Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Jaime Sabines, ajustando sus lentes con una mirada pensativa, inicia el diálogo. "Entiendo la tendencia actual," dice, sorbiendo su café negro. "Pero me preocupa que la poesía pierda su esencia, su capacidad de conmover. Antes, un poema era un susurro en la oscuridad, un grito en el vacío. Ahora, a veces, parece más un ensayo político."
Julio Cortázar, con un mate en mano, asiente. "Es cierto, Jaime. Hay valor en la poesía política, claro, pero el arte debe trascender. Debe ser más que un vehículo para mensajes. Debe tocar el alma, revolver el corazón, no solo la mente. La poesía debe ser un juego, un desafío a nuestras percepciones, no solo un altavoz."
Yo, dando un sorbo a mi Coke Zero, reflexiono en voz alta. "¿No será que estamos viendo el reflejo de nuestro tiempo? Un tiempo fragmentado, de discursos rápidos y furiosos. Tal vez los poetas de hoy intentan capturar eso, aunque en el proceso, algunos pierdan el ritmo y la música que caracteriza a los grandes poemas."
Sabines sonríe con una mezcla de nostalgia y acuerdo. "Es posible," concede. "Pero aún anhelo esos textos donde cada palabra pesa, donde cada línea es un descubrimiento. No es que falte talento hoy día; quizás lo que falta es un poco de silencio en el ruido, un espacio para que el alma hable sin gritar."
Cortázar, luego de una pausa, propone: "Tal vez deberíamos enseñar a los jóvenes poetas no solo a escribir, sino a leer. Leer no solo con los ojos, sino con el corazón. Mostrarles que un poema puede ser tan poderoso por lo que sugiere, por los espacios en blanco entre palabras, como por lo que expresa abiertamente."
"Interesante punto, Julio," digo, pensativo. "Inculcar la importancia del subtexto, de la emoción contenida, del poder de lo no dicho. Quizás así, la próxima generación pueda equilibrar mejor el impulso de protestar con el arte de conmover."
Los tres asentimos, cada uno perdido en sus pensamientos, saboreando nuestras respectivas bebidas, mientras el conversatorio imaginario se disuelve lentamente, dejando un eco de ideas que, quizás, algún poeta escuchará.
Julio Cortázar, con un mate en mano, asiente. "Es cierto, Jaime. Hay valor en la poesía política, claro, pero el arte debe trascender. Debe ser más que un vehículo para mensajes. Debe tocar el alma, revolver el corazón, no solo la mente. La poesía debe ser un juego, un desafío a nuestras percepciones, no solo un altavoz."
Yo, dando un sorbo a mi Coke Zero, reflexiono en voz alta. "¿No será que estamos viendo el reflejo de nuestro tiempo? Un tiempo fragmentado, de discursos rápidos y furiosos. Tal vez los poetas de hoy intentan capturar eso, aunque en el proceso, algunos pierdan el ritmo y la música que caracteriza a los grandes poemas."
Sabines sonríe con una mezcla de nostalgia y acuerdo. "Es posible," concede. "Pero aún anhelo esos textos donde cada palabra pesa, donde cada línea es un descubrimiento. No es que falte talento hoy día; quizás lo que falta es un poco de silencio en el ruido, un espacio para que el alma hable sin gritar."
Cortázar, luego de una pausa, propone: "Tal vez deberíamos enseñar a los jóvenes poetas no solo a escribir, sino a leer. Leer no solo con los ojos, sino con el corazón. Mostrarles que un poema puede ser tan poderoso por lo que sugiere, por los espacios en blanco entre palabras, como por lo que expresa abiertamente."
"Interesante punto, Julio," digo, pensativo. "Inculcar la importancia del subtexto, de la emoción contenida, del poder de lo no dicho. Quizás así, la próxima generación pueda equilibrar mejor el impulso de protestar con el arte de conmover."
Los tres asentimos, cada uno perdido en sus pensamientos, saboreando nuestras respectivas bebidas, mientras el conversatorio imaginario se disuelve lentamente, dejando un eco de ideas que, quizás, algún poeta escuchará.