José-Domingo Vales Vía
Poeta recién llegado
Buceaba entre tinieblas,
y evocando una nostalgia
del ayer,
ya muy lejano,
descubrí tu presencia
solitaria, un día.
Me acerqué con tiento
a tus destellos
y huiste recatada
sin aliento.
Te ofrecí mi mano
suplicante,
y castigaste mi intención,
con recelo
en tu mirada.
Reconocí, al fin,
tu nombre
y silabeándolo
con dulzura,
dejaste en el aire mi palabra.
Fue la duda, lo comprendo,
tu aliada.
La sorpresa, quizás,
a un mismo tiempo,
dejó tu alma
herida
y mi euforia destronada
en el intento.
Enterraste en el vacío
mis palabras escritas
en el viento.
Así temiera yo
que tu miedo
se hiciera permanente
en tu honesta prudencia,
oculta en un cuerpo
gentil y adolescente.
Y hoy, aquí,
ahogando estoy mi pena.
Con el recelo de tu amanecer
y mi paso casi arrugado,
quisiera acceder
a caminar contigo
y abrirme un camino
de luz y de ilusión
frente a tu aurora.
No me rechaces
por tan atrevido impulso,
insólito y confuso,
lo sé,
mas dignamente,
irreprimible.
No hieras más
mis sentimientos,
humillando mi larga caminata,
blanquecina y marchitada,
que me lleva,
muy deprisa,
a la recta final de mi jornada.
Desconfiarás,
en la flor de tu vida,
por mi pasión
liviana y decadente.
Desearte,
sólo hubiera sido
un instante fugaz,
una quimera seductora,
si lo ansiara.
¡Lejos está de mí
ese delirio,
por vivir con otra lucidez
más transparente!
Yo sólo quisiera mimarte
a la vera de mi juventud negada.
Amándote y queriéndome
harías que ese influjo
extendiera mi enramada
al infinito
y todo mi ser
cambiaría
el resto de mi escalada.
Nada puedo pedirte.
Sólo ofrecerte,
prometo,
mi influencia protectora,
a cambio de tu mirada
tierna, comprensiva
y seductora.
Con sólo una palabra
que tú me dijeras,
tendría el cielo abierto
a los cantos de sirenas.
Desde mi corazón vetusto,
lo suplico,
quiero que me quieras,
siempre que tú quieras
quererme,
al igual que yo te quiero,
queriendo que así lo quieras.
Conocerte fue el mejor aplauso
recibido en la escena
de mi vida solitaria.
No espero favores,
ni disculpas reprimidas.
Busco, tan sólo el amparo,
me sincero,
de una juventud
que nunca tuve
y ya no espero.
Busco el elixir de amor,
aun sin ser amado,
antes de caer de bruces
a la tierra que me albergue,
libre de tributos
y generosamente perdonado.
Mas si tú no consigues
vencer ese miedo,
sembraré en el olvido
tu breve recuerdo.
Por mi ardiente exigencia
de amarte en silencio,
por mis rotos ensueños
de sufrir con paciencia
tu inerte amistad,
percibirás mi abandono
del camino insensato
que un día elegí.
Las fuerzas
que ayer aliviaron
la carga de muchas miserias,
me faltan ahora
al librarme
de esta doliente secuela.
¿Qué causa puede, Dios mío,
desamparar el corazón
de un hombre,
desbocado a la vejez,
ante el encuentro fugaz,
tal vez, fuera de tiempo,
de una virtuosa mirada
que da felicidad
a un mustio sufrimiento?
* * *
Y esto, ¡oh! pesadilla mía,
lo escribí con fuerza en el viento,
pero ¡qué importa esto!,
si el viento no sabe leer.
José-Domingo Vales Vía.
y evocando una nostalgia
del ayer,
ya muy lejano,
descubrí tu presencia
solitaria, un día.
Me acerqué con tiento
a tus destellos
y huiste recatada
sin aliento.
Te ofrecí mi mano
suplicante,
y castigaste mi intención,
con recelo
en tu mirada.
Reconocí, al fin,
tu nombre
y silabeándolo
con dulzura,
dejaste en el aire mi palabra.
Fue la duda, lo comprendo,
tu aliada.
La sorpresa, quizás,
a un mismo tiempo,
dejó tu alma
herida
y mi euforia destronada
en el intento.
Enterraste en el vacío
mis palabras escritas
en el viento.
Así temiera yo
que tu miedo
se hiciera permanente
en tu honesta prudencia,
oculta en un cuerpo
gentil y adolescente.
Y hoy, aquí,
ahogando estoy mi pena.
Con el recelo de tu amanecer
y mi paso casi arrugado,
quisiera acceder
a caminar contigo
y abrirme un camino
de luz y de ilusión
frente a tu aurora.
No me rechaces
por tan atrevido impulso,
insólito y confuso,
lo sé,
mas dignamente,
irreprimible.
No hieras más
mis sentimientos,
humillando mi larga caminata,
blanquecina y marchitada,
que me lleva,
muy deprisa,
a la recta final de mi jornada.
Desconfiarás,
en la flor de tu vida,
por mi pasión
liviana y decadente.
Desearte,
sólo hubiera sido
un instante fugaz,
una quimera seductora,
si lo ansiara.
¡Lejos está de mí
ese delirio,
por vivir con otra lucidez
más transparente!
Yo sólo quisiera mimarte
a la vera de mi juventud negada.
Amándote y queriéndome
harías que ese influjo
extendiera mi enramada
al infinito
y todo mi ser
cambiaría
el resto de mi escalada.
Nada puedo pedirte.
Sólo ofrecerte,
prometo,
mi influencia protectora,
a cambio de tu mirada
tierna, comprensiva
y seductora.
Con sólo una palabra
que tú me dijeras,
tendría el cielo abierto
a los cantos de sirenas.
Desde mi corazón vetusto,
lo suplico,
quiero que me quieras,
siempre que tú quieras
quererme,
al igual que yo te quiero,
queriendo que así lo quieras.
Conocerte fue el mejor aplauso
recibido en la escena
de mi vida solitaria.
No espero favores,
ni disculpas reprimidas.
Busco, tan sólo el amparo,
me sincero,
de una juventud
que nunca tuve
y ya no espero.
Busco el elixir de amor,
aun sin ser amado,
antes de caer de bruces
a la tierra que me albergue,
libre de tributos
y generosamente perdonado.
Mas si tú no consigues
vencer ese miedo,
sembraré en el olvido
tu breve recuerdo.
Por mi ardiente exigencia
de amarte en silencio,
por mis rotos ensueños
de sufrir con paciencia
tu inerte amistad,
percibirás mi abandono
del camino insensato
que un día elegí.
Las fuerzas
que ayer aliviaron
la carga de muchas miserias,
me faltan ahora
al librarme
de esta doliente secuela.
¿Qué causa puede, Dios mío,
desamparar el corazón
de un hombre,
desbocado a la vejez,
ante el encuentro fugaz,
tal vez, fuera de tiempo,
de una virtuosa mirada
que da felicidad
a un mustio sufrimiento?
* * *
Y esto, ¡oh! pesadilla mía,
lo escribí con fuerza en el viento,
pero ¡qué importa esto!,
si el viento no sabe leer.
José-Domingo Vales Vía.