Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
I
Cuando se descubrió creador
le dijo al sol que se fuera
-tal era su poder-
y en la plenitud de la sombra,
su mano fue copa y él se transfiguró
en vino bebiendo de sí mismo.
Se despertó zahorí y salió
en su propia búsqueda
como líquido constructor de lo telúrico
y hallóse mano, pincel e imagen
jugando a las múltiples caras
con un dado invisible; pero al final
decidió que nunca sería rey,
sino peón y enarbolando
la derramada bandera roja
del bosque talado,
se construyó barco y zarpó
tras sus huellas
y fue tablón a la deriva
y su propia salvación
como náufrago mapa del tesoro
y al desenterrarlo, vio a la joven mujer,
libre y victoriosa, gritando: "¡Adelante!"
II
Deja crecer las semillas vencidas
de tu piel,
que el sudor de tus huesos
y el llanto de tus manos las rieguen,
que de ellas broten
en la primavera más cercana a ti
las verdes espigas
trenzando escaleras sin confines;
y porque existe el abanico
que disipa la mala hora
y una línea recta hacia la galaxia
abre las ventanas de tu pecho
al sol, a la tierra, al agua
y al universo entero,
recoge su maná y sigue
la senda abstracta de los nenúfares.
III
Protegidos por la oscuridad,
los verdugos esconden su cara
y nada sienten
ante la insultante camisa blanca
de la inocencia,
pues ciega es la sumisión
a la voz tronante e invisible
del mayor de los cobardes:
un dios comiéndose a sus propios hijos.
Han desaparecido los árboles
de todos los paisajes
en un aquelarre de pinturas negras
y sibilinos, los cielos se cierran
para impedir que la luna
regale su reflejo al agua.
Antes, la tierra ha claudicado
vendiéndole su himen a un rico pordiosero
y ya no nacen niños,
los venden como postales turísticas
en los mercados negros
de alegres cementerios e iglesias derruidas.
Próximos están los ecos de las ráfagas letales
y los desorbitados ojos, iluminados
por un nigromante candil,
agotan los últimos soplos de vida
sin comprender el porqué de su infortunio.
IV
Impetuosa,
la fronda arrebata a la arista
sus dominios
y al mapa sus fronteras.
Con su amplio espectro
insulta a la punta
de una nariz maniquea,
pues áspera y sedosa es;
mas también amarga,
dulce y salada.
Y donde la humedad
se transforma en éxtasis
de joven manantial,
la noche oscura es pleno día
V
Capta un péndulo de luz
la brutal disolución de un neonato
y un desgarro punzante
traspasa el aire constreñido,
brotando de su herida
la grisácea sangre
en fragmentos de espantosa muerte
que complace a los abyectos
VI
Pellejos con niños moribundos
en sus brazos y vestiduras
acumulando sudores, remiendos y años,
caminan siempre hacia adelante
propagando su argumento de
portazo y rebeldía
para que las cosas no vuelvan a su sitio.
VII
Sueña el hombre del remolino
con envolver en oro
la siesta de los labriegos
y plasma en un autorretrato
su mirada capaz de extraer
de las cosas más humildes
su esencia para inmortalizarlas.
Y como un cuchillo,
su mano exaltada y amarilla
desentraña los órganos más recónditos
del paisaje donde el aire
juega al escondite con los árboles
y las estrellas palpitan
y los girasoles imitan al sol
VIII
No hay romanticismo
ni perfume de frutos leves
en un cielo tenido de sangre,
cuando a ras de suelo
cae fría la noche y las plazas
vacías de conversaciones
sirven de refugio
a las sombras vulnerables,
pobres de pan y de solemnidad,
cuyos ojos -dolientes imágenes
que no turbias y monstruosas
como esos retratos
de altos dignatarios en sus tronos
deshaciéndose en detritos-
son dentelladas de clamores
contra los mercaderes del engaño.
Cuando se descubrió creador
le dijo al sol que se fuera
-tal era su poder-
y en la plenitud de la sombra,
su mano fue copa y él se transfiguró
en vino bebiendo de sí mismo.
Se despertó zahorí y salió
en su propia búsqueda
como líquido constructor de lo telúrico
y hallóse mano, pincel e imagen
jugando a las múltiples caras
con un dado invisible; pero al final
decidió que nunca sería rey,
sino peón y enarbolando
la derramada bandera roja
del bosque talado,
se construyó barco y zarpó
tras sus huellas
y fue tablón a la deriva
y su propia salvación
como náufrago mapa del tesoro
y al desenterrarlo, vio a la joven mujer,
libre y victoriosa, gritando: "¡Adelante!"
II
Deja crecer las semillas vencidas
de tu piel,
que el sudor de tus huesos
y el llanto de tus manos las rieguen,
que de ellas broten
en la primavera más cercana a ti
las verdes espigas
trenzando escaleras sin confines;
y porque existe el abanico
que disipa la mala hora
y una línea recta hacia la galaxia
abre las ventanas de tu pecho
al sol, a la tierra, al agua
y al universo entero,
recoge su maná y sigue
la senda abstracta de los nenúfares.
III
Protegidos por la oscuridad,
los verdugos esconden su cara
y nada sienten
ante la insultante camisa blanca
de la inocencia,
pues ciega es la sumisión
a la voz tronante e invisible
del mayor de los cobardes:
un dios comiéndose a sus propios hijos.
Han desaparecido los árboles
de todos los paisajes
en un aquelarre de pinturas negras
y sibilinos, los cielos se cierran
para impedir que la luna
regale su reflejo al agua.
Antes, la tierra ha claudicado
vendiéndole su himen a un rico pordiosero
y ya no nacen niños,
los venden como postales turísticas
en los mercados negros
de alegres cementerios e iglesias derruidas.
Próximos están los ecos de las ráfagas letales
y los desorbitados ojos, iluminados
por un nigromante candil,
agotan los últimos soplos de vida
sin comprender el porqué de su infortunio.
IV
Impetuosa,
la fronda arrebata a la arista
sus dominios
y al mapa sus fronteras.
Con su amplio espectro
insulta a la punta
de una nariz maniquea,
pues áspera y sedosa es;
mas también amarga,
dulce y salada.
Y donde la humedad
se transforma en éxtasis
de joven manantial,
la noche oscura es pleno día
V
Capta un péndulo de luz
la brutal disolución de un neonato
y un desgarro punzante
traspasa el aire constreñido,
brotando de su herida
la grisácea sangre
en fragmentos de espantosa muerte
que complace a los abyectos
VI
Pellejos con niños moribundos
en sus brazos y vestiduras
acumulando sudores, remiendos y años,
caminan siempre hacia adelante
propagando su argumento de
portazo y rebeldía
para que las cosas no vuelvan a su sitio.
VII
Sueña el hombre del remolino
con envolver en oro
la siesta de los labriegos
y plasma en un autorretrato
su mirada capaz de extraer
de las cosas más humildes
su esencia para inmortalizarlas.
Y como un cuchillo,
su mano exaltada y amarilla
desentraña los órganos más recónditos
del paisaje donde el aire
juega al escondite con los árboles
y las estrellas palpitan
y los girasoles imitan al sol
VIII
No hay romanticismo
ni perfume de frutos leves
en un cielo tenido de sangre,
cuando a ras de suelo
cae fría la noche y las plazas
vacías de conversaciones
sirven de refugio
a las sombras vulnerables,
pobres de pan y de solemnidad,
cuyos ojos -dolientes imágenes
que no turbias y monstruosas
como esos retratos
de altos dignatarios en sus tronos
deshaciéndose en detritos-
son dentelladas de clamores
contra los mercaderes del engaño.
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