Manuel Avilés Mora
Pluma libre
No pares tu senda, sudor frío...
Sigue congelando mis palabras;
continúa mojando mi frente
hasta que me deshagas el alma.
No cierres tus rotos dientes boca...
Y tú, lengua mía... no te muevas;
dicen que la vieron los balcones
de noche, llorando las esquelas.
Oídos míos... ¿en dónde estáis?
¿Dónde se quedaron los sonidos
de aquellos versos tan añorados?
¡Quizás se difuminan conmigo!
¿Qué son éstas inquietudes mías?
¿Desde dónde llega ése silencio
que me ensordeció las soledades?
Quizás así fue sentirse viento...
¡Qué quietudes...! ¡Qué no poder ser...!
Que pena que se nos haga cierto,
aquéllo que decía el poeta...
¡Qué solos se quedan los muertos!
Sigue congelando mis palabras;
continúa mojando mi frente
hasta que me deshagas el alma.
No cierres tus rotos dientes boca...
Y tú, lengua mía... no te muevas;
dicen que la vieron los balcones
de noche, llorando las esquelas.
Oídos míos... ¿en dónde estáis?
¿Dónde se quedaron los sonidos
de aquellos versos tan añorados?
¡Quizás se difuminan conmigo!
¿Qué son éstas inquietudes mías?
¿Desde dónde llega ése silencio
que me ensordeció las soledades?
Quizás así fue sentirse viento...
¡Qué quietudes...! ¡Qué no poder ser...!
Que pena que se nos haga cierto,
aquéllo que decía el poeta...
¡Qué solos se quedan los muertos!
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