Bender Carvajal
Poeta recién llegado
Y me tuve que sentar
al fondo de tu galaxia
para que no me viera el sol
desde las azoteas,
allá donde los versos inmolados,
ambiguos como la demencia,
se secaron precoces y deliciosamente,
donde tiene uno que desatar la paciencia
y quedarse preciso y contemplativo
de nuestras horas inoportunas;
me dejaste nitroglicerina
con toda esa temperatura ardiente
a sabiendas de la ignorancia
sonriente como una cordillera,
y te fuiste a hacer fila por los años
con las amígdalas de tus párpados
extirpadas como los higos,
intolerante y escuálida
con tu voz desamarrada
estacionaste la minucia de tus pechos
para ver con honestidad
el ejercicio del arrepentimiento,
como si fueras a libertar
el empeño corrosivo de tu porvenir
alejado del mío porque al fondo,
donde acaban las eternidades,
me dejaste sentado
con esta sensorial nitidez para el dolor,
aguardando dinosaurios para el recambio,
sepultado con desempate
contra la vida, enfermo de libido
y fiambre como la noche en que me arrinconaste
al final de la caravana
donde ya todo era procesión y duelo.
Me tocó estrujar la lejanía
y dejar lisiadas las hospederías de la memoria,
clausuré los pardos mataderos,
forniqué avalanchas con desembarco
de nubes sobre esta tierra,
congelé los miedos, salpiqué nostalgias,
deshidratado a la orilla de los zanjones
por donde llegaban tus encomiendas,
atragantándome las sobras
sentado hacia el final de tu historia,
allí en el último lugar
donde quedé haciendo fila
contra el olvido.
al fondo de tu galaxia
para que no me viera el sol
desde las azoteas,
allá donde los versos inmolados,
ambiguos como la demencia,
se secaron precoces y deliciosamente,
donde tiene uno que desatar la paciencia
y quedarse preciso y contemplativo
de nuestras horas inoportunas;
me dejaste nitroglicerina
con toda esa temperatura ardiente
a sabiendas de la ignorancia
sonriente como una cordillera,
y te fuiste a hacer fila por los años
con las amígdalas de tus párpados
extirpadas como los higos,
intolerante y escuálida
con tu voz desamarrada
estacionaste la minucia de tus pechos
para ver con honestidad
el ejercicio del arrepentimiento,
como si fueras a libertar
el empeño corrosivo de tu porvenir
alejado del mío porque al fondo,
donde acaban las eternidades,
me dejaste sentado
con esta sensorial nitidez para el dolor,
aguardando dinosaurios para el recambio,
sepultado con desempate
contra la vida, enfermo de libido
y fiambre como la noche en que me arrinconaste
al final de la caravana
donde ya todo era procesión y duelo.
Me tocó estrujar la lejanía
y dejar lisiadas las hospederías de la memoria,
clausuré los pardos mataderos,
forniqué avalanchas con desembarco
de nubes sobre esta tierra,
congelé los miedos, salpiqué nostalgias,
deshidratado a la orilla de los zanjones
por donde llegaban tus encomiendas,
atragantándome las sobras
sentado hacia el final de tu historia,
allí en el último lugar
donde quedé haciendo fila
contra el olvido.