Cecilya
Cecy
Blanca siente los movimientos cuidadosos de Juan cuando sale de la cama para ir a ducharse.
La habitación está algo oscura, llueve desde el inicio del día y la única claridad tenue es la que proyecta el velador de la mesa de luz.
Se estira entre las sábanas e inspira profundamente con una sensación de paz que alcanza todas las regiones de su cuerpo.
Durmió bastante y la siesta se transformó en una tarde apacible y balsámica gracias a las gotas de lluvia que mejoran la atmósfera intimista que se vive ahí dentro.
Blanca también se levanta procurando no hacer demasiado ruido. Apoya sus pies sobre la alfombra y observa el cuarto como para convencerse de que no es un sueño y que realmente está allí.
Juan canta serenamente bajo la ducha y ella disfruta ese momento. Ama la voz de Juan porque la considera hermosa, particular, es un sonido vibratorio antiguo que cree que viene oyendo desde muchas otras vidas, que reconoce suyo, y esa es una idea que nadie podrá quitar de su mente.
“Necesito alguien que me emparche un poco y que limpie mi cabeza, que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo…
y que ponga tachuelas en mis zapatos para que me acuerde que voy caminando, y que cuelgue mi mente de una soga para que se seque de problemas…”
Blanca quiere buscar el vinilo que contiene precisamente esa canción y ponerlo a girar sobre la bandeja de audio para sorprenderlo.
Pasa uno a uno los discos de la amplia colección, pero encuentra algo más.
Hay un vinilo atípico. El de una banda que ella detesta y que jamás decidiría escuchar. Descubre una diferencia importante con respecto a los gustos musicales de su amado, y aunque sabe que Juan nunca arruinaría un momento romántico entre los dos con los alaridos del cantante que lidera ese grupo, ella igual introduce su mano en el sobre de cartón que supuestamente guarda el vinilo, pero halla otra cosa.
El disco no está.
Un retrato suyo dibujado a lápiz es lo que encuentra allí.
Un retrato que Juan hizo. Y detrás de la hoja de papel una fecha adelantada, un saludo especial que incluye unas líneas de amor tan genuinas y conmovedoras que hacen que Blanca recuerde que faltan apenas quince días para su cumpleaños; que ese retrato no es la copia de una foto que podría haber sido tomada de una red social, que Juan la sabe de memoria, que no necesita copiarla, que es un artista refinado y pulcro, que sus manos aman más allá de las caricias, o que mejor dicho acarician cuando escriben o cuando también dibujan.
Sus ojos se le llenan de lágrimas y entonces rápidamente guarda su regalo dentro de ese sobre que Juan eligió suponiendo que ella jamás tocaría el disco.
Blanca asume que sin desearlo, la sorpresa dejó de ser. Quiere colmar de besos a ese hombre pero sabe que no puede ni debe. Él hizo todo lo posible, se esmeró para que no lo descubriera, sin embargo el plan falló y ya no hay vuelta atrás.
Entonces se viste rápido y sale a la calle. Sus sentimientos la desbordan.
En la prisa olvida el paraguas pero el tiempo parece estar de su lado porque la lluvia cesa y se abren las nubes mientras sopla un viento fuerte que podría justificar una posible irritación de los ojos y el lagrimeo.
Da unas vueltas por la plaza vacía, llora y se ríe mientras piensa que es la única lunática que opta por caminar justamente en un día ideal para no abandonar la cama.
¿Cómo fingir que no vio lo que vio?
¿Qué hacer con tanto amor contenido?
Seca sus ojos y respira hondo, la calma poco a poco va ganando la partida. El viento fresco ayuda mucho.
Tiene una idea y la lleva a cabo.
— ¿Dónde estuvo, profesora? —dice Juan apenas ella vuelve, mostrándole que compró Vauquita y Mantecol, que sí serían dos motivos de gran peso para dejar el calor del hogar en un día tan desapacible.
Blanca decide retomar la canción que él cantaba en la ducha y que originó la dulce controversia.
“Y que me quiera cuando estoy, cuando me voy, cuando me fui…”
Juan la sigue.
“Y que sepa servir el té, besarme después y echar a reír”
La canción tiende a adquirir vida propia y a fusionarse con todos esos sentimientos que parecen estar respondiendo a un orden; mágicamente sincronizados.
Blanca ahora puede cantar.
“Y que conozca las palabras, que jamás le voy a decir…”
Juan se ríe de manera pícara, luminosa, se convierte en un hombre muy especial, muy interesante cuando se relaja y se muestra tal cual es.
“Y que no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir… para amarla…”
—Claro, claro, después de las golosinas y del té, colega…—le responde mientras se pierde en él y con él en un abrazo profundo.
El secreto está a salvo y Blanca entiende que cuando su cumpleaños llegue, no va a tener que fingir.
Habrá otro abrazo, otros besos, más amor, mucho más sumado a una inmensa gratitud.
Y Juan, aunque jamás llegue a saberlo, con su estrategia fallida logró que Blanca pudiera amarlo todavía más.
..............................................
Relato de la serie "Blanca y Juan" en este caso basado en la canción "Necesito" de Sui Generis. El cuento tiene sentido justamente a partir de la canción que lo acompaña.
*Vauquita y Mantecol son dos golosinas argentinas deliciosas que bien justificarían salir a la calle a comprarlas bajo cualquier circunstancia climática por más adversa que fuese.
