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Cosas que nunca mueren(invierno en las covachuelas;final)

Osidiria

Poeta asiduo al portal
Así es Toledo, lo que hoy te da mañana te lo quita,
Toledo me enseñó que si todos fuésemos santos aquí en la tierra
no necesitaríamos cielo en las alturas
y que si no tuviéramos enemigos no harían falta guerras, pero las hay,
por esa razón Toledo levantó sus murallas,
para que la corrosión de los siglos no manchara su grandeza.

Aquel invierno que compartí con ella en las Covachuelas dejó unja enorme huella en mi alma
por la que aún supuro tristeza, aquellos profundos ojos esmeralda de aquella mujer
y sus palabras sacras cargadas de espiritualidad,
me hicieron creer en la pureza de un Dios que habita detrás de todas las creencias,
en la inmortalidad de esta ciudad sumergida hasta la cintura entre las nubes de mi memoria,
memoria que ha quedado marcada por los contornos de su figura
y en el tacto de sus manos donde cada noche la luna compone versos y estrofas
en honor a la vida y que luego colgaba en sus labios en forma de besos.

Toledo me enseñó que las cosas no mueren aunque no haya Dios,
aquella mujer se quedó para siempre en mi pensamiento,
su recuerdo vuela por el aire cuando desde el Miradero miro al horizonte
y allá a lo lejos oigo su voz diciendo:
“dónde estás compañero,
tuve que irme, tú lo sabes mejor que nadie, pero algún día volveré
y dejaré que me rescates del olvido, las siluetas de Toledo
arden bajo las pupilas de mis ojos cuando duermo,
entonces habrá llegado el momento de arrancar de mi piel
todos los besos que dejaste olvidados en mi cuerpo,
porque nunca encontré tanto calor para mi corazón
como aquel frío invierno en Toledo junto a ti”.

Los años fueron pasando, inviernos y veranos bajan flotando en las aguas del Tajo
pero en ninguno de ellos te encuentro, por las noches el cielo se cae a pedazos en mi ánimo,
cada amanecer la mañana se levanta sobre el frágil aleteo de una mariposa
y yo cada tarde encamino mis pasos hasta la sombra del campanario de la Catedral
y desde la plaza de las Cuatro Calles hasta el Barrio de la Judería,
miro todas y cada una de las caras de la gente con las que me voy cruzando,
pero en ninguna veo el verde de tus ojos, así llego dando tumbos al paseo del Tránsito
donde me siento triste y desolado para ver descolgarse la primera estrella en el cielo,
de espaldas al museo del Greco, donde en la fachada de su casa
cuelga el cuadro que el maestro pintara para nosotros y que sólo yo puedo ver.

Toledo, profundo y enigmático, cuna de leyendas y misterios,
fuente de caricias y de besos, pero también de gritos y tormentos en la hoguera,
Toledo. laberinto de calles estrechas por donde las noches se pueblan de sombras oscuras
y que con sus ojos bien abiertos cargan de vacío mis huellas
cuando antes de llegar a mi casa en barrio de las Covachuelas
lleno mis labios de rezos para que estés esperándome en la puerta.
 

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