Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
En esta habitación blanca
de veinte metros cuadrados
tengo el suficiente espacio
para pasar el verano.
Voy a intentar describir
las partes que la conforman,
empezaré por la entrada
que no es como cualquier otra.
Viniendo desde la calle
y al llegar al comedor
a mano izquierda te encuentras
de granito un escalón.
A continuación la puerta,
pintada de azul celeste,
me acerca al cielo y al mar
cuando la miro de frente.
Le sigue una escalera
formada por un rellano
en donde encaja sus alas
y nacen otros peldaños.
Se salva así el desnivel
que provoca la bodega
que existe bajo sus pies
y que aquí llamamos cueva.
Ya a pie plano la ventana
para dar facilidades
y argumento a los sentidos,
se asoman, entran y salen.
El armario con su luna,
cansado ya de ver mundo,
vino a ocupar una esquina,
parece sentirse a gusto.
La cama es de la abuela,
pura madera maciza,
que aguanta lo que le echen.
Mi siesta de mediodía.
Entre sus muebles destaca
un viejo palanganero
con su jofaina incrustada
y su bacín de florero.
Embellecen sus paredes
acuarelas de paisajes
y posters acristalados
de plantas medicinales.
Y un perchero de madera
y dos mesitas de antaño,
el taburete y tres sillas
que al igual tienen sus años.
Sin embargo hoy me mudo,
la cambio por mis montañas,
donde me espera un cuartito
y un patio de cien hectáreas.
Hasta septiembre.
de veinte metros cuadrados
tengo el suficiente espacio
para pasar el verano.
Voy a intentar describir
las partes que la conforman,
empezaré por la entrada
que no es como cualquier otra.
Viniendo desde la calle
y al llegar al comedor
a mano izquierda te encuentras
de granito un escalón.
A continuación la puerta,
pintada de azul celeste,
me acerca al cielo y al mar
cuando la miro de frente.
Le sigue una escalera
formada por un rellano
en donde encaja sus alas
y nacen otros peldaños.
Se salva así el desnivel
que provoca la bodega
que existe bajo sus pies
y que aquí llamamos cueva.
Ya a pie plano la ventana
para dar facilidades
y argumento a los sentidos,
se asoman, entran y salen.
El armario con su luna,
cansado ya de ver mundo,
vino a ocupar una esquina,
parece sentirse a gusto.
La cama es de la abuela,
pura madera maciza,
que aguanta lo que le echen.
Mi siesta de mediodía.
Entre sus muebles destaca
un viejo palanganero
con su jofaina incrustada
y su bacín de florero.
Embellecen sus paredes
acuarelas de paisajes
y posters acristalados
de plantas medicinales.
Y un perchero de madera
y dos mesitas de antaño,
el taburete y tres sillas
que al igual tienen sus años.
Sin embargo hoy me mudo,
la cambio por mis montañas,
donde me espera un cuartito
y un patio de cien hectáreas.
Hasta septiembre.