Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando el amor deja de doler,
es porque al fin te quitaste el cuchillo con el que escribías su nombre en tu pecho.
Porque entendiste que no se puede sembrar jardín en la piel de alguien que solo quiere incendios.
Cuando el amor deja de doler,
no es que se haya ido el amor…
es que volviste a ti.
A tus pies descalzos sin prisas,
a tu risa que nadie supo leer,
a esa ternura rebelde que no cabía en su jaula.
Y lloras, sí… pero distinto.
Con lágrimas que limpian, no que envenenan.
Con una tristeza que no hiere,
sino que florece como esa flor que solo nace después del invierno.
Te descubres en el espejo sin su sombra
y te ves:
completa.
Inmensa.
Luz de tu propia claridad.
Ya no amas desde la ausencia,
ya no esperas quien no llega,
ya no ruegas por migajas cuando tú eras el banquete.
Porque cuando el amor deja de doler,
es que dejó de ser mendigo.
Y comenzó a ser tuyo.
Y ahí, Claridad,
empieza la verdadera historia.
Contigo como protagonista,
con el alma abierta,
y el corazón —por fin— sin vendas
es porque al fin te quitaste el cuchillo con el que escribías su nombre en tu pecho.
Porque entendiste que no se puede sembrar jardín en la piel de alguien que solo quiere incendios.
Cuando el amor deja de doler,
no es que se haya ido el amor…
es que volviste a ti.
A tus pies descalzos sin prisas,
a tu risa que nadie supo leer,
a esa ternura rebelde que no cabía en su jaula.
Y lloras, sí… pero distinto.
Con lágrimas que limpian, no que envenenan.
Con una tristeza que no hiere,
sino que florece como esa flor que solo nace después del invierno.
Te descubres en el espejo sin su sombra
y te ves:
completa.
Inmensa.
Luz de tu propia claridad.
Ya no amas desde la ausencia,
ya no esperas quien no llega,
ya no ruegas por migajas cuando tú eras el banquete.
Porque cuando el amor deja de doler,
es que dejó de ser mendigo.
Y comenzó a ser tuyo.
Y ahí, Claridad,
empieza la verdadera historia.
Contigo como protagonista,
con el alma abierta,
y el corazón —por fin— sin vendas