Escribí este poema en 2004. Quiero que sea mi carta de presentación. Saludos desde Monterrey.
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Condena.
Sufro esta oscuridad desterrado,
vago por caminos desiertos,
cansado, herido, abandonado
bajo lluvias de fuego, sal y hielo.
No puedo ver las espinas,
que desgarran mi cuerpo
pero las siento una a una
entrar y quemarme por dentro.
Se agrieta mi piel,
se secan mis huesos,
y a cada paso que doy
me abandonan los recuerdos.
Llegan en un segundo a mi mente,
nunca tan vivos, nunca tan ciertos,
presentes en mi pecho aún latente
los puedo ver con mis ojos ciegos.
Pero se van al instante siguiente
como saetas veloces de tiempo,
¿mi memoria vacía quedará?
¿quedará mi ser sin aliento?
Una luz tenue y roja
ilumina al oscuro cielo,
y una voz profunda y ronca
se dirige a mí, me habla riendo.
¿Acaso no sabes dice-,
lo que te está sucediendo?
La vida acabó para ti,
ahora estás en mi infierno.
Sé que me conoces bien,
he estado en ti todo el tiempo,
yo quise manejar tu vida
y gané tu alma en el intento.
Te diré algo importante,
quiero que escuches atento,
te mostraré en este instante
lo que será tu castigo eterno.
Mira a ese mundo,
de ahí vienes, ¿correcto?
Sé que lo consideras hermoso,
lo descubriste en el último momento.
Pensaste en aquél atardecer,
y en tu único beso tierno,
Qué raro que piense en eso, dijiste,
creyendo que estabas durmiendo.
Frente a tus ojos la vida pasaba,
venían a ti viejos recuerdos,
y entendiste de la nada
la fortuna de estar viviendo.
¿Pero antes que hacías?
Nunca dijiste un Te quiero,
nunca observaste a la Luna
cuando claro estaba el cielo.
Nunca encontraste en las nubes
formas de ángel, corazón o reno;
nunca, espontáneo, cortaste una rosa
y la pusiste a tu amada en el cabello.
Nunca leíste a un pequeño niño
en la noche un infantil cuento
y nunca despertaste por la mañana
con Ella a tu lado, contento.
¿Qué hacías entonces?
Diré lo que estuve viendo:
gastaste tu vida completa
en buscar fama, fortuna y dinero.
Lo conseguiste, claro,
pero, ¿a qué precio?
Dejaste a tus amigos atrás
e ignoraste a tu padre enfermo.
Pero tenías a tus nuevos amigos,
todos jóvenes, ricos y bellos,
tenías tus drogas, mujeres y alcohol,
tu libertad, tu gozar, tus juegos.
Tenías mucho dinero,
siempre había fiestas o un auto nuevo,
eras por muchos deseado,
pero por dentro ya estabas muerto.
Porque no sabías amar,
lo ignorabas, estabas enfermo,
y llenabas el vacío con mentiras,
un te amo, o un te quiero, sin creerlo.
Por eso ahora tendrás que pagar.
Por lo que le resta al tiempo
al mundo vas a regresar
sin disfrutarlo completo.
Vas a observar tu funeral
y en él una sola persona, no miento,
adivina quién es, sí, tu madre,
sólo ella te quiso en todo momento.
La que siempre olvidó tu rencor,
tus corajes y tus desprecios,
ella que siempre lloró
por las noches, en silencio.
Y ahí estarás, la observarás
en su amargo sufrimiento;
a su cuerpo vas a entrar,
entenderás sus pensamientos.
Y sentirás lo que ella siente,
y verás claros sus recuerdos;
cuando eras niño, después un joven
que vendió su vida por unos pesos.
Y una parte de su alma serás,
pero no le darás aliento,
pues ella nunca te sentirá,
no eres ángel guardián, eres un muerto.
Dentro de ella un tiempo pasarás,
a través de sus ojos viejos viendo,
y el dolor por el que llegara a pasar,
lo sentirás tú, siempre más intenso.
Hasta que el momento de su muerte llegue,
y ella acaricie las puertas del cielo,
cuando creas al fin verla feliz,
caerás de ahí, volverás al suelo.
Luego, ¿qué pasará?
Nada más, lo seguirás haciendo,
esta vez con un hermano o un viejo amigo,
o algún extraño, esto será eterno.
Estarás en su cuerpo sin ser percibido,
y cada emoción tu estarás sintiendo,
excepto alegría, amor, dicha,
entonces serás sordo, mudo y ciego.
Mas su sufrir, su temor, su agonía,
serán para ti el alimento;
así pasarás día a día,
y nunca habrá final, es lo cierto.
Una cosa más que olvidaba decirte:
antes de que empiece tu eterno tormento,
¿sabes qué habría salvado tu alma?
Claro: el amor eterno.
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Condena.
Sufro esta oscuridad desterrado,
vago por caminos desiertos,
cansado, herido, abandonado
bajo lluvias de fuego, sal y hielo.
No puedo ver las espinas,
que desgarran mi cuerpo
pero las siento una a una
entrar y quemarme por dentro.
Se agrieta mi piel,
se secan mis huesos,
y a cada paso que doy
me abandonan los recuerdos.
Llegan en un segundo a mi mente,
nunca tan vivos, nunca tan ciertos,
presentes en mi pecho aún latente
los puedo ver con mis ojos ciegos.
Pero se van al instante siguiente
como saetas veloces de tiempo,
¿mi memoria vacía quedará?
¿quedará mi ser sin aliento?
Una luz tenue y roja
ilumina al oscuro cielo,
y una voz profunda y ronca
se dirige a mí, me habla riendo.
¿Acaso no sabes dice-,
lo que te está sucediendo?
La vida acabó para ti,
ahora estás en mi infierno.
Sé que me conoces bien,
he estado en ti todo el tiempo,
yo quise manejar tu vida
y gané tu alma en el intento.
Te diré algo importante,
quiero que escuches atento,
te mostraré en este instante
lo que será tu castigo eterno.
Mira a ese mundo,
de ahí vienes, ¿correcto?
Sé que lo consideras hermoso,
lo descubriste en el último momento.
Pensaste en aquél atardecer,
y en tu único beso tierno,
Qué raro que piense en eso, dijiste,
creyendo que estabas durmiendo.
Frente a tus ojos la vida pasaba,
venían a ti viejos recuerdos,
y entendiste de la nada
la fortuna de estar viviendo.
¿Pero antes que hacías?
Nunca dijiste un Te quiero,
nunca observaste a la Luna
cuando claro estaba el cielo.
Nunca encontraste en las nubes
formas de ángel, corazón o reno;
nunca, espontáneo, cortaste una rosa
y la pusiste a tu amada en el cabello.
Nunca leíste a un pequeño niño
en la noche un infantil cuento
y nunca despertaste por la mañana
con Ella a tu lado, contento.
¿Qué hacías entonces?
Diré lo que estuve viendo:
gastaste tu vida completa
en buscar fama, fortuna y dinero.
Lo conseguiste, claro,
pero, ¿a qué precio?
Dejaste a tus amigos atrás
e ignoraste a tu padre enfermo.
Pero tenías a tus nuevos amigos,
todos jóvenes, ricos y bellos,
tenías tus drogas, mujeres y alcohol,
tu libertad, tu gozar, tus juegos.
Tenías mucho dinero,
siempre había fiestas o un auto nuevo,
eras por muchos deseado,
pero por dentro ya estabas muerto.
Porque no sabías amar,
lo ignorabas, estabas enfermo,
y llenabas el vacío con mentiras,
un te amo, o un te quiero, sin creerlo.
Por eso ahora tendrás que pagar.
Por lo que le resta al tiempo
al mundo vas a regresar
sin disfrutarlo completo.
Vas a observar tu funeral
y en él una sola persona, no miento,
adivina quién es, sí, tu madre,
sólo ella te quiso en todo momento.
La que siempre olvidó tu rencor,
tus corajes y tus desprecios,
ella que siempre lloró
por las noches, en silencio.
Y ahí estarás, la observarás
en su amargo sufrimiento;
a su cuerpo vas a entrar,
entenderás sus pensamientos.
Y sentirás lo que ella siente,
y verás claros sus recuerdos;
cuando eras niño, después un joven
que vendió su vida por unos pesos.
Y una parte de su alma serás,
pero no le darás aliento,
pues ella nunca te sentirá,
no eres ángel guardián, eres un muerto.
Dentro de ella un tiempo pasarás,
a través de sus ojos viejos viendo,
y el dolor por el que llegara a pasar,
lo sentirás tú, siempre más intenso.
Hasta que el momento de su muerte llegue,
y ella acaricie las puertas del cielo,
cuando creas al fin verla feliz,
caerás de ahí, volverás al suelo.
Luego, ¿qué pasará?
Nada más, lo seguirás haciendo,
esta vez con un hermano o un viejo amigo,
o algún extraño, esto será eterno.
Estarás en su cuerpo sin ser percibido,
y cada emoción tu estarás sintiendo,
excepto alegría, amor, dicha,
entonces serás sordo, mudo y ciego.
Mas su sufrir, su temor, su agonía,
serán para ti el alimento;
así pasarás día a día,
y nunca habrá final, es lo cierto.
Una cosa más que olvidaba decirte:
antes de que empiece tu eterno tormento,
¿sabes qué habría salvado tu alma?
Claro: el amor eterno.
5 de agosto de 2004