Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando el poeta ama,
la paleta de colores irisa sus noches
cubriendo de rojos pétalos las liras,
que anuncian con arpegios las cálidas cobijas,
donde puedes arrullarte lánguida,
acariciada por la brisa,
que por tu tibieza se desliza.
Cuando el poeta es sinvergüenza,
se mete entremedio de tus piernas
sin pedir permiso desde su cuarto,
chorreando tintas alrededor de tus pezones,
que se embelezan metidos en su boca,
conquistando los secretos de tus labios,
que abiertos se enredan en resuellos,
hasta convertirlos en gemidos intensos.
Cuando el poeta cree,
habla en primera persona
dejando su silueta en cada palabra,
mostrando sus manos magulladas,
que rellenan orificios endémicos,
hasta colmarlos con su torso.
Cuando el poeta es herido,
mueren hasta las penas
y el pecho se hace sangre,
y el pecho se hace mierda,
palpando la hiel de la pieza,
que se cuela por debajo de la hiedra
y se baña en estiércol,
hasta pulverizar su humedecida tristeza.
Cuando el poeta ruge,
el grito se escucha potente
abrumando con furia al necio
que se atrevió en algún recodo a desafiarlo,
mostrando sus dientes párvulos,
que morderán encallados jirones,
desde su peine hasta sus animales prados.
Cuando el poeta recuerda,
la historia se mofa de sus leños
encendiendo procesos olvidados
de anonimatos porfiados,
que viven, vivieron y vivirán por vivir,
mostrando el espacio que ocuparon
asintiendo que no fue sólo utopía del tiempo,
si no la verdad de su lengua.
Cuando el poeta se hace hombre,
es cuando duelen sus manos,
con cada trazo que dibujó su alma,
sobre retazos de nardos,
sobre acantilados de engaños,
sobre estantes de sueños,
sobre pecados insubordinados,
es ahí cuando percibe,
que sus defectos y virtudes ha mostrado
sopesando que dejo de ser un escribiente
si no, el simple humano,
que se rindió a sus años
la paleta de colores irisa sus noches
cubriendo de rojos pétalos las liras,
que anuncian con arpegios las cálidas cobijas,
donde puedes arrullarte lánguida,
acariciada por la brisa,
que por tu tibieza se desliza.
Cuando el poeta es sinvergüenza,
se mete entremedio de tus piernas
sin pedir permiso desde su cuarto,
chorreando tintas alrededor de tus pezones,
que se embelezan metidos en su boca,
conquistando los secretos de tus labios,
que abiertos se enredan en resuellos,
hasta convertirlos en gemidos intensos.
Cuando el poeta cree,
habla en primera persona
dejando su silueta en cada palabra,
mostrando sus manos magulladas,
que rellenan orificios endémicos,
hasta colmarlos con su torso.
Cuando el poeta es herido,
mueren hasta las penas
y el pecho se hace sangre,
y el pecho se hace mierda,
palpando la hiel de la pieza,
que se cuela por debajo de la hiedra
y se baña en estiércol,
hasta pulverizar su humedecida tristeza.
Cuando el poeta ruge,
el grito se escucha potente
abrumando con furia al necio
que se atrevió en algún recodo a desafiarlo,
mostrando sus dientes párvulos,
que morderán encallados jirones,
desde su peine hasta sus animales prados.
Cuando el poeta recuerda,
la historia se mofa de sus leños
encendiendo procesos olvidados
de anonimatos porfiados,
que viven, vivieron y vivirán por vivir,
mostrando el espacio que ocuparon
asintiendo que no fue sólo utopía del tiempo,
si no la verdad de su lengua.
Cuando el poeta se hace hombre,
es cuando duelen sus manos,
con cada trazo que dibujó su alma,
sobre retazos de nardos,
sobre acantilados de engaños,
sobre estantes de sueños,
sobre pecados insubordinados,
es ahí cuando percibe,
que sus defectos y virtudes ha mostrado
sopesando que dejo de ser un escribiente
si no, el simple humano,
que se rindió a sus años