Gaspar Nuñez
Poeta recién llegado

Tongregados en un jardín (Toneaniersario)
Nos convoca el timbre de la luna que presenta morapios en la vereda y quema candelas por el aniversario de alguien.
Esta noche somos pellejo de cristal opaco y por entrañas néctar espeso amalgamado con lo licuado amoratado del cielo oscuro, que se ha escurrido en nosotros, meros envases.
Circulamos, vagabundos de cabeza y vivísimos de pies, en el enrejado del panal de adoquines. Divagando llegamos a aquel oasis de flujo verdoso iluminado por esféricos receptáculos de luz, que han recogido dulcemente auroras primeras del día y nos invitan a compartirlas esta noche. Nosotros le convidamos agua de uva, el tesoro que se aloja en nuestro seno.
El tiempo mira para otro lugar, se descorcha una guitarra y varias voces, una vez más una mano hurga en el fondo de un bolsillo y lustra diferente prisma de cartón como ágata bebible; felices.
El tiempo mira para otro lugar, el corro brilla e incluye almas natales de ningún sitio. Dicen que de Uruguay, pero los surcos de sus caras, las irregularidades de los ecos que profieren y la tierra de sus pies han soltado en algún suspiro que del mundo, de la calle. Consigo también cargaban otro cuerpo de mujer con cuerdas y cacareos ebrios, muy doblados. Eran tres, mártires, sufridos, curtidos, como tres eran las cruces en el Monte Gólgota. Se nos presentaron así, dos en un principio y por último el tercero, de lleno.
Les damos cobijo y una capa calórica. También le damos bebida y lo poco que sabíamos de la Vela uruguaya. Piden como limosna, dicen que para rastrear a algún mercader de la noche, para que aguanten hasta la llegada del sol. Así parten dos con las manos cargadas hacia las tinieblas de los suburbios, dejan a su hermano perdido hace rato en sueño y alcohol. Quien quedo era Dimas, como el buen ladrón.
La venida del sol no nos agrada y el tiempo ha despertado nuevamente, no perdona. Los dos ausentes aún no llegan y las primeras brisas hacen presente al astro alfa.
Así, democráticamente, acordamos hacernos del tesoro de Dimas. Era nada. Un par de canutos, brazales e hilo encerado, aunque para él oro, vitamina, alimento.
Zarpamos, abandonamos la noche con el pesar de la idea de ya no estar en su compañía y, además, por haber dejado a aquel inocente cuerpo de estupefacientes acurrucado sin su oro de fango, sin la secreción de sus manos; también nosotros con menos números y sin la capa.
Gaspar Núñez