M.Mar
Poeta que considera el portal su segunda casa
La tarde llega a su fin,
cansado y apagado
desciendes por la ladera.
Te resistes a dejar el horizonte;
esperas verla,
a ella, tan bella.
Solo hay tiempo de cruzar unas miradas;
un instante.
Y se enfría el aire mientras sucumbes por occidente;
rojo de ira.
Ella, tan bella,
mirándose en el espejo del mar,
se ve sola,
y llenando el cielo de brillantes lágrimas;
te sueña.
Espera a que asomes por su ventana
alargando un rayo hasta su cara
y sin tiempo a decirlo, piensa;
amor, hasta mañana.
Y la Tierra, testigo de ese amor,
llora rocío por sus vergeles.
Le dices al viento que te cuente como está;
si aún te ama.
Y meciendo los árboles te susurra al oído:
Que está bella, muy bella.
Triste, pero bella.
Llena de amor.
De amor creciente.
cansado y apagado
desciendes por la ladera.
Te resistes a dejar el horizonte;
esperas verla,
a ella, tan bella.
Solo hay tiempo de cruzar unas miradas;
un instante.
Y se enfría el aire mientras sucumbes por occidente;
rojo de ira.
Ella, tan bella,
mirándose en el espejo del mar,
se ve sola,
y llenando el cielo de brillantes lágrimas;
te sueña.
Espera a que asomes por su ventana
alargando un rayo hasta su cara
y sin tiempo a decirlo, piensa;
amor, hasta mañana.
Y la Tierra, testigo de ese amor,
llora rocío por sus vergeles.
Le dices al viento que te cuente como está;
si aún te ama.
Y meciendo los árboles te susurra al oído:
Que está bella, muy bella.
Triste, pero bella.
Llena de amor.
De amor creciente.
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