jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
la tarde que la enterraron llovía
-una de esas lluviecitas mamonas que acostumbran caer
cuando más lo pueden joder a uno-
no había mucha gente
un par de fulanas y algunos tipos con facha alcohólica
la mujer que le rentaba un cuarto
el sepulturero y su ayudante y yo;
el sacerdote llegó a último minuto
cuando ya la tierra casi cubría por completo el cajón;
era un hombre joven de aspecto agradable
y vestía sotana y llevaba sombrero;
se paró junto a la tumba y tosió dos veces para aclararse la voz
y desdobló un papelito que llevaba en las manos
y empezó a leer en voz alta los que la conocimos
recordaremos siempre su risa
su buen humor, su carácter sencillo
el resplandor que se adivinaba en lo profundo de su mirada
y que se traslucía aun por encima de la sombra de tristeza
que a veces la cubría hasta casi ennegrecerla
-la lluvia había empapado el papelito para entonces
y borrado las palabras escritas en él,
pero el hombre seguía adelante con su discurso-
recordaremos siempre la fragilidad de su espíritu
la elasticidad de su cuerpo, sus muslos suaves
su abdomen duro como una roca a pesar del alcohol
su entrepierna depilada a láser, sus nalgas firmes
los protuberantes y rugosos labios de su coño
que uno mordía como si mordiera un cruasán
y casi esperaba oír el crujido del hojaldre al quebrarse;
sus mamadas, por supuesto
-¿quién podría olvidar el tacto húmedo y nervioso de su lengua
recorriendo despacio el perímetro carnoso que rodea el glande?-
sus intempestivas apariciones a deshoras de la noche
cayéndose de borracha y aporreando la puerta
exigiendo a gritos que uno le abriera y amenazando
"¡más vale que no esté allí contigo alguna de tus putas santurronas,
porque soy capaz de arrancarte los huevos a mordidas!"
sus arrebatados besos con sabor a semen de otros
cuando le abría la puerta y la dejaba entrar
y ella se arrojaba en mis brazos y lloraba
y me decía que había vuelto a cagarla
que la puta soledad le calaba los huesos y por eso bebía
y el alcohol la ponía cachonda y yo nunca estaba con ella
yo era un puto sacerdote y no podía amar a una mujer
y ella había tenido la desgracia de enamorarse de mí
enamorarse de un puto sacerdote al que le faltaban huevos
para mandar todo a la mierda por una simple mujer
y por eso bebía y la cagaba
y se revolcaba con cualquiera donde fuera
-detrás de un carro o en las escaleras del malecón,
en el baño de un bar o dentro de un contenedor de basura-
y luego iba a buscarme porque ningún otro la dejaba satisfecha
ningún otro le aplacaba la ardiente pasión que yo le inspiraba
y allí en el piso helado de la sacristía cogíamos como perros
hasta que la luz del amanecer empezaba a dispersar las sombras
y ahora ella se ha marchado para siempre a la región oscura
por el camino de la reconciliación y la misericordia
en el cuerpo y la sangre de cristo amén;
terminó de hablar y se santiguó
y murmuró una oración que nadie oyó
y luego se arremangó la sotana para no tropezar
y se alejó por el sendero que llevaba a la salida;
los demás también empezaron a irse
pero yo me quedé otro par de minutos allí de pie bajo la lluvia
preguntándome cuántos más serían
cuántos más aparte del pendejo sacerdote
cuántos más se tragarían el cuento de esa puta
el jodido cuento de que estaba muerta de amor por ti
y bebía para aliviar su desamor y bla bla bla
y cogía con todos los que se le cruzaban por enfrente
por culpa de la soledad y bla bla bla
y se quería abrir las venas para escapar de la mierda
en que al final se había convertido su vida
-lo único que no fue bla bla bla-
cuántos más aparte de aquel pendejo sacerdote
y de mí