emiled
Poeta adicto al portal
Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste.
¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma...
Stèphan Mallarmé (1842- 1898)
¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma...
Stèphan Mallarmé (1842- 1898)
Cuando se asoma la luna al venir del poniente...
I-
Respiré, y en el profundo lago de purpúreas zarzas
se reflejó la imagen de los astros,
cruel espejo de la martirizada agonía
que yo, Orfeo encadenado,
contemplaba en los inmensos páramos del bosque.
La luna se hinchaba al venir del poniente,
escupiendo vagas lumbres de plata
sobre el lomo hediondo de las orquídeas;
y el sol, fiero ocultista de miles de ojos
me miraba, impávido, en el desolado jardín.
Suave noche mezclada a los licores del día,
bebí de las estrepitosas aguas del invierno,
siempre dejando, en el seno de la húmeda tierra,
el rastro incognoscible del sangrar de mis huellas.
II-
Canté a los astros la canción del invierno
y la hojarasca se precipitó en las orillas,
en el mar próximo a mi lejano hogar,
desdoblándose de la arena la blanca espuma.
Hablé con el áspid en el solitario estanque,
con el guijarro y las luciérnagas,
mariposas y gusanos del parque;
con el negro oquedal cubierto de brumas.
Y en el silencio de la tarde en sombras,
pálido sueño, dormité en las escarchas
y en la núbil alfombra del llanto del alba,
en la tarde, en la misma noche de mis lágrimas.
III-
¿Y quién soy?
No conozco ni el hoy ni el ayer de las ciudades,
no se de poetas, ni de héroes y fábulas,
me creo igual en el placer y el dolor.
¿Y quién mira con mis ojos?
Muchedumbres tibias y el canto de los pájaros,
los días que pasan veloces a mis ojos,
el mar que duerme y la tarde que ensombra.
IV-
Trágame, tierra,
déjame retorcer el vientre ya agonizando
bajo la piara y el ciprés durmiente.
¡Embísteme, maremoto!
Descose los hilos del ayer y el mañana,
mártir, sobre los solitarios sauces
y las frondas que se acunan en el alba.
E.R.D
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I-
Respiré, y en el profundo lago de purpúreas zarzas
se reflejó la imagen de los astros,
cruel espejo de la martirizada agonía
que yo, Orfeo encadenado,
contemplaba en los inmensos páramos del bosque.
La luna se hinchaba al venir del poniente,
escupiendo vagas lumbres de plata
sobre el lomo hediondo de las orquídeas;
y el sol, fiero ocultista de miles de ojos
me miraba, impávido, en el desolado jardín.
Suave noche mezclada a los licores del día,
bebí de las estrepitosas aguas del invierno,
siempre dejando, en el seno de la húmeda tierra,
el rastro incognoscible del sangrar de mis huellas.
II-
Canté a los astros la canción del invierno
y la hojarasca se precipitó en las orillas,
en el mar próximo a mi lejano hogar,
desdoblándose de la arena la blanca espuma.
Hablé con el áspid en el solitario estanque,
con el guijarro y las luciérnagas,
mariposas y gusanos del parque;
con el negro oquedal cubierto de brumas.
Y en el silencio de la tarde en sombras,
pálido sueño, dormité en las escarchas
y en la núbil alfombra del llanto del alba,
en la tarde, en la misma noche de mis lágrimas.
III-
¿Y quién soy?
No conozco ni el hoy ni el ayer de las ciudades,
no se de poetas, ni de héroes y fábulas,
me creo igual en el placer y el dolor.
¿Y quién mira con mis ojos?
Muchedumbres tibias y el canto de los pájaros,
los días que pasan veloces a mis ojos,
el mar que duerme y la tarde que ensombra.
IV-
Trágame, tierra,
déjame retorcer el vientre ya agonizando
bajo la piara y el ciprés durmiente.
¡Embísteme, maremoto!
Descose los hilos del ayer y el mañana,
mártir, sobre los solitarios sauces
y las frondas que se acunan en el alba.
E.R.D
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