Corto e intenso
Amé.
Como un bobo,
como un niño;
Amé.
Como una tormenta,
un huracán,
una pelea que sabes que vas a perder,
Amé.
Dos meses precedidos de belleza,
ternura y inconsciencia
y seguidos por destrucción e incomprensión.
Amé hasta caminar por el muro negro
que separa los tristes de los suicidas.
Y como la roca que no quiere
desprenderse de la montaña peleé a ciegas
-levanta esos puños, a ver qué sabes hacer-
decían todos entre risas grotescas.
Intentar olvidarla,
intentar reconciliarme con ella,
escribirle poemas para que los viera
en algún momento indeterminado del tiempo.
Y maldita sea que nada funcionó;
cuando la tormenta se aleja,
solo queda de ella la destrucción,
las chozas por reconstruir,
los puentes caídos
y la búsqueda de los desaparecidos.
¿Cómo iba a olvidarla si toda ella vive en mí?
Habrá pasado un año
y sigo sin entender como puede ser tan fugaz el alma.
El sol quema demasiado,
el invierno es demasiado frío,
la lluvia cala hasta el alma
y las pesadillas son más intensas,
pero al menos en ellas, ella no aparece.
Estúpido y nimio conformismo.
Y como una tormenta
corta pero intensa,
todo empezó,
sin tener siquiera tiempo a apaziguarse dentro del ojo del huracán
-será que nos decíamos que el amor ha de ser intenso como el fuego y arrollador como una avalancha,
que sepulte cuanto había antes y cuanto luego tendría que haber-
se fue,
todo se fue,
dejando un rastro inigualable de
silenciosa destrucción.
Y entre la gran catástrofe,
perplejo
sin entender qué había pasado,
y con las manos vacías,
solo podía pensar
que aquella
jodida
tormenta
que todo lo había arrasado,
fue todo cuanto amé.
Amé.
Como un bobo,
como un niño;
Amé.
Como una tormenta,
un huracán,
una pelea que sabes que vas a perder,
Amé.
Dos meses precedidos de belleza,
ternura y inconsciencia
y seguidos por destrucción e incomprensión.
Amé hasta caminar por el muro negro
que separa los tristes de los suicidas.
Y como la roca que no quiere
desprenderse de la montaña peleé a ciegas
-levanta esos puños, a ver qué sabes hacer-
decían todos entre risas grotescas.
Intentar olvidarla,
intentar reconciliarme con ella,
escribirle poemas para que los viera
en algún momento indeterminado del tiempo.
Y maldita sea que nada funcionó;
cuando la tormenta se aleja,
solo queda de ella la destrucción,
las chozas por reconstruir,
los puentes caídos
y la búsqueda de los desaparecidos.
¿Cómo iba a olvidarla si toda ella vive en mí?
Habrá pasado un año
y sigo sin entender como puede ser tan fugaz el alma.
El sol quema demasiado,
el invierno es demasiado frío,
la lluvia cala hasta el alma
y las pesadillas son más intensas,
pero al menos en ellas, ella no aparece.
Estúpido y nimio conformismo.
Y como una tormenta
corta pero intensa,
todo empezó,
sin tener siquiera tiempo a apaziguarse dentro del ojo del huracán
-será que nos decíamos que el amor ha de ser intenso como el fuego y arrollador como una avalancha,
que sepulte cuanto había antes y cuanto luego tendría que haber-
se fue,
todo se fue,
dejando un rastro inigualable de
silenciosa destrucción.
Y entre la gran catástrofe,
perplejo
sin entender qué había pasado,
y con las manos vacías,
solo podía pensar
que aquella
jodida
tormenta
que todo lo había arrasado,
fue todo cuanto amé.
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