aoz
Poeta recién llegado
Cordillera Blanca
A Yahaira Marie Amaya,
desde Afganistán 19 Junio 2008
Diosa.
Tu vestido rojo
resbala por las curvas
corpóreas del sol
y cae,
(la lava inmóvil entre los pies),
lo auparas con el dedo
como ofrenda al aire
para que vista de fuego
y el sostén,
el sostén cuelga de la luna,
y tú,
en mi mirada mortal
prendida solar como hada.
Espalda.
Injusto y rizo
el rizo amarillo suelto hasta las caderas
Rizo e injusto
el desnudo ondulado de tu espalda
hacia glúteos salpicados de amarillo.
Justo en la frambuesa arqueada
de las vértebras
(entre el cabello
disuelta en una línea
hasta los pómulos blancos del manjar)
crece mi debilidad
y la potencia de tu piel
asomada en la nariz como esencia
injusta.
Certeza.
Para cuando yo
mame de tu seno
ya estará tendido un rodaje de vírgenes
que te envidian,
unos consejeros
que no me aprueban,
un girasol abriendo pétalos
en mi boca
y su ansioso sendero
a la otra flor-bodega
donde Eva alcoholiza a su Adán.
Lengua.
Intensamente
un sin fin de nostalgia entra por mi boca
como pequeña avispa
con el aguijón repleto
de poesía,
y florece el sabor
de tu boca húmeda con el siguiente verso:
Bésame otra vez,
otra vez tu beso
desnudo en mi voz
que pide la lengua
Éxtasis.
Eres
(tu cara se confunde con la mía)
o soy yo
deslizado en tus genes
que juntan el paladar
para una sensación de hormonas
gemelas en una misma, será
brote en un sólo cuerpo
vertiendo éxtasis para la sed
mundial del sexo, o
quién sabe, quizás
el ocasional delirio de las habitaciones
que guarda la carne
cuando habitan los gérmenes del amor
para fornicar mutuos
y colapsar el orgasmo en cada espacio
que sobresale
y entra
en tu vagina.
Núcleo.
Descifré el núcleo
de adónde surge el espasmo muscular
que hace trincar tus dedos:
mientras te balancee
en un simple movimiento igual
lapso de tiempo,
en golpe inesperado
empujo
y aguanto, allí, profundo,
te suspiro al oído
te amo
pero con la radical malicia de mis ojos
que hace desconfiar
la palabra
y su secreto.
Insólito.
Es la cuantía
de los coquíes que brincan
por el tímpano con su fino
coquí.
Es la cuantía
del eco engarabatado en la brisa.
Es la cuantía
de todo lo que se acomoda
imposible y tan próximo.
Eres tú,
abriendo la noche
en su sinfonía innatural insólita,
cual bebo
desde tu centro embudo
la líquida armonía fresca
por el oído
Oral.
Beber de tu corriente sur
como otros bebidos bebieron
oral
la sustancia que crea leyendas,
es beber
el cauce que abrió en ríos
que me dejan ahora
beber del mar
Albor.
Asoma la aurora su luz
amarilleada
abriendo ventanitas
en el algodón etéreo;
una lluvia rubia
entra por la ventana
hasta tu tez desnuda
morena
apretada en seda blanca;
y el aura brilla
como abierto lirio
en el jardín del cielo
Así conocí tu rostro más liviano;
como espíritu fauno
regocijando el día
iniciado en tu pétalo
Caricia.
La forma predilecta
para inundar la caricia
es tomar prestado el tacto de mis ojos:
como una mano imagen
emergiendo en mi mirada
hasta tu piel
Celos.
Recuerdo,
pasear de tu mano
como gaviota guiada por su dueño,
y escondidamente
posar el ojo águila a cuanto buitre
revolotee tus prados.
(Por allá emigra el peligro
con su cabeza avestruz en la tierra.
Por acá, el desorden angustia
por nunca saber lo que piensas,
envuelto
en un dulce celo amargo )
Ambrosía.
Somos la ambrosía
en la mesa, donde
come un dios pequeño
Somos el néctar
que se saborea fosforescente
por la lengua última
de la luna
Somos la promesa
que se desviste pura
en los labios
Somos lo que somos:
un incendio que no apaga,
un océano de lava
por la bahía,
un faro inútil en la vasija
roja de la marea
en maremoto plural;
y el tenedor indeciso
buscando
placeres al paladar
de un dios pequeño.
Nada.
A veces se cuela la nada,
mientras, con tan sólo
la mirada inmóvil
(más nos habla que el placer),
y se nos cuela profundo
con el vaivén de las partículas
airosas
que deja ver el sol;
allí, con la verdad de la pupila
conociendo límites
la rompo con mi voz que se asusta
Pasión.
¡Encrucijada!
Rugió
la perspicacia
de un libro abierto
mayúsculo en su nada.
Por la blanca hoja un dialecto
sonrojó la minúscula palabra: belleza.
Por la hoja blanca un verso entreabierto
sostiene inspiración y una musa enamorada.
Por la hoja cae
un jugo de cereza desde tus labios
Un diario desnudo bebe de tu poesía.
Un leve preludio me desviste.
Un dedo hace rizos
entre tus rizos.
Un libro
ruge el rugido
de la pasión
Extrañar.
Extraño y
siento nieve;
es nieve que trenza la voz
y sube el eco a otro eco
por la curva cordillera
hasta la blanca copa boca abajo.
Así llamo a tu nombre
cuando a solas la soledad
lee mi piel un semillero de lágrimas
para calmar su sed,
y lo empiedras cuando contestas
con la silueta abstracta,
que anticipa,
tu forma tardía
Reconoce.
Conocerte es conocer
el ermitaño que reside en mi libre espíritu,
y libre, asomarse frágil
con su nuevo cuerpo nómada
recostado en el párpado;
boca abierto te observa,
se tapa la boca, y centellean
sus ojos dentro
de mis ojos
(conocerte es conocer
lo que te conoce)
y me preguntas el por qué
me brillan al mirarte,
como
diamante perdido en un poso,
o el eclipse
de los tuyos con los míos
cuando la luz
reconoce
luz
Encuentro.
Oiremos el sorbo del mar
y la exhalación
por el oído caracol
que lo escucha y lo guarda,
graba el misterio: la sorda
voz de la sirena, que enamora
a los que pasean la playa
y la confunden con el mar
Oiremos la voz no voz de la sirena.
(Una sirena cena,
succiona
al quien habita en el crustáceo.
El eco se cuela.
La marea lo lleva
a la orilla
entre ola y ola.)
Será desde ésta manera
que nos averiguamos en la arena diferentes,
pero no era un caracol,
era tu voz caracoleada -en nombre-
resumida por la mía
en la igual repetición para el oído
caracol.
Adiós.
Despedirme de todo lo que eres
por un largo tiempo
es amordazar
el diluvio gordo
de un adiós insoportable
cual paraguas ninguna
pueda encontrar seco escondite
al hipo negro de la tristeza.
Natural.
Amanecer en la cuna de tus brazos
antes que tu despertar
es emparamar las migajas noctámbulas
al sueño
de los medio dormidos
que lucen dormidos
y que no quieren dormir
sólo para escuchar tu suspiro abriendo alba
Amanecer en tu natural
es amanecerme
como picaflor flojo picando polen
y caída,
a la cama
Latido.
Quisiera ser tu sangre
y cambiar el glóbulo
por imágenes mías,
colocarlas ahí, vivas
bombeadas continuas
en el corazón
Así,
cuando estiren frías
las formas intrusas de la noche
que brindan el vacío sin mí,
o la tristeza
te baje en charcos
que ablandan el hálito,
puedas, escuchar mi voz
ardiendo en tu latido,
acumulado en el centro
permanente que te llena
(Latir mi percusión tamboreada
y dedicarte múltiples por la vena.)
Bebé.
Gira la muñeca
con su vestido azul.
Gira el tiempo al sostener tu cintura,
gira lento.
Giramos el baile,
y una cinta amarilla
planea en el viento eternamente.
«Alaniz »
Gira lo alrededor pero nunca
nosotros
Por allá ve una niña a la luna
vistiéndose de azul.
«Acriz »
Distancia.
Cordillera blanca-
blanca curvada cumbre
que desliza el trineo del recuerdo.
¡Por ahí baja la memoria
soltando peces fríos!
Por ahí baja
la hiedra que nos crece
en el trineo la distancia
Por allá lejos
un ciempiés no reconoce
las patas en la nieve.
Es el viento violeta,
suena el acordeón que te olvida
Ésta blanca que deshila,
que te coloca alta
en la cordillera blanca
¡Éste trineo silba y va en avalancha!
Me guía al desierto
con cordilleras sombrías
Me desata tu rostro.
Afganistán.
(Quince meses,
quince meses en la guerra,
por un país de montaña negra,
y no estás, ni has venido,
pero fuiste presente,
muy presente,
en la figura del miedo
que rebusca precoz
lo que puedo perder
y lo que puedo perderme )
Distante,
como la distancia inconsciente
del alma que no encuentra cuerpo;
soplo circunvalado un recuerdo
que no llega;
una memoria sosiega,
y la misma se agrieta,
distorsionada en cada trompeta
que suena el alba,
y me pongo el uniforme.
Preludio.
En el día destinado, habrá dos: la mía y lo que se deja (aunque en quejas) en su preludio: el indicio: la nutrida fosa cual realza en polvo la rosa que tiras: la hora: el llamado: el conejo falso de la vista: la muerte
En el día destinado habrá dos: yo, y tú nunca por la proa mortuoria del sollozo; yo estaré de vigía en los jardines de la línea cual desafiaré -inmortalmente- regresar y tú, estirando el pañuelo fantasía para acertarme en los escritos: un sin fin de rimas que viven por ti
(Que por ti todavía vivirán )
mi vivir en la palabra
Gino Alexander Amaya
A Yahaira Marie Amaya,
desde Afganistán 19 Junio 2008
Diosa.
Tu vestido rojo
resbala por las curvas
corpóreas del sol
y cae,
(la lava inmóvil entre los pies),
lo auparas con el dedo
como ofrenda al aire
para que vista de fuego
y el sostén,
el sostén cuelga de la luna,
y tú,
en mi mirada mortal
prendida solar como hada.
Espalda.
Injusto y rizo
el rizo amarillo suelto hasta las caderas
Rizo e injusto
el desnudo ondulado de tu espalda
hacia glúteos salpicados de amarillo.
Justo en la frambuesa arqueada
de las vértebras
(entre el cabello
disuelta en una línea
hasta los pómulos blancos del manjar)
crece mi debilidad
y la potencia de tu piel
asomada en la nariz como esencia
injusta.
Certeza.
Para cuando yo
mame de tu seno
ya estará tendido un rodaje de vírgenes
que te envidian,
unos consejeros
que no me aprueban,
un girasol abriendo pétalos
en mi boca
y su ansioso sendero
a la otra flor-bodega
donde Eva alcoholiza a su Adán.
Lengua.
Intensamente
un sin fin de nostalgia entra por mi boca
como pequeña avispa
con el aguijón repleto
de poesía,
y florece el sabor
de tu boca húmeda con el siguiente verso:
Bésame otra vez,
otra vez tu beso
desnudo en mi voz
que pide la lengua
Éxtasis.
Eres
(tu cara se confunde con la mía)
o soy yo
deslizado en tus genes
que juntan el paladar
para una sensación de hormonas
gemelas en una misma, será
brote en un sólo cuerpo
vertiendo éxtasis para la sed
mundial del sexo, o
quién sabe, quizás
el ocasional delirio de las habitaciones
que guarda la carne
cuando habitan los gérmenes del amor
para fornicar mutuos
y colapsar el orgasmo en cada espacio
que sobresale
y entra
en tu vagina.
Núcleo.
Descifré el núcleo
de adónde surge el espasmo muscular
que hace trincar tus dedos:
mientras te balancee
en un simple movimiento igual
lapso de tiempo,
en golpe inesperado
empujo
y aguanto, allí, profundo,
te suspiro al oído
te amo
pero con la radical malicia de mis ojos
que hace desconfiar
la palabra
y su secreto.
Insólito.
Es la cuantía
de los coquíes que brincan
por el tímpano con su fino
coquí.
Es la cuantía
del eco engarabatado en la brisa.
Es la cuantía
de todo lo que se acomoda
imposible y tan próximo.
Eres tú,
abriendo la noche
en su sinfonía innatural insólita,
cual bebo
desde tu centro embudo
la líquida armonía fresca
por el oído
Oral.
Beber de tu corriente sur
como otros bebidos bebieron
oral
la sustancia que crea leyendas,
es beber
el cauce que abrió en ríos
que me dejan ahora
beber del mar
Albor.
Asoma la aurora su luz
amarilleada
abriendo ventanitas
en el algodón etéreo;
una lluvia rubia
entra por la ventana
hasta tu tez desnuda
morena
apretada en seda blanca;
y el aura brilla
como abierto lirio
en el jardín del cielo
Así conocí tu rostro más liviano;
como espíritu fauno
regocijando el día
iniciado en tu pétalo
Caricia.
La forma predilecta
para inundar la caricia
es tomar prestado el tacto de mis ojos:
como una mano imagen
emergiendo en mi mirada
hasta tu piel
Celos.
Recuerdo,
pasear de tu mano
como gaviota guiada por su dueño,
y escondidamente
posar el ojo águila a cuanto buitre
revolotee tus prados.
(Por allá emigra el peligro
con su cabeza avestruz en la tierra.
Por acá, el desorden angustia
por nunca saber lo que piensas,
envuelto
en un dulce celo amargo )
Ambrosía.
Somos la ambrosía
en la mesa, donde
come un dios pequeño
Somos el néctar
que se saborea fosforescente
por la lengua última
de la luna
Somos la promesa
que se desviste pura
en los labios
Somos lo que somos:
un incendio que no apaga,
un océano de lava
por la bahía,
un faro inútil en la vasija
roja de la marea
en maremoto plural;
y el tenedor indeciso
buscando
placeres al paladar
de un dios pequeño.
Nada.
A veces se cuela la nada,
mientras, con tan sólo
la mirada inmóvil
(más nos habla que el placer),
y se nos cuela profundo
con el vaivén de las partículas
airosas
que deja ver el sol;
allí, con la verdad de la pupila
conociendo límites
la rompo con mi voz que se asusta
Pasión.
¡Encrucijada!
Rugió
la perspicacia
de un libro abierto
mayúsculo en su nada.
Por la blanca hoja un dialecto
sonrojó la minúscula palabra: belleza.
Por la hoja blanca un verso entreabierto
sostiene inspiración y una musa enamorada.
Por la hoja cae
un jugo de cereza desde tus labios
Un diario desnudo bebe de tu poesía.
Un leve preludio me desviste.
Un dedo hace rizos
entre tus rizos.
Un libro
ruge el rugido
de la pasión
Extrañar.
Extraño y
siento nieve;
es nieve que trenza la voz
y sube el eco a otro eco
por la curva cordillera
hasta la blanca copa boca abajo.
Así llamo a tu nombre
cuando a solas la soledad
lee mi piel un semillero de lágrimas
para calmar su sed,
y lo empiedras cuando contestas
con la silueta abstracta,
que anticipa,
tu forma tardía
Reconoce.
Conocerte es conocer
el ermitaño que reside en mi libre espíritu,
y libre, asomarse frágil
con su nuevo cuerpo nómada
recostado en el párpado;
boca abierto te observa,
se tapa la boca, y centellean
sus ojos dentro
de mis ojos
(conocerte es conocer
lo que te conoce)
y me preguntas el por qué
me brillan al mirarte,
como
diamante perdido en un poso,
o el eclipse
de los tuyos con los míos
cuando la luz
reconoce
luz
Encuentro.
Oiremos el sorbo del mar
y la exhalación
por el oído caracol
que lo escucha y lo guarda,
graba el misterio: la sorda
voz de la sirena, que enamora
a los que pasean la playa
y la confunden con el mar
Oiremos la voz no voz de la sirena.
(Una sirena cena,
succiona
al quien habita en el crustáceo.
El eco se cuela.
La marea lo lleva
a la orilla
entre ola y ola.)
Será desde ésta manera
que nos averiguamos en la arena diferentes,
pero no era un caracol,
era tu voz caracoleada -en nombre-
resumida por la mía
en la igual repetición para el oído
caracol.
Adiós.
Despedirme de todo lo que eres
por un largo tiempo
es amordazar
el diluvio gordo
de un adiós insoportable
cual paraguas ninguna
pueda encontrar seco escondite
al hipo negro de la tristeza.
Natural.
Amanecer en la cuna de tus brazos
antes que tu despertar
es emparamar las migajas noctámbulas
al sueño
de los medio dormidos
que lucen dormidos
y que no quieren dormir
sólo para escuchar tu suspiro abriendo alba
Amanecer en tu natural
es amanecerme
como picaflor flojo picando polen
y caída,
a la cama
Latido.
Quisiera ser tu sangre
y cambiar el glóbulo
por imágenes mías,
colocarlas ahí, vivas
bombeadas continuas
en el corazón
Así,
cuando estiren frías
las formas intrusas de la noche
que brindan el vacío sin mí,
o la tristeza
te baje en charcos
que ablandan el hálito,
puedas, escuchar mi voz
ardiendo en tu latido,
acumulado en el centro
permanente que te llena
(Latir mi percusión tamboreada
y dedicarte múltiples por la vena.)
Bebé.
Gira la muñeca
con su vestido azul.
Gira el tiempo al sostener tu cintura,
gira lento.
Giramos el baile,
y una cinta amarilla
planea en el viento eternamente.
«Alaniz »
Gira lo alrededor pero nunca
nosotros
Por allá ve una niña a la luna
vistiéndose de azul.
«Acriz »
Distancia.
Cordillera blanca-
blanca curvada cumbre
que desliza el trineo del recuerdo.
¡Por ahí baja la memoria
soltando peces fríos!
Por ahí baja
la hiedra que nos crece
en el trineo la distancia
Por allá lejos
un ciempiés no reconoce
las patas en la nieve.
Es el viento violeta,
suena el acordeón que te olvida
Ésta blanca que deshila,
que te coloca alta
en la cordillera blanca
¡Éste trineo silba y va en avalancha!
Me guía al desierto
con cordilleras sombrías
Me desata tu rostro.
Afganistán.
(Quince meses,
quince meses en la guerra,
por un país de montaña negra,
y no estás, ni has venido,
pero fuiste presente,
muy presente,
en la figura del miedo
que rebusca precoz
lo que puedo perder
y lo que puedo perderme )
Distante,
como la distancia inconsciente
del alma que no encuentra cuerpo;
soplo circunvalado un recuerdo
que no llega;
una memoria sosiega,
y la misma se agrieta,
distorsionada en cada trompeta
que suena el alba,
y me pongo el uniforme.
Preludio.
En el día destinado, habrá dos: la mía y lo que se deja (aunque en quejas) en su preludio: el indicio: la nutrida fosa cual realza en polvo la rosa que tiras: la hora: el llamado: el conejo falso de la vista: la muerte
En el día destinado habrá dos: yo, y tú nunca por la proa mortuoria del sollozo; yo estaré de vigía en los jardines de la línea cual desafiaré -inmortalmente- regresar y tú, estirando el pañuelo fantasía para acertarme en los escritos: un sin fin de rimas que viven por ti
(Que por ti todavía vivirán )
mi vivir en la palabra
Gino Alexander Amaya