Dune Sierra
Poeta recién llegado
Confesiones de una aurora
(del diente al labio)
Sí,
soy responsable de todo
menos de no amarte.
soy cómplice todavía de aquel beso
que me estampaste en cuarto grado
y que aún
me es atorrante en los gestos.
Enternecida por el derecho
que le dieron a mi sangre los dioses del mito,
aprendí a besar con artística inercia
falsamente
tontamente
como debe besar una chica sencilla y moral,
pero confieso
que aprendí a besar para mí y no para todos
y no me avergüenzo de besarte
pensando sólo en mi vertiginosa insolencia.
(del labio a dentro)
Era yo la que practicaba simbiosis
con tu bolso durante media hora
o el tiempo del recorrido hacia tu casa,
y fui madre en lo absoluto
de la caricia que,
cuando arribó al magnetismo de tu brazo,
detuvo mi circulación.
Indudablemente te amaba,
te venía amando.
No dije cuánto dolía verte,
el silencio duele,
y la presencia de tu mirada
me duraba un segundo
y mil más totalmente desfallecida
cuando eras el martirio de mi permanente adolescencia,
cuando te volviste el huésped de mis dedos en aquella ventana…
cuando te dejé morir
en la trinchera de mi cobardía.
(de labio a labio)
Y ahora que los siglos crecen
y que crecés como ellos,
Eres el mismo que habita en la distancia
y que nunca se fue,
el que se llevó mis alas al impulso de la faena
en la última posesión de los vientos.
Aquel que rasgó su pecho
cuando abrió mi cuerpo.
Eres el náufrago de las paredes,
el espasmo de la luz,
una canción en la embriaguez de las palabras,
única potencia de mis sueños.
(en la aurora…
Confieso tenerte desde el vientre de mi madre.
Confieso buscarte
desde el primer segundo que le arranqué al planeta,
en cada verso,
en cada ombligo,
en cada estigma,
y sobre todo
en estos huecos de inmortalidad
donde solo puede habitar una mariposa
y la indulgencia de tus labios.
Confieso amarte y –solo por eso–
Opto por el mundo de tus prismas y desafíos.
Voy en busca del verdadero rostro
que habita en el espejo
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