Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No fue de golpe. Ninguna transformación verdadera lo es. Al principio, apenas una incomodidad leve se hizo presente, una sensación sutil de que las palabras comenzaban a pesar más de lo habitual, como si cada una de ellas escondiera un esqueleto, como si los puntos finales respiraran. El acto de escribir continuó como siempre, porque uno no sospecha de aquello que ama. Escribir era como abrir una ventana, sin advertir que, del otro lado, ya no esperaba únicamente el aire, sino algo que ahora devolvía la mirada.
Después llegó el temblor. No en la mano—eso habría sido fácil de entender—, sino en la frase misma. Las frases comenzaron a desviarse, a tomar caminos inesperados, a decir cosas que no recordaba haber experimentado, pero que dolían como si sí. Fue entonces cuando comprendí que la tinta ya no era tinta; se había convertido en algo distinto, más cercano a la sangre, pero sin someterse a la obediencia del cuerpo.
Y entonces sucedió. Una noche cualquiera, mientras escribía tu nombre—porque siempre hay un nombre—, la palabra dejó de ser palabra y se transformó en pulso. Pero ese pulso no vibraba sobre el papel, sino bajo la piel. Desde ese momento, la forma de escribir cambió para siempre. Ya no era sobre la hoja, sino desde dentro, desde lo más profundo.
A veces me cuestiono si sigo siendo yo quien escribe, o si ahora simplemente permito que algo se inscriba en mí. Sin embargo, ya no tiene importancia. Porque, cuando la tinta se volvió cuerpo, la página dejó de existir y yo… yo me convertí en lo que estaba intentando decir.
Después llegó el temblor. No en la mano—eso habría sido fácil de entender—, sino en la frase misma. Las frases comenzaron a desviarse, a tomar caminos inesperados, a decir cosas que no recordaba haber experimentado, pero que dolían como si sí. Fue entonces cuando comprendí que la tinta ya no era tinta; se había convertido en algo distinto, más cercano a la sangre, pero sin someterse a la obediencia del cuerpo.
Y entonces sucedió. Una noche cualquiera, mientras escribía tu nombre—porque siempre hay un nombre—, la palabra dejó de ser palabra y se transformó en pulso. Pero ese pulso no vibraba sobre el papel, sino bajo la piel. Desde ese momento, la forma de escribir cambió para siempre. Ya no era sobre la hoja, sino desde dentro, desde lo más profundo.
A veces me cuestiono si sigo siendo yo quien escribe, o si ahora simplemente permito que algo se inscriba en mí. Sin embargo, ya no tiene importancia. Porque, cuando la tinta se volvió cuerpo, la página dejó de existir y yo… yo me convertí en lo que estaba intentando decir.