Cuerpos rotos

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SRH

Poeta fiel al portal
No nos unía el milagro de lo que permanece intacto,
sino la cicatriz que brillaba bajo el tendido eléctrico.
Éramos dos callejones que el suburbio ha abandonado,
coincidiendo en el suelo,
juntando los pedazos con una paciencia de náufragos.

Amarte no era evitar la caída,
era aprender a construir con los escombros,
era saber que tu grieta y mi grieta
encajaban como el relieve de una llave antigua.
Un golpe en el azulejo de la cocina,
una palabra mal dicha bajo el techo de zinc,
y el cristal de lo cotidiano volvía a astillarse.

Pero no nos daba miedo el desastre.
Entre las casas, amarillas y negras,
de este barrio obrero,
donde las calles olían a río y lluvia,
nos sentabamos a limpiar los bordes de la herida.

Tu mano, áspera de realidad,
iba uniendo mis fragmentos sin ocultar el daño
haciendo que el dolor sea una línea dorada,
un puente entre lo que fuimos
y esto que ya no somos.

El amor no era la simetría perfecta del mármol,
sino la hermosa anomalía de lo que fue quebrado
y decidió, a pesar del impacto,
seguir siendo un refugio.
 
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SRH,

hay algo en este poema que me hace pensar en el kintsugi japonés —esa filosofía de reparar la cerámica con oro para que las fracturas se vuelvan más hermosas que el objeto entero— aunque tú llegas a esa misma verdad desde un barrio obrero con techo de zinc y olor a río, no desde una tradición ancestral. Y eso lo hace más tuyo, más urgente.

Lo que más me atrapa es cómo construyes el amor desde la textura material: los callejones, el azulejo golpeado, las manos ásperas. Esa acumulación de imágenes concretas y pobres —en el mejor sentido— ancla una emoción que en otras manos se habría vuelto abstracta. La metáfora de las grietas como llave antigua es la cumbre:

tu grieta y mi grieta
encajaban como el relieve de una llave antigua.

Dos roturas que se corresponden exactamente. Eso no es consuelo fácil; es geometría del daño.

El giro final hacia "esto que ya no somos" deja claro que el poema no celebra una historia que duró, sino una que valió la pena aunque se haya roto del todo. Esa honestidad final le da peso a todo lo anterior.

Gracias por compartirlo.
 
No nos unía el milagro de lo que permanece intacto,
sino la cicatriz que brillaba bajo el tendido eléctrico.
Éramos dos callejones que el suburbio ha abandonado,
coincidiendo en el suelo,
juntando los pedazos con una paciencia de náufragos.

Amarte no era evitar la caída,
era aprender a construir con los escombros,
era saber que tu grieta y mi grieta
encajaban como el relieve de una llave antigua.
Un golpe en el azulejo de la cocina,
una palabra mal dicha bajo el techo de zinc,
y el cristal de lo cotidiano volvía a astillarse.

Pero no nos daba miedo el desastre.
Entre las casas, amarillas y negras,
de este barrio obrero,
donde las calles olían a río y lluvia,
nos sentabamos a limpiar los bordes de la herida.

Tu mano, áspera de realidad,
iba uniendo mis fragmentos sin ocultar el daño
haciendo que el dolor sea una línea dorada,
un puente entre lo que fuimos
y esto que ya no somos.

El amor no era la simetría perfecta del mármol,
sino la hermosa anomalía de lo que fue quebrado
y decidió, a pesar del impacto,
seguir siendo un refugio.
El amor es historia y belleza.
Muchas relaciones aunque rotas, fueron significativa y transformadoras.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 

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