Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Cuando
Cuando mis manos pasearon
por las avenidas de tu cuerpo,
sabías a parques, a tierra
y arboles con hojas de papel
a doble raya en donde practiqué una
y otra vez la caligrafía para tus versos.
Cuando mis ojos comprendieron
que tu piel no soportaba
la ropa ante mi mirada y cayó
mareada hacia los confines
de una alfombra aladina,
te conocí las plazas y rincones
donde velaría mis armas.
Cuando mis besos se anidaron
en la paja de tu cuerpo tu cuerpo olía
a hierba húmeda recién cortada,
a cabello enmarañado y a vellos
que ante mi aliento se sabían
el baile de las olas de la mar entera.
Cuando mi amor abrió tu edad con versos
y mis manos en canal tu cuerpo;
la humedad de tus deseos olía a sexo
y a destiempo en reloj cual pan de caja,
a esperanza, calendarios y viento de ventana...
En una tarde desde un ciber de renta
Cuando mis manos pasearon
por las avenidas de tu cuerpo,
sabías a parques, a tierra
y arboles con hojas de papel
a doble raya en donde practiqué una
y otra vez la caligrafía para tus versos.
Cuando mis ojos comprendieron
que tu piel no soportaba
la ropa ante mi mirada y cayó
mareada hacia los confines
de una alfombra aladina,
te conocí las plazas y rincones
donde velaría mis armas.
Cuando mis besos se anidaron
en la paja de tu cuerpo tu cuerpo olía
a hierba húmeda recién cortada,
a cabello enmarañado y a vellos
que ante mi aliento se sabían
el baile de las olas de la mar entera.
Cuando mi amor abrió tu edad con versos
y mis manos en canal tu cuerpo;
la humedad de tus deseos olía a sexo
y a destiempo en reloj cual pan de caja,
a esperanza, calendarios y viento de ventana...
En una tarde desde un ciber de renta
Última edición: