Cuando Dios Susurra al Corazón

victorialozano

Poeta recién llegado
Cuando la noche parece eterna
y las lágrimas se vuelven compañeras silenciosas,
cuando el alma se cansa de luchar
y los sueños parecen marchitarse,
hay una voz suave, más fuerte que el miedo,
que dice en lo profundo del corazón:

"Hijo mío, hija mía, aquí estoy."

No siempre llega con truenos,
ni con respuestas inmediatas,
a veces llega en un abrazo inesperado,
en una oración susurrada,
en una lágrima que libera el alma,
o en esa fuerza inexplicable
que aparece justo cuando pensabas que ya no podías más.

Dios no se cansa de amar,
aunque el mundo se canse de comprender.
No abandona cuando todos se alejan,
ni deja de extender sus manos
cuando tropezamos una y otra vez.

Él conoce las batallas que nadie ve,
las heridas que escondemos detrás de una sonrisa,
las noches en las que pedimos ayuda en silencio,
los sueños que guardamos en el rincón más profundo del alma.

Y aun conociéndolo todo,
nos mira con amor infinito.

Porque antes de que nacieras,
ya conocía tu nombre.
Antes de que dieras tu primer paso,
ya había preparado caminos para ti.
Antes de que tus ojos vieran la luz,
su corazón ya te amaba.

Él está en la risa de un niño,
en el amanecer que vuelve después de la tormenta,
en las estrellas que adornan el cielo,
en el canto de los pájaros,
en la lluvia que acaricia la tierra sedienta,
en cada detalle que nos recuerda
que nunca fuimos creados por casualidad.

Dios está en los momentos felices,
pero también en aquellos días oscuros
en los que no entendemos nada.
Porque incluso cuando calla,
sigue obrando.
Incluso cuando no lo sentimos,
sigue sosteniéndonos.

Y si alguna vez te preguntas cuánto te ama,
mira la cruz.
Allí está la respuesta más grande.
Un amor que no se rindió,
que abrazó el dolor para regalar esperanza,
que venció la muerte para regalar vida,
que sigue esperando con paciencia
a cada corazón que desea volver a Él.

No importa cuántas veces hayas caído,
Dios sigue creyendo en ti.
No importa cuántas veces hayas llorado,
Él ha recogido cada lágrima.
No importa cuán lejos sientas que estás,
su amor siempre encuentra el camino de regreso.

Porque para Dios no eres un error,
eres una obra de amor.
No eres un accidente,
eres un propósito.
No eres un olvido,
eres un milagro.

Y cuando llegue el día en que tus fuerzas se agoten,
cuando las respuestas falten
y el camino parezca incierto,
recuerda que nunca caminas solo.

Porque hay unas manos eternas sosteniéndote,
unos ojos llenos de misericordia observándote,
y un Padre celestial que, incluso en medio del silencio,
susurra con ternura:

No temas. Yo voy contigo.
Cuando llores, estaré contigo.
Cuando caigas, te levantaré.
Cuando tengas miedo, te abrazaré.
Y cuando el mundo entero te falle,
mi amor jamás te abandonará.

Porque las estrellas dejarán de brillar,
los mares un día callarán,
las flores se marchitarán,
y el tiempo seguirá su camino…

Pero el amor de Dios,
ese amor que sana, restaura y da esperanza,
ese amor que abraza al cansado y levanta al caído,
ese amor que conoce tu nombre y escucha tu oración…

Jamás tendrá final.

Porque ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios.

Romanos 8:38-39
 
Cuando la noche parece eterna
y las lágrimas se vuelven compañeras silenciosas,
cuando el alma se cansa de luchar
y los sueños parecen marchitarse,
hay una voz suave, más fuerte que el miedo,
que dice en lo profundo del corazón:

"Hijo mío, hija mía, aquí estoy."

No siempre llega con truenos,
ni con respuestas inmediatas,
a veces llega en un abrazo inesperado,
en una oración susurrada,
en una lágrima que libera el alma,
o en esa fuerza inexplicable
que aparece justo cuando pensabas que ya no podías más.

Dios no se cansa de amar,
aunque el mundo se canse de comprender.
No abandona cuando todos se alejan,
ni deja de extender sus manos
cuando tropezamos una y otra vez.

Él conoce las batallas que nadie ve,
las heridas que escondemos detrás de una sonrisa,
las noches en las que pedimos ayuda en silencio,
los sueños que guardamos en el rincón más profundo del alma.

Y aun conociéndolo todo,
nos mira con amor infinito.

Porque antes de que nacieras,
ya conocía tu nombre.
Antes de que dieras tu primer paso,
ya había preparado caminos para ti.
Antes de que tus ojos vieran la luz,
su corazón ya te amaba.

Él está en la risa de un niño,
en el amanecer que vuelve después de la tormenta,
en las estrellas que adornan el cielo,
en el canto de los pájaros,
en la lluvia que acaricia la tierra sedienta,
en cada detalle que nos recuerda
que nunca fuimos creados por casualidad.

Dios está en los momentos felices,
pero también en aquellos días oscuros
en los que no entendemos nada.
Porque incluso cuando calla,
sigue obrando.
Incluso cuando no lo sentimos,
sigue sosteniéndonos.

Y si alguna vez te preguntas cuánto te ama,
mira la cruz.
Allí está la respuesta más grande.
Un amor que no se rindió,
que abrazó el dolor para regalar esperanza,
que venció la muerte para regalar vida,
que sigue esperando con paciencia
a cada corazón que desea volver a Él.

No importa cuántas veces hayas caído,
Dios sigue creyendo en ti.
No importa cuántas veces hayas llorado,
Él ha recogido cada lágrima.
No importa cuán lejos sientas que estás,
su amor siempre encuentra el camino de regreso.

Porque para Dios no eres un error,
eres una obra de amor.
No eres un accidente,
eres un propósito.
No eres un olvido,
eres un milagro.

Y cuando llegue el día en que tus fuerzas se agoten,
cuando las respuestas falten
y el camino parezca incierto,
recuerda que nunca caminas solo.

Porque hay unas manos eternas sosteniéndote,
unos ojos llenos de misericordia observándote,
y un Padre celestial que, incluso en medio del silencio,
susurra con ternura:

No temas. Yo voy contigo.
Cuando llores, estaré contigo.
Cuando caigas, te levantaré.
Cuando tengas miedo, te abrazaré.
Y cuando el mundo entero te falle,
mi amor jamás te abandonará.

Porque las estrellas dejarán de brillar,
los mares un día callarán,
las flores se marchitarán,
y el tiempo seguirá su camino…

Pero el amor de Dios,
ese amor que sana, restaura y da esperanza,
ese amor que abraza al cansado y levanta al caído,
ese amor que conoce tu nombre y escucha tu oración…

Jamás tendrá final.

Porque ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios.

Romanos 8:38-39
Sin dudas es un mensaje reconfortante y de esperanza.
La gloria es de Dios.

Saludos
 

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