Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las almas retroceden llameantes persignándose
ante el combate de otra guerra que se empecina
en reiterar su feroz cometido.
La involucrados se enfilan tras lo efímero, unen
sus cuerpos a misteriosas ráfagas que perforan,
a una imprevista música zumbadora de masacre,
de luces que enceguecen;del impiadoso y ensordecedor
repiqueteo que destripa hedores.
¿Quién se apiada de aquellos que gimen sin pausa?
La sensación animal del vértigo y del pánico, es de
nuevo atrapada.
¿Quién se apiada de aquellos que temen la muerte?
La levedad del Ser asiste a todas las cobardías,
y en ese páramo del descaro deviene la infamia, la
mortal experiencia chamuscada.
Ratas del desierto sobre rostros y cuerpos,
mercenarios que marchan con pesadez solar,
marchan hollando la arena, esquivando ventiscas.
Sobre esa soledad macabra no existen nombres,
los gemidos son un rito inintelegible.
Pero escucha, escucha por favor, pues quisiera
que entiendas:
No es placentero que esos involuntarios asesinos
esten malditos a sabiendas.
Cierta vez vieron cielos azules y el rumor del mar
fue lo más excelso.
Cierta vez se prosternaron ante las flores de sus bellos
jardines o segaron el trigo de sus frondosos campos.
Cierta vez tuvieron un amor en sus brazos y creyeron
que la primer tristeza les pertenecería para siempre.
Pero al extraviarse en los furores del desierto se
avergonzaron.
¿De que serviría que sus madres rogasen por ellos?
O ¿que sus padres desesperasen por ellos?
Ellos volverían amarrados al timón de la verguenza
y de la insanía.
Y mientras en aquel desierto manchado de rojo
ahora el cielo de nuevo es índigo, las estrellas
se fugaron a otro mundo.
ante el combate de otra guerra que se empecina
en reiterar su feroz cometido.
La involucrados se enfilan tras lo efímero, unen
sus cuerpos a misteriosas ráfagas que perforan,
a una imprevista música zumbadora de masacre,
de luces que enceguecen;del impiadoso y ensordecedor
repiqueteo que destripa hedores.
¿Quién se apiada de aquellos que gimen sin pausa?
La sensación animal del vértigo y del pánico, es de
nuevo atrapada.
¿Quién se apiada de aquellos que temen la muerte?
La levedad del Ser asiste a todas las cobardías,
y en ese páramo del descaro deviene la infamia, la
mortal experiencia chamuscada.
Ratas del desierto sobre rostros y cuerpos,
mercenarios que marchan con pesadez solar,
marchan hollando la arena, esquivando ventiscas.
Sobre esa soledad macabra no existen nombres,
los gemidos son un rito inintelegible.
Pero escucha, escucha por favor, pues quisiera
que entiendas:
No es placentero que esos involuntarios asesinos
esten malditos a sabiendas.
Cierta vez vieron cielos azules y el rumor del mar
fue lo más excelso.
Cierta vez se prosternaron ante las flores de sus bellos
jardines o segaron el trigo de sus frondosos campos.
Cierta vez tuvieron un amor en sus brazos y creyeron
que la primer tristeza les pertenecería para siempre.
Pero al extraviarse en los furores del desierto se
avergonzaron.
¿De que serviría que sus madres rogasen por ellos?
O ¿que sus padres desesperasen por ellos?
Ellos volverían amarrados al timón de la verguenza
y de la insanía.
Y mientras en aquel desierto manchado de rojo
ahora el cielo de nuevo es índigo, las estrellas
se fugaron a otro mundo.