waldo lopez
Poeta recién llegado
Cinco
Esta tarde de lluvia y sombra
por las cornisas de tus muslos
un pequeño riachuelo se escurre;
cual navío a la deriva en noche de tormenta.
Esta tarde de flores incrédulas.
Intuyes el sabor de las naranjas,
su color de flama ensimismada
en rumoroso acicate.
Sabes del veneno y vida
que el aguijón ensarta
cuando las olas cantan su espuma
en los brazos del arrecife.
Seis
Cómo beber tus elixires de diosa del ocaso
en las trémulas alas del instante.
Cómo descifrar esa humedad que quema
sin artificio mis manos o el vino que partió de mi garganta.
Qué vigilia más extensa
remando a contra corriente,
con la dosis de muerte que se regala sin darse.
En la locura que cura,
cual hidra que revienta en más serpientes,
un dolor que duele sin doler.
(Con las cuentas de un rosario
que se reza de madrugada para poder despertar)
Cómo reahondar las huellas de mis pasos
sobre la piel de tu mar;
cuando la noche se ciñe a tu lamento de loba en celo,
apurando el ofertorio al beber tu néctar, tu espina, tu flor.
Siete
Bajo las sabanas descubrimos lejanos desiertos,
la entrada al paraíso.
Supimos de las mieles y palmares,
del oasis que jugaba con el azul del cielo.
Recorrimos la plaza con sus abedules milenarios;
deseosos de despertar en medio de otro sueño.
Con las manos humedecidas de tantos ayeres,
untamos esa ternura de oriente a muelles y lejanías.
Con la sórdida luz de un farol en el atrio de la iglesia
desciframos el canto enrarecido de las alondras.
Supusimos que el tiempo se detenía y saltaba de la verja,
que los dolores que disfrazan a la vida
eran la overtura de otro delirio en nuestra travesía.
Al día siguiente, cuando los sueños regresaban a su lámpara,
ocultábamos nuestra desnudez ante el canto de los pájaros.
Con aceite de mandrágora limpiábamos la herrumbre que los siglos
habían enmohecido nuestra piel.
Salíamos por fin, limpios de rubores,
a solazarnos en el camposanto del recuerdo a esperar.
Esta tarde de lluvia y sombra
por las cornisas de tus muslos
un pequeño riachuelo se escurre;