La habitación está algo oscura, llueve desde el inicio del día y la única claridad tenue es la que proyecta el velador de la mesa de luz.
Se estira entre las sábanas e inspira profundamente con una sensación de paz que alcanza todas las regiones de su cuerpo.
Durmió bastante y la siesta se transformó en una tarde apacible y balsámica gracias a las gotas de lluvia que mejoran la atmósfera intimista que se vive ahí dentro.
Blanca también se levanta procurando no hacer demasiado ruido. Apoya sus pies sobre la alfombra y observa el cuarto como para convencerse de que no es un sueño y que realmente está allí.
Juan canta serenamente bajo la ducha y ella disfruta ese momento. Ama la voz de Juan porque la considera hermosa, particular, es un sonido vibratorio antiguo que cree que viene oyendo desde muchas otras vidas, que reconoce suyo, y esa es una idea que nadie podrá quitar de su mente.
“Necesito alguien que me emparche un poco y que limpie mi cabeza, que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo…
y que ponga tachuelas en mis zapatos para que me acuerde que voy caminando, y que cuelgue mi mente de una soga para que se seque de problemas…”
Blanca quiere buscar el vinilo que contiene precisamente esa canción y ponerlo a girar sobre la bandeja de audio para sorprenderlo.
Pasa uno a uno los discos de la amplia colección, pero encuentra algo más.
Hay un vinilo atípico. El de una banda que ella detesta y que jamás decidiría escuchar. Descubre una diferencia importante con respecto a los gustos musicales de su amado, y aunque sabe que Juan nunca arruinaría un momento romántico entre los dos con los alaridos del cantante que lidera ese grupo, ella igual introduce su mano en el sobre de cartón que supuestamente guarda el vinilo, pero halla otra cosa.
El disco no está.
Un retrato suyo dibujado a lápiz es lo que encuentra allí.
Un retrato que Juan hizo. Y detrás de la hoja de papel una fecha adelantada, un saludo especial que incluye unas líneas de amor tan genuinas y conmovedoras que hacen que Blanca recuerde que faltan apenas quince días para su cumpleaños; que ese retrato no es la copia de una foto que podría haber sido tomada de una red social, que Juan la sabe de memoria, que no necesita copiarla, que es un artista refinado y pulcro, que sus manos aman más allá de las caricias, o que mejor dicho acarician cuando escriben o cuando también dibujan.
Sus ojos se le llenan de lágrimas y entonces rápidamente guarda su regalo dentro de ese sobre que Juan eligió suponiendo que ella jamás tocaría el disco.
Blanca asume que sin desearlo, la sorpresa dejó de ser. Quiere colmar de besos a ese hombre pero sabe que no puede ni debe. Él hizo todo lo posible, se esmeró para que no lo descubriera, sin embargo el plan falló y ya no hay vuelta atrás.
Entonces se viste rápido y sale a la calle. Sus sentimientos la desbordan.
En la prisa olvida el paraguas pero el tiempo parece estar de su lado porque la lluvia cesa y se abren las nubes mientras sopla un viento fuerte que podría justificar una posible irritación de los ojos y el lagrimeo.
Da unas vueltas por la plaza vacía, llora y se ríe mientras piensa que es la única lunática que opta por caminar justamente en un día ideal para no abandonar la cama.
¿Cómo fingir que no vio lo que vio?
¿Qué hacer con tanto amor contenido?
Seca sus ojos y respira hondo, la calma poco a poco va ganando la partida. El viento fresco ayuda mucho.
Tiene una idea y la lleva a cabo.
— ¿Dónde estuvo, profesora? —dice Juan apenas ella vuelve, mostrándole que compró Vauquita y Mantecol, que sí serían dos motivos de gran peso para dejar el calor del hogar en un día tan desapacible.
Blanca decide retomar la canción que él cantaba en la ducha y que originó la dulce controversia.
“Y que me quiera cuando estoy, cuando me voy, cuando me fui…”
Juan la sigue.
“Y que sepa servir el té, besarme después y echar a reír”
La canción tiende a adquirir vida propia y a fusionarse con todos esos sentimientos que parecen estar respondiendo a un orden; mágicamente sincronizados.
Blanca ahora puede cantar.
“Y que conozca las palabras, que jamás le voy a decir…”
Juan se ríe de manera pícara, luminosa, se convierte en un hombre muy especial, muy interesante cuando se relaja y se muestra tal cual es.
“Y que no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir… para amarla…”
—Claro, claro, después de las golosinas y del té, colega…—le responde mientras se pierde en él y con él en un abrazo profundo.
El secreto está a salvo y Blanca entiende que cuando su cumpleaños llegue, no va a tener que fingir.
Habrá otro abrazo, otros besos, más amor, mucho más sumado a una inmensa gratitud.
Y Juan, aunque jamás llegue a saberlo, con su estrategia fallida logró que Blanca pudiera amarlo todavía más.
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Relato de la serie "Blanca y Juan" en este caso basado en la canción "Necesito" de Sui Generis. El cuento tiene sentido justamente a partir de la canción que lo acompaña.
*Vauquita y Mantecol son dos golosinas argentinas deliciosas que bien justificarían salir a la calle a comprarlas bajo cualquier circunstancia climática por más adversa que fuese.