Contrato de prácticas

TouchingGod

Poeta recién llegado
Llegaba al trabajo y me gritaba,
cada mañana llegaba a mi trabajo y mi jefa me gritaba,
nunca antes nadie me había perdido el respeto de esa forma
nunca antes yo, había permitido que nadie me faltara al respeto de esa forma,
quizás por mi talla,
o por mi voz,
o mi postura definida,
quizás porque nunca me ha hecho falta trabajar,
pero nunca antes.

Y allí estaba ella, mi jefa,
tan ni siquiera con 3 ó 4 años más que yo,
sin alcanzar los 50 kilogramos,
gritándome.

Busqué una explicación científica.
La llamada al apareamiento en el mundo animal
podría resultar parecida.
Si los ruiseñores cantan durante horas
para llamar la atención de la ruiseñor *…
Si el ciervo llegado finales de septiembre
o principios de octubre berrea con toda su fuerza
para ser escuchado por las hembras a kilómetros…
quizás, mi jefa lo único que deseaba era despertar mi curiosidad.

Una mañana se dispuso a chillarme,
acto y seguido la besé,
aquello la desarmó por completo,
y a los pocos minutos
me encontraba buceando en su vientre,
conjugando el verbo del pecado y la carne,
acariciando sus entrañas,
follándomela malvadamente
en el cuarto de la limpieza.
Ahora también gritaba
pero
el tono
me resultaba distinto.

Los meses que se sucedieron
seguí follándomela.
Deseaba poseerla como jamás nadie la había poseído,
necesitaba marcar de por vida su sexo, extasiarla.
Así el día que todo terminase,
que yo la dejase,
haberme convertido en parte de su historia personal,
sellarla de por vida,
invitarle a un viaje por la depresión o la locura,
con billete para una sola persona,
para ella.

Al fin y al cabo, no soporto que me griten.



* Licencia Poética
 

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