Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Es un canto sin jardines, sin azules enjaulados.
No hay florituras en su enredadera,
solo flores de calabaza y la sombra de una nube
en un vaso de horchata.
No son cuerdas de lira las que pulso
cuando toco tu ámbar líquido, tus comisuras de canela;
son mis labios que sintonizan tu música
y mi voz se levanta del lecho de tu río
para calzarnos los pies con el baile de la alegría
y los pasos que nos llevan de la mano.
Te canto y me deforesto de palabras mal olvidadas
para sembrar los sonidos de otra vida en tus surcos,
en el silencio donde fraguas
el resplandor de las cosas secretas que te acompañan,
que te hacen compañía porque solo tú las ves.
Te canto porque únicamente tengo mi voz
que te tiene a ti.
Te canto para estar contigo cuando estoy a solas.
Te canto porque eres tuya y te das completa.
Te canto porque te derrochas cuando me iluminas.
Te canto así de leve o así de áspero
como el embrión que revienta su empuje de agua
cuando el sol desteje el código de su hechura.
Te canto como el sol que abre los párpados
de las chaquiras de rocío en las hojas nuevas
para inundar de miradas verdes el amanecer del cielo.
Te canto como el sol que abraza un brote a ras de tierra
porque ya presiente el roble o el narciso,
el barco o el perfume, la hoguera entre los ladrillos
y el perpetuo renacimiento que late en las cenizas.
Mi tibieza no es de estrella,
pero reconozco la semilla de tu andar en el viento,
la labor de crecer que brilla en tus ojos
cuando lees un libro, cuando vas al trabajo,
cuando mi abrazo tiene la medida de tu libertad
para que vuelvas por las noches porque precisas de otro sol:
el que enciendo para mirarte,
el que enciendes cuando me miras,
el que llevo de ti encendido cuando te canto,
el que te llevas cantando para encender el día.
No hay florituras en su enredadera,
solo flores de calabaza y la sombra de una nube
en un vaso de horchata.
No son cuerdas de lira las que pulso
cuando toco tu ámbar líquido, tus comisuras de canela;
son mis labios que sintonizan tu música
y mi voz se levanta del lecho de tu río
para calzarnos los pies con el baile de la alegría
y los pasos que nos llevan de la mano.
Te canto y me deforesto de palabras mal olvidadas
para sembrar los sonidos de otra vida en tus surcos,
en el silencio donde fraguas
el resplandor de las cosas secretas que te acompañan,
que te hacen compañía porque solo tú las ves.
Te canto porque únicamente tengo mi voz
que te tiene a ti.
Te canto para estar contigo cuando estoy a solas.
Te canto porque eres tuya y te das completa.
Te canto porque te derrochas cuando me iluminas.
Te canto así de leve o así de áspero
como el embrión que revienta su empuje de agua
cuando el sol desteje el código de su hechura.
Te canto como el sol que abre los párpados
de las chaquiras de rocío en las hojas nuevas
para inundar de miradas verdes el amanecer del cielo.
Te canto como el sol que abraza un brote a ras de tierra
porque ya presiente el roble o el narciso,
el barco o el perfume, la hoguera entre los ladrillos
y el perpetuo renacimiento que late en las cenizas.
Mi tibieza no es de estrella,
pero reconozco la semilla de tu andar en el viento,
la labor de crecer que brilla en tus ojos
cuando lees un libro, cuando vas al trabajo,
cuando mi abrazo tiene la medida de tu libertad
para que vuelvas por las noches porque precisas de otro sol:
el que enciendo para mirarte,
el que enciendes cuando me miras,
el que llevo de ti encendido cuando te canto,
el que te llevas cantando para encender el día.
24 de febrero de 2021