Con las piernas apoyadas a las tres menos cuarto
A veces
las agujas de un reloj
madrugan más que el sol
y en sus ritmos cansados sepultan las horas.
El péndulo en movimiento refleja la luz de un día
donde la misma muerte con las piernas
apoyadas en las tres menos cuarto
arrastra la cadena
de silencios im-pa-cien-tes.
O quizás
sin prisas de edad y término,
las horas,
se hunden en lágrimas de sangre
por la viscosa tierra
de los vivos
que a morir invita más allá del tiempo.
Y también
en los días de ausencias
y pulso cero que inclinan la dalia,
tan donde la luz y la savia comparten la muerte;
caídos los ojos al hambre, la voz en equilibrio del cu-cu
inapelable grita:
Mientras lees este poema otro niño a muerto.
A veces
las agujas de un reloj
madrugan más que el sol
y en sus ritmos cansados sepultan las horas.
El péndulo en movimiento refleja la luz de un día
donde la misma muerte con las piernas
apoyadas en las tres menos cuarto
arrastra la cadena
de silencios im-pa-cien-tes.
O quizás
sin prisas de edad y término,
las horas,
se hunden en lágrimas de sangre
por la viscosa tierra
de los vivos
que a morir invita más allá del tiempo.
Y también
en los días de ausencias
y pulso cero que inclinan la dalia,
tan donde la luz y la savia comparten la muerte;
caídos los ojos al hambre, la voz en equilibrio del cu-cu
inapelable grita:
Mientras lees este poema otro niño a muerto.