chapirulo
Poeta recién llegado
Confesión al fruto prohibido
Se me antoja pecar en la humedad ardiente de tu entrepierna,
escribir con mi lengua poemas sobre tus erguidos pezones,
y dibujar con mi mano, trazo a trazo,
hasta que tu gemido firme mi obra maestra.
No es solo deseo lo que me arrastra,
es una necesidad que me desborda,
una sed que no se apaga con el tiempo,
una llama que no se extingue con la distancia.
Quisiera besar cada rincón de tu cuerpo
como quien recorre un templo sagrado,
con los labios, y no con los pies.
Detenerme en tu cuello,
donde tu pulso acelerado descubre tu deseo secreto,
déjame descender por tu pecho,
besar tus pezones hasta que el aire tiemble,
y seguir bajando,
hasta encontrar el manantial
que brota del centro de tu deseo.
No hay culpa en este anhelo,
solo verdad.
Porque lo que siento por ti
no cabe en las palabras que me enseñaron,
ni en las reglas que otros dictaron.
Quiero escribirte con mi boca,
no con tinta, sino con besos,
no con palabras, sino con fuego.
Que mi lengua trace en tu piel
el poema que no me atrevo a decir en voz alta,
que cada caricia sea una confesión,
y cada gemido, un “te deseo”
que no necesita traducción.
He callado este deseo por miedo,
por lealtades rotas,
por heridas que aún sangran.
Pero ya no puedo más.
Me carcome el alma,
me arde el pecho,
me ruge el cuerpo.
No busco solo tu cuerpo,
busco tu alma cuando se entrega,
tu mirada cuando se rinde,
tu voz cuando ya no puede fingir.
Quiero entrar en ti
como quien encuentra un hogar
después de años en el olvido.
Quiero que tu cuerpo sea la cura para mi martirio,
que me reciba como un elíxir bendito
que regenera nuestras almas olvidadas.
Vence el miedo,
que lo que propongo no hace daño;
al contrario, es un bálsamo
para superar el trago amargo.
Se me antoja pecar en la humedad ardiente de tu entrepierna,
escribir con mi lengua poemas sobre tus erguidos pezones,
y dibujar con mi mano, trazo a trazo,
hasta que tu gemido firme mi obra maestra.
No es solo deseo lo que me arrastra,
es una necesidad que me desborda,
una sed que no se apaga con el tiempo,
una llama que no se extingue con la distancia.
Quisiera besar cada rincón de tu cuerpo
como quien recorre un templo sagrado,
con los labios, y no con los pies.
Detenerme en tu cuello,
donde tu pulso acelerado descubre tu deseo secreto,
déjame descender por tu pecho,
besar tus pezones hasta que el aire tiemble,
y seguir bajando,
hasta encontrar el manantial
que brota del centro de tu deseo.
No hay culpa en este anhelo,
solo verdad.
Porque lo que siento por ti
no cabe en las palabras que me enseñaron,
ni en las reglas que otros dictaron.
Quiero escribirte con mi boca,
no con tinta, sino con besos,
no con palabras, sino con fuego.
Que mi lengua trace en tu piel
el poema que no me atrevo a decir en voz alta,
que cada caricia sea una confesión,
y cada gemido, un “te deseo”
que no necesita traducción.
He callado este deseo por miedo,
por lealtades rotas,
por heridas que aún sangran.
Pero ya no puedo más.
Me carcome el alma,
me arde el pecho,
me ruge el cuerpo.
No busco solo tu cuerpo,
busco tu alma cuando se entrega,
tu mirada cuando se rinde,
tu voz cuando ya no puede fingir.
Quiero entrar en ti
como quien encuentra un hogar
después de años en el olvido.
Quiero que tu cuerpo sea la cura para mi martirio,
que me reciba como un elíxir bendito
que regenera nuestras almas olvidadas.
Vence el miedo,
que lo que propongo no hace daño;
al contrario, es un bálsamo
para superar el trago amargo.
Última edición: