Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
No sé en qué pliegue del universo
se escondió el eco de tu aliento,
pero lo escucho.
No como se oye el rumor de las hojas,
sino como se siente una promesa
en el vientre de una estrella dormida.
A veces me habitas en los gestos,
como el fuego que no se ve,
pero calienta la médula del aire.
Te encuentro en la sombra exacta
donde el alma se desnuda
y los relojes se rinden.
No tengo palabras que no sean tuyas.
Las que invento te buscan
como un ciego que sueña con el mar
y camina por su nombre.
Aun el silencio —ese dios sin rostro—
cuando se llena de ti
se vuelve canto.
Te amo en los lugares donde no estás,
como ama la raíz
al agua que nunca ha tocado,
pero sabe.
Te pienso como piensa el cielo
a la luna que lo atraviesa sin prometer quedarse.
Y aunque te nombre en la ausencia,
aunque no rozara tu orilla,
sé que fuiste incendio sin ceniza,
y yo, un testigo mudo de su llama…
porque cada palabra que no dije
fue una llama temblando
en el umbral de mi pecho.
Y si el tiempo decide
que no seremos leyenda,
al menos sé que un día
tu nombre fue mi faro,
y mi voz,
una llama quieta
escribiendo tu eternidad
sobre el viento.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
se escondió el eco de tu aliento,
pero lo escucho.
No como se oye el rumor de las hojas,
sino como se siente una promesa
en el vientre de una estrella dormida.
A veces me habitas en los gestos,
como el fuego que no se ve,
pero calienta la médula del aire.
Te encuentro en la sombra exacta
donde el alma se desnuda
y los relojes se rinden.
No tengo palabras que no sean tuyas.
Las que invento te buscan
como un ciego que sueña con el mar
y camina por su nombre.
Aun el silencio —ese dios sin rostro—
cuando se llena de ti
se vuelve canto.
Te amo en los lugares donde no estás,
como ama la raíz
al agua que nunca ha tocado,
pero sabe.
Te pienso como piensa el cielo
a la luna que lo atraviesa sin prometer quedarse.
Y aunque te nombre en la ausencia,
aunque no rozara tu orilla,
sé que fuiste incendio sin ceniza,
y yo, un testigo mudo de su llama…
porque cada palabra que no dije
fue una llama temblando
en el umbral de mi pecho.
Y si el tiempo decide
que no seremos leyenda,
al menos sé que un día
tu nombre fue mi faro,
y mi voz,
una llama quieta
escribiendo tu eternidad
sobre el viento.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados