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Cuando la lluvia de lunes no me moja los pies

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Hoy llovió,
y yo, muy digno, muy serio,
crucé la calle esquivando charcos
como quien esquiva la tristeza.

Pero te pensaba.
Ay, cómo te pensaba.

Pensaba en tu boca,
en ese lunar escondido donde empieza la risa,
en tus manos,
en tus manos que parecen inventadas para pecar despacito.

La lluvia caía,
y yo la desobedecía:
no me mojaba,
porque ya estaba empapado de ti.

Empapado de tus muslos enredados en los míos,
de tus ojos haciéndome cosquillas,
de tu voz diciendo esas tonterías
que sólo a mí me saben a misa.

Hoy, bajo la tormenta,
me di cuenta:
cuando tú existes,
ni el cielo tiene permiso para mojarme.

Y anduve,
con tu recuerdo colgado de los labios,
con tus gemidos pegados a mi costado,
como quien lleva un amuleto secreto
que ni la lluvia ni la vida
pueden tocar.
 
Hoy llovió,
y yo, muy digno, muy serio,
crucé la calle esquivando charcos
como quien esquiva la tristeza.

Pero te pensaba.
Ay, cómo te pensaba.

Pensaba en tu boca,
en ese lunar escondido donde empieza la risa,
en tus manos,
en tus manos que parecen inventadas para pecar despacito.

La lluvia caía,
y yo la desobedecía:
no me mojaba,
porque ya estaba empapado de ti.

Empapado de tus muslos enredados en los míos,
de tus ojos haciéndome cosquillas,
de tu voz diciendo esas tonterías
que sólo a mí me saben a misa.

Hoy, bajo la tormenta,
me di cuenta:
cuando tú existes,
ni el cielo tiene permiso para mojarme.

Y anduve,
con tu recuerdo colgado de los labios,
con tus gemidos pegados a mi costado,
como quien lleva un amuleto secreto
que ni la lluvia ni la vida
pueden tocar.
Se ve que puede el amor para convertir incluso las situaciones más sombrías en momentos de belleza y alegría.

Saludos hasta PR
 
Hoy llovió,
y yo, muy digno, muy serio,
crucé la calle esquivando charcos
como quien esquiva la tristeza.

Pero te pensaba.
Ay, cómo te pensaba.

Pensaba en tu boca,
en ese lunar escondido donde empieza la risa,
en tus manos,
en tus manos que parecen inventadas para pecar despacito.

La lluvia caía,
y yo la desobedecía:
no me mojaba,
porque ya estaba empapado de ti.

Empapado de tus muslos enredados en los míos,
de tus ojos haciéndome cosquillas,
de tu voz diciendo esas tonterías
que sólo a mí me saben a misa.

Hoy, bajo la tormenta,
me di cuenta:
cuando tú existes,
ni el cielo tiene permiso para mojarme.

Y anduve,
con tu recuerdo colgado de los labios,
con tus gemidos pegados a mi costado,
como quien lleva un amuleto secreto
que ni la lluvia ni la vida
pueden tocar.

Es un placer detener mi tren en tu estación poética amigo Anibal y poder disfrutar del lirismo de tu pluma.
Un eterno abrazo desde los cielos de este halcon.

 
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