isabel rodriguez
Poeta asiduo al portal
Nunca
tuviste miedo a tocarme.
La caricia
era tu acto reflejo,
tu bote salvavidas
en un mar
encabritado.
Tu realidad
era follar con otra
pensando en mí.
Llegaba el toque,
mi susurro,
mientras tus manos
creaban catedrales.
Todas eran de barro.
Se inundaba
el tiempo y las aceras.
Nuestra historia
crecía
en partituras de dedos
sobre mi cuerpo
en erupción.
Rozabas lo prohibido.
Aquello
que me ofrecías
y no me podías dar.
Nuestros sueños
también se hicieron barro
y nunca tuvieron
forma de catedral.
Ocho años
anclada en un pasado
de lo que podía haber sido,
de lo que podía ser
y nunca llegaba a tiempo.
Culpé
a la avaricia,
falta de tiempo,
orgullo,
las ganas de crecer.
Ocho años
clausurando tu memoria
entre mis uñas.
Rescatando la saliva
de aquel tiempo
en el que todo era falso
y quisimos creer.
Y lo creí.
Y me quedé sola
con tu murmullo
de voces
suspirando en mis orejas.
Y me tocó crecer.
tuviste miedo a tocarme.
La caricia
era tu acto reflejo,
tu bote salvavidas
en un mar
encabritado.
Tu realidad
era follar con otra
pensando en mí.
Llegaba el toque,
mi susurro,
mientras tus manos
creaban catedrales.
Todas eran de barro.
Se inundaba
el tiempo y las aceras.
Nuestra historia
crecía
en partituras de dedos
sobre mi cuerpo
en erupción.
Rozabas lo prohibido.
Aquello
que me ofrecías
y no me podías dar.
Nuestros sueños
también se hicieron barro
y nunca tuvieron
forma de catedral.
Ocho años
anclada en un pasado
de lo que podía haber sido,
de lo que podía ser
y nunca llegaba a tiempo.
Culpé
a la avaricia,
falta de tiempo,
orgullo,
las ganas de crecer.
Ocho años
clausurando tu memoria
entre mis uñas.
Rescatando la saliva
de aquel tiempo
en el que todo era falso
y quisimos creer.
Y lo creí.
Y me quedé sola
con tu murmullo
de voces
suspirando en mis orejas.
Y me tocó crecer.