad por enfermedades, hambrunas o autodestrucción.

    Lo cual implica que tal especie ha llevado a límites insostenibles el despojo de espacio, tiempo y energía necesarios y suficientes para la continuidad de su sinergia existencial o que ha ocurrido una repentina transformación de las condiciones naturales, destruyéndose o limitándose severamente la existencia de espacio, tiempo y energía disponibles para la sinergia existencial de tal especie o de las especies en general.




    El derecho de apropiación privativa




    A despecho de las fantasías escatológicas de los creacionistas, antes de llegar a ser lo que ahora es, el ser humano no era más que una bestia peluda e irracional que se columpiaba entre la fronda selvática tropical de África, atiborrándose hasta la saciedad de la abundancia de frutos, tallos tiernos e insectos de su hábitat natural, para dedicarse a haraganear la mayor parte del tiempo, rascándose constantemente la epidermis epitelial, espulgándose en rituales colectivos para eliminar los parásitos que le hostigaban, y sin más motivo de angustia existencial que la presencia de algún hábil depredador que lograra alcanzar las cúspides arbóreas de su paradisiaca existencia, para hartarse, a su vez, de la abundante disposición de proteína animal que su existencia representaba en el concierto natural de la cadena alimenticia; sometida completamente, por tanto, a sus instintos naturales y a las dinámicas de los ciclos geocósmicos de generación, reproducción, evolución y extinción de especies de la tierra. Cualquier noción de propiedad, a no ser la directamente derivada del instinto de supervivencia y el reconocimiento instintivo del dominio natural del más fuerte y mejor adaptado, era absolutamente ajena a las condiciones naturales de su existencia y reproducción.

    Del cómo y por qué se modificaron dramáticamente estas condiciones, nos da cuenta la sucesión de conflagraciones geocósmicas que recurrentemente han quedado registradas en la historia geológica del planeta, constriñendo a la bestia antropomorfa de las selvas tropicales de África, a descender de los árboles para iniciar un periodo de dispersión planetaria y evolución de millones de años que desembocaría, finalmente, en la conformación del homo sapiens sapiens, la sublimación racional del irracional despojo y depredación de la naturaleza y del no menos irracional y depredador derecho de apropiación privativa de las riquezas natural, cultural y social, derivadas directamente de la conversión de esta evolución natural, en cultura e historia.

    Así, el reconocimiento instintivo del dominio natural del más fuerte y mejor adaptado, adquiere la forma cultural e histórica de derecho de apropiación, conquista y dominación, sobre la base del uso indiscriminado de la fuerza, de la violencia más brutal y descarada, encontrando en el surgimiento, desarrollo y ejercicio del poder público primero, y del poder político después y hasta la fecha, la forma racional de su sublimación y justificación. Todo el romanticismo y mitificación en torno al ejercicio del poder público en el contexto de la comunidad gentilicia primitiva, no conduce más que a eludir, de una parte, el problema del poder público como el medio histórico y cultural de organización y ejercicio racional de la violencia contra la naturaleza y la misma especie humana y, de otra parte, de la necesidad de una nueva racionalidad en la organización y ejercicio del poder público que elimine el uso de la violencia brutal y depredadora en la sinergia existencial de la dualidad hombre/naturaleza y, por tanto, del autoantagonismo entre la propia especie humana.

    El punto de partida de esta nueva racionalidad no puede ser otro que la negación absoluta del derecho de apropiación privativa sobre las riquezas natural, económica y cultural, así sea individual, colectiva o social, en virtud de la comprensión y el reconocimiento de que la naturaleza es, en principio, un hecho fáctico circunstancial, independiente en su origen y desarrollo de una voluntad conscientemente orientada por principios onto y teleológicos que graviten en torno a criterios de orden antropológico. Es decir, en virtud de que nadie puede ni natural, ni legítimamente, invocar principio alguno que le otorgue el ilusorio y fantasioso derecho de propiedad, ni siquiera sobre un solo cabello de su cabeza, fuera de la sublimación racional de los irracionales y depredadores principios descarnados del despojo y la violencia, toda forma de apropiación privativa, ya sea de orden individual, colectivo o social, no pasa de ser, simple y llanamente, un despojo descarado; es decir, el ejercicio de la violencia en la realización de las condiciones de existencia y reproducción de la especie humana.

