Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
De las uvas de tu cuerpo (9)
Corazon locuaz.
Amor, cuando la noche a lo largo de su curso,
con latigazos de pasiones por sus delgadas sendas,
avanza hacia la alborada de otro día,
y el sol refleja las caricias de sus rayos
sobre tus pechos cargados de ilusiones inmensas;
cuando ella se desliza fríamente por el sendero del río,
y el susurro de tu voz se confunde con el sonido del agua,
yo pienso y amanso en lo más profundo de mi alma
la alegría infinita de mi corazón de borrego:
Yo sueño el añil de tus venas,
los azulejos del caracol de tu cuerpo,
la ebria manzana de tu boca,
la seda líquida de tu lengua,
la caricia iridiscente de tu pelo,
el tambor glorioso de tu vientre,
el nácar pulido de tus ojos.
Yo siento el infinito de tus piernas,
el horno para el pan bendito de la mañana,
todo el río canalizándose en ti,
toda la noche con su tiempo y sus estrellas
hasta llegar al alba y su esperanza,
como un vórtice voraz que nos vuelve nada.
Corazon locuaz.
Amor, cuando la noche a lo largo de su curso,
con latigazos de pasiones por sus delgadas sendas,
avanza hacia la alborada de otro día,
y el sol refleja las caricias de sus rayos
sobre tus pechos cargados de ilusiones inmensas;
cuando ella se desliza fríamente por el sendero del río,
y el susurro de tu voz se confunde con el sonido del agua,
yo pienso y amanso en lo más profundo de mi alma
la alegría infinita de mi corazón de borrego:
Yo sueño el añil de tus venas,
los azulejos del caracol de tu cuerpo,
la ebria manzana de tu boca,
la seda líquida de tu lengua,
la caricia iridiscente de tu pelo,
el tambor glorioso de tu vientre,
el nácar pulido de tus ojos.
Yo siento el infinito de tus piernas,
el horno para el pan bendito de la mañana,
todo el río canalizándose en ti,
toda la noche con su tiempo y sus estrellas
hasta llegar al alba y su esperanza,
como un vórtice voraz que nos vuelve nada.