Edgardo Ruiz Beldarrain
Poeta recién llegado
Sabores perfumados de inocencia,
Salpicados con la lógica de sabios;
Las chusmas colgando de ventanas
Con novedades comulgadas
Como en cuentas de Rosario.
Mezcla rara el vecindario,
Maipú y Humberto Primero,
el encuentro de dos calles
Y los hombres de mi barrio.
Con calzadas y aceras dibujadas
Por un antojo del cielo,
y los caprichos del diablo;
baldosas flojas, barro y piedras,
de los tilos y las flores arraigadas
en el arcón de tu suelo.
Insinuadora de juegos,
Rayuela, payanas y bolitas,
La guerra con barro en la lluvia,
San Juan San Pedro y el fuego.
Ochavas que sirvieron de testigo
a travesuras de niños
la formadoras de sueños;
donde aún flaco y lampiño
lucí el primer largo;
la sita con una mina,
mí primer mate amargo.
Con su piso vainillado
Que sirviera a mi viejo
Alertar de su llegada,
Los cigarros quemados
arrojados .casi enteros .
Los murmullos apurados
disimulado desconsuelo.
Lugar de reuniones obligadas
En las horas prefijadas,
Donde opinaban los grandes,
Y los chicos escuchaban.
Silenciosa confesora
De amores agrandados
Púber fanfarronada
De machos con pantalones cortos
demostrando poderío.
En la pared de tu ochava
robé mi primer beso;
testigo inmutable
de mi mano en el escote
Permaneciste callada
Como gozando el reproche.
Palco preferencial disputado
de desfiles militares terminados;
Fuerzas Castrenses revolucionarias
con mujeres y chicos evacuados.
Soldados dados de baja
Y nuevos uniformados.
También fuiste la trinchera
En aquel setenta y cinco,
Por la guerrilla, la guerra
Conmoción de nuestra era.
Aluvión en Abril del Ochenta
te tomaron de barrancas
Las aguas que te inundaron;
Y te dejaron muy sola
Hasta que ellas bajaron.
Ahora después de treinta y pico
Cuando visito a mis viejos
Vuelve a tañer el caño
es el único que queda,
han pasado muchos años.
Hoy tan solo el recuerdo
Acude a la nueva sita,
Estamos todos muy lejos
Son las cosas de la vida.
Salpicados con la lógica de sabios;
Las chusmas colgando de ventanas
Con novedades comulgadas
Como en cuentas de Rosario.
Mezcla rara el vecindario,
Maipú y Humberto Primero,
el encuentro de dos calles
Y los hombres de mi barrio.
Con calzadas y aceras dibujadas
Por un antojo del cielo,
y los caprichos del diablo;
baldosas flojas, barro y piedras,
de los tilos y las flores arraigadas
en el arcón de tu suelo.
Insinuadora de juegos,
Rayuela, payanas y bolitas,
La guerra con barro en la lluvia,
San Juan San Pedro y el fuego.
Ochavas que sirvieron de testigo
a travesuras de niños
la formadoras de sueños;
donde aún flaco y lampiño
lucí el primer largo;
la sita con una mina,
mí primer mate amargo.
Con su piso vainillado
Que sirviera a mi viejo
Alertar de su llegada,
Los cigarros quemados
arrojados .casi enteros .
Los murmullos apurados
disimulado desconsuelo.
Lugar de reuniones obligadas
En las horas prefijadas,
Donde opinaban los grandes,
Y los chicos escuchaban.
Silenciosa confesora
De amores agrandados
Púber fanfarronada
De machos con pantalones cortos
demostrando poderío.
En la pared de tu ochava
robé mi primer beso;
testigo inmutable
de mi mano en el escote
Permaneciste callada
Como gozando el reproche.
Palco preferencial disputado
de desfiles militares terminados;
Fuerzas Castrenses revolucionarias
con mujeres y chicos evacuados.
Soldados dados de baja
Y nuevos uniformados.
También fuiste la trinchera
En aquel setenta y cinco,
Por la guerrilla, la guerra
Conmoción de nuestra era.
Aluvión en Abril del Ochenta
te tomaron de barrancas
Las aguas que te inundaron;
Y te dejaron muy sola
Hasta que ellas bajaron.
Ahora después de treinta y pico
Cuando visito a mis viejos
Vuelve a tañer el caño
es el único que queda,
han pasado muchos años.
Hoy tan solo el recuerdo
Acude a la nueva sita,
Estamos todos muy lejos
Son las cosas de la vida.