    De ahí a la búsqueda del equilibrio dinámico entre los ciclos reproductivos y la disposición efectiva de espacio, tiempo y energía necesarios y suficientes para garantizar las condiciones óptimas de la sinergia existencial y reproductiva de la especie humana, sólo hay un paso: la comprensión y el reconocimiento de que, como la especie co-consciente del planeta (y quizá del universo), es nuestra obligación y responsabilidad garantizar las condiciones óptimas de existencia y reproducción de todas las especies fito y zoorregias, facilitando y permitiendo, sobre la base de un modelo de intervención autosustentable y autosostenible, amigable y respetuosa con la naturaleza y la propia especie humana, la prolongación de la singularidad circunstancial de las formas distintivas del movimiento de la sinergia existencial de la tierra.




    El mercadeo




    Sin embargo, en virtud del principio universal de la correspondencia o ley del abismo, definida con la locución latina abisum abisus invocat, en la cúspide civilizatoria del ser inferior de la humanidad, ha surgido y se ha desarrollado el más sublime y sofisticado modo de esclavitud de la conciencia: la alienaciónde la vigilia atenta y perceptiva de la consciencia por medio del mercadeo, al efecto de generar un estado de conformidad social, que diluya, sino es que elimine, la generalización de la frustración, de la impotencia, de la rabia y de la violencia de las masas en contra de la violencia del despojo y la depredación de las clases dominantes y su poder político, por medio de un proceso de realización simbólica de la satisfacción de las necesidades existenciales de las masas explotadas y oprimidas. Una intervención directa y constante sobre la conformación de la objetividad psíquica, que el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillar denomina cultura del simulacro y la simulación (1977), en la que la imagen conciente de la realidad es sustituida por la conciencia imaginaria de la realidad (hiperrealidad) en la que la dimensión antropológica del ser social es subsumida al consumismo y la mercantilización.

    Anticipándose proféticamente al surgimiento y desarrollo del mercadeo sobre la base de los medios masivos de comunicación de masas, en particular, la radio y la televisión, en su famosa y paradigmática obra de ficción científica El mundo feliz, (1932) el científico, filósofo y novelista británico Aldous Huxley, nos da cuenta de una sociedad superdesarrollada y genéticamente manipulada, en cuya superestructura, una plutocracia de aristócratas científicos ejerce su dominio absoluto e incuestionable sobre un conjunto de estratos de trabajadores intelectuales y administrativos, sustentado en una amplia base de cretinos sin más sentido y propósito existencial que ser la fuerza de trabajo productora de la riqueza material de la sociedad. Para los efectos de operar y controlar hasta el último detalle esta antiutopía, y eludir cualquier posibilidad del más mínimo e insignificante brote de rebeldía, la plutocracia de aristócratas científicos distribuye entre los subestratos y la amplia base de cretinos de la escala inferior, generosas dosis de una droga diseñada para generar una sensación de bienestar psicosomático en sus consumidores. En conclusión: el mundo perfecto de explotación y dominación con que sueña día tras día la plutocracia del mundo real.

    Ya en los sesentas del siglo XX, sobre la base de este modelo, se difundió y promovió masivamente a nivel experimental entre la población joven y rebelde de la pequeñaburguesía de los Estado Unidos de América de origen europeo, a la par de marihuana y hachís, la distribución y consumo de una droga sintética basada en un compuesto psicotrópico ¾la mezcalina¾, de una cactácea de origen aridoamericano conocido vulgarmente como peyote: el ácido lisérgico o LSD por su siglas en inglés, mientras que entre la población joven, y más rebelde aún, del proletariado de origen africano, un par de drogas derivadas de la hoja de coca sudamericana y del opio asiático: la cocaína y la morfina, con la clara intención de obtener como producto una pequeñaburguesía conformista e inofensiva y un proletariado intelectualmente deficiente, apto únicamente como bestia de carga.

    No obstante lo anterior, los efectos secundarios inesperados: el pacifismo ético de las juventudes pequeñoburguesas, con sus consignas de amor y paz, la contracultura psicodélica de un mundo maravilloso de hermandad entre todas las razas de la especie humana, no tardaron en entrar en contradicción con la naturaleza belicista de la dominación global de la plutocracia norteamericana, en tanto que la lumpenproletarización de los guetos afroamericanos, si bien es cierto que permitió no sólo eliminar el carácter antisistémico del movimiento de derechos civiles de los negros, sino asimilarlo al liberalismo aristocrático de la democracia bipartidista norteamericana, dejaron una secuela de violencia y criminalidad que aun hoy día es el sello característico de la relación del poder público con respecto a las minorías raciales de la mayor potencia imperialista que haya conocido, hasta ahora, la historia de la humanidad.

    La solución, finalmente, no llegó de la mano del desarrollo de la bioquímica, sino de la ingeniería y la comunicación social, con el desarrollo de los modernos y potentes medios de comunicación audiovisual: la radio y la televisión. La clave habría de proporcionarla un fenómeno de pánico masivo generado por la transmisión de un programa radiofónico en el que se anunciaba y describía una supuesta invasión extraterrestre basado en la novela La guerra de los mundos (1938), del director teatral y escritor de ciencia-ficción Orson Wells. La capacidad de sugestión hipnótica de mensajes dirigidos directamente al subconsciente, previamente sembrados masivamente en concordancia con los elementos de la vanidad del ser inferior de la humanidad, revelaron la enorme utilidad de los medios audiovisuales de comunicación social para conformar y uniformizar determinados contenidos en la conformación de la objetividad psíquica, en la que la manipulación de elementos de la realidad, los prejuicios sociales, las creencias metafísicas y la ideología aristocrática de las clases dominantes, participan en la orientación de pautas de conducta sociales que se refuerzan masivamente en la aceptación y/o rechazo de determinadas conductas individuales que son asumidas como normales o anormales dentro de la lógica sistémica de esta pseudoconcreción.

    El mercadeo pasó de ser un simple medio de promoción y desarrollo de conductas consumistas de la economía de mercado, para convertirse en el más poderoso medio y modo de control y manipulación de la consciencia de la dimensión antropológica del ser social de la humanidad.




    En conclusión:



    Todo este conjunto de elementos, aún sublimados en las fantasías igualitaristas y comunitaristas de sus predicadores, se encuentra sistémicamente integrado en el evangelio comercial de la comunidad de mercadeo en red, sin poder ocultar, desde luego, que su punto de partida, su origen sublime, descansa llanamente en la explotación más descarada de la fuerza de trabajo de los productores, el monopolio de la explotación de uno u otro insumo de origen natural y la fantasía autárquica de un mercado de clientela cautiva, estrictamente controlado y regulado por los sumos pontífices ubicados en la punta de la pirámide y el nodo central de este modelo de comercialización intenso de expansión progresiva.





    Notas.


    1 Aladino (corrupción del nombre árabe علاء الدين 'Alā 'ad-Dīn, literalmente ‘nobleza o gloria de la fe’) es una de las historias de origen sirio de Las mil y una noches y una de las más famosas en la cultura occidental.


    2 Desde luego que la plusvalía comercial especulativa y la plusvalía comercial simple presuponen la plusvalía laboral, o simplemente, plusvalía, al estar basadas, en esencia, en el mismo medio de obtención de ganancias: la explotación de la fuerza de trabajo, la distinción radica únicamente en el momento y en el modo sociales de comercialización en que se realiza la ganancia de la explotación de la fuerza de trabajo. La primera: en el proceso de comercialización directa del dinero, la segunda: en el proceso de comercialización directa de los insumos, bienes y servicios, y la tercera: en el proceso de comercialización directa de la fuerza de trabajo.


    3 La demanda representa el conjunto de las necesidades humanas, desde las más básicas de subsistencia hasta las puramente suntuarias, pasando por las reproductivas, formativas y recreativas. La oferta representa el conjunto de los productos de la fuerza trabajo por cuyo medio se satisface el conjunto de las necesidades humanas.



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    El salario representa el precio mercantil de la fuerza de trabajo, no su valor y menos aún el valor del tiempo total de la fuerza de trabajo efectivamente invertida en la producción de insumos, bienes y servicios correspondiente al periodo de uso o explotación de la jornada laboral pactada entre el comprador de la fuerza de trabajo y el vendedor de la fuerza de trabajo, pues si bien es cierto que el valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier mercancía, es equivalente a su costo de producción; es decir, al costo de las materias primas e insumos necesarios y suficientes para su producción, es igualmente cierto que, como cualquier mercancía, está sometida al principio regulador intrínseco del proceso comercial: la ley de la oferta y la demanda, de manera que, en virtud de dicha ley y el progresivo excedente de fuerza de trabajo, el precio de ésta se mantiene siempre por debajo de su valor, condenado, de manera general, a los vendedores de la fuerza de trabajo, a la indigencia y la supervivencia.
     
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    Última modificación: 9 de Octubre de 2014

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