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Perdona que te escriba distraído.
La falda de mi musa me conquista
en esos movimientos de revista
que tienen al poblado en un bramido.
El alma y corazón se me han partido
al verla deslizarse por la pista
de bailes prohibitivos a la vista
que dejan mi cerebro derretido.
Su danza de pañuelos escarlata
levanta los aplausos de las mesas.
Se queman en el Río de la plata
los labios del color de las turquesas.
El giro de caderas, que me mata,
me pierde en partituras tan traviesas.
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Perdona que te escriba distraído.
La falda de mi musa me conquista
en esos movimientos de revista
que tienen al poblado en un bramido.
El alma y corazón se me han partido
al verla deslizarse por la pista
de bailes prohibitivos a la vista
que dejan mi cerebro derretido.
Su danza de pañuelos escarlata
levanta los aplausos de las mesas.
Se queman en el Río de la plata
los labios del color de las turquesas.
El giro de caderas, que me mata,
me pierde en partituras tan traviesas.
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