No nos unía el milagro de lo que permanece intacto,
sino la cicatriz que brillaba bajo el tendido eléctrico.
Éramos dos callejones que el suburbio ha abandonado,
coincidiendo en el suelo,
juntando los pedazos con una paciencia de náufragos.
Amarte no era evitar la caída,
era aprender a construir con los escombros,
era saber que tu grieta y mi grieta
encajaban como el relieve de una llave antigua.
Un golpe en el azulejo de la cocina,
una palabra mal dicha bajo el techo de zinc,
y el cristal de lo cotidiano volvía a astillarse.
Pero no nos daba miedo el desastre.
Entre las casas, amarillas y negras,
de este barrio obrero,
donde las calles olían a río y lluvia,
nos sentabamos a limpiar los bordes de la herida.
Tu mano, áspera de realidad,
iba uniendo mis fragmentos sin ocultar el daño
haciendo que el dolor sea una línea dorada,
un puente entre lo que fuimos
y esto que ya no somos.
El amor no era la simetría perfecta del mármol,
sino la hermosa anomalía de lo que fue quebrado
y decidió, a pesar del impacto,
seguir siendo un refugio.
sino la cicatriz que brillaba bajo el tendido eléctrico.
Éramos dos callejones que el suburbio ha abandonado,
coincidiendo en el suelo,
juntando los pedazos con una paciencia de náufragos.
Amarte no era evitar la caída,
era aprender a construir con los escombros,
era saber que tu grieta y mi grieta
encajaban como el relieve de una llave antigua.
Un golpe en el azulejo de la cocina,
una palabra mal dicha bajo el techo de zinc,
y el cristal de lo cotidiano volvía a astillarse.
Pero no nos daba miedo el desastre.
Entre las casas, amarillas y negras,
de este barrio obrero,
donde las calles olían a río y lluvia,
nos sentabamos a limpiar los bordes de la herida.
Tu mano, áspera de realidad,
iba uniendo mis fragmentos sin ocultar el daño
haciendo que el dolor sea una línea dorada,
un puente entre lo que fuimos
y esto que ya no somos.
El amor no era la simetría perfecta del mármol,
sino la hermosa anomalía de lo que fue quebrado
y decidió, a pesar del impacto,
seguir siendo un refugio.