Constantino
Poeta recién llegado
¿Dónde está el clavo que tejo
bajo madrugadas húmedas de la ciudad?
¿En qué recóndito alerillo se escondió?,
¿es fondear el azul-marino del espectro
que acarrea en las extremidades de matorrales obstinados
una pulpa de tinta y espirales cortas que dan con rúbricas
destellos a estrellas espumosas
que aluzan alcantarillas afligidas
de hombres errantes que visten telas sórdidas
pero que llevan el deseo de sólo vivir
en mansas costas y serenas caricias
tan triviales como el roce suave de dos manos
y el arrullo de un murmuro en la intimidad imponderable,
tratar de descubrir algo más a fondo que el simple hecho
de una nota triste, en esta hora triste y en esta tristeza?
No encuentro la manera de deshilvanar para encontrar:
observo por ejemplo en los misterios de una caja de pañuelos
fábricas en movimiento, confeccionándolos maquinalmente,
como si fueran estupefacientes de hombres
que prefieren tomar a sorbos sedantes
y afincarse entumecidos a máquinas diarias de doctos vanos
(¿debería formarme en la fila mundana con ellos?),
y de máquinas piezas y de piezas hierro
y mis manos aparecen acariciando un metal oxidado
quedando aherrumbradas y adustas
y maniatando mi garganta al asco de sentinas encubiertas
con la algarabía de adefesios y ebrios parlanchines
que con simplismo dicen “no hay problema,
el pan, el asco y el aturdimiento son inventos”
(¡oh cuánto quisiera errar con ellos!
sin sentir mi espesa resaca moral
que me hunde a los infiernos de mi natural entereza
que siempre me llama a dóciles costas y apaciguas caricias
tan triviales como el frote manso de dos manos
y el sosiego de un susurro en la intimidad insuperable).
Constantino H.
bajo madrugadas húmedas de la ciudad?
¿En qué recóndito alerillo se escondió?,
¿es fondear el azul-marino del espectro
que acarrea en las extremidades de matorrales obstinados
una pulpa de tinta y espirales cortas que dan con rúbricas
destellos a estrellas espumosas
que aluzan alcantarillas afligidas
de hombres errantes que visten telas sórdidas
pero que llevan el deseo de sólo vivir
en mansas costas y serenas caricias
tan triviales como el roce suave de dos manos
y el arrullo de un murmuro en la intimidad imponderable,
tratar de descubrir algo más a fondo que el simple hecho
de una nota triste, en esta hora triste y en esta tristeza?
No encuentro la manera de deshilvanar para encontrar:
observo por ejemplo en los misterios de una caja de pañuelos
fábricas en movimiento, confeccionándolos maquinalmente,
como si fueran estupefacientes de hombres
que prefieren tomar a sorbos sedantes
y afincarse entumecidos a máquinas diarias de doctos vanos
(¿debería formarme en la fila mundana con ellos?),
y de máquinas piezas y de piezas hierro
y mis manos aparecen acariciando un metal oxidado
quedando aherrumbradas y adustas
y maniatando mi garganta al asco de sentinas encubiertas
con la algarabía de adefesios y ebrios parlanchines
que con simplismo dicen “no hay problema,
el pan, el asco y el aturdimiento son inventos”
(¡oh cuánto quisiera errar con ellos!
sin sentir mi espesa resaca moral
que me hunde a los infiernos de mi natural entereza
que siempre me llama a dóciles costas y apaciguas caricias
tan triviales como el frote manso de dos manos
y el sosiego de un susurro en la intimidad insuperable).
Constantino H.
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