Julius 1200
Poeta fiel al portal
El hombre joven aceptó el desafío.
engulló una torta gigantesca de un
modo admirable.
No tenía la contextura adecuada
para este empeño pero masticó
con denuedo y en unos pocos bocados
dejó migajas.
Quedó un rato con su rostro mofletudo
como esperando.
No fue inútil pues despertó una luz en
su mente y con decisión se levantó de la silla
y empezó la serie de saltos.
Sin distraerse con las ovaciones de quienes
lo observaban ya no se detuvo más.
Lo marcaba una obsesión: bajaría la torta
a como diese lugar.
Por instantes pasaba un pensamiento por
su cabeza: ser incomprendido es una virtud.
A nadie parecía interesarle que el horno donde
se cocinó la gran torta se incendiaba, el humo
ganaba el techo mezclado con las llamas y no
se escuchaba ninguna sirena.
Esto se agigantaba y pronto la casa parecía
el Fujimori en expansión.
El inadvertidamente o advertidamente proseguía
con los saltos que cada vez eran más y más altos.
Sus fuerzas no cedían, la falta de aliento era
superada, la ovaciones ensordecían.
El proseguía con imperativo místico y con la
garganta reseca. No temía deshidratarse.
Deglutía ahora su introspección. El Superyo
obraba hacia la manifestación plena.
Su salto fue haciéndose espectacular, rebotaba
y salía disparado como un cohete dirigido a lo
sideral. Lo vio la estratosfera, la ionosfera y los
habitantes de los satélites artificiales clamaron
por su bravura. Luego llegó a las alturas del
cielo índigo. Y rato después era un bólido que
sobrepasaba los planetas de nuestro sistema
solar y recorría otros sistemas, Andromeda
y otras galaxias...
La torta había sido maravillosamente digerida
y él también...
engulló una torta gigantesca de un
modo admirable.
No tenía la contextura adecuada
para este empeño pero masticó
con denuedo y en unos pocos bocados
dejó migajas.
Quedó un rato con su rostro mofletudo
como esperando.
No fue inútil pues despertó una luz en
su mente y con decisión se levantó de la silla
y empezó la serie de saltos.
Sin distraerse con las ovaciones de quienes
lo observaban ya no se detuvo más.
Lo marcaba una obsesión: bajaría la torta
a como diese lugar.
Por instantes pasaba un pensamiento por
su cabeza: ser incomprendido es una virtud.
A nadie parecía interesarle que el horno donde
se cocinó la gran torta se incendiaba, el humo
ganaba el techo mezclado con las llamas y no
se escuchaba ninguna sirena.
Esto se agigantaba y pronto la casa parecía
el Fujimori en expansión.
El inadvertidamente o advertidamente proseguía
con los saltos que cada vez eran más y más altos.
Sus fuerzas no cedían, la falta de aliento era
superada, la ovaciones ensordecían.
El proseguía con imperativo místico y con la
garganta reseca. No temía deshidratarse.
Deglutía ahora su introspección. El Superyo
obraba hacia la manifestación plena.
Su salto fue haciéndose espectacular, rebotaba
y salía disparado como un cohete dirigido a lo
sideral. Lo vio la estratosfera, la ionosfera y los
habitantes de los satélites artificiales clamaron
por su bravura. Luego llegó a las alturas del
cielo índigo. Y rato después era un bólido que
sobrepasaba los planetas de nuestro sistema
solar y recorría otros sistemas, Andromeda
y otras galaxias...
La torta había sido maravillosamente digerida
y él también...
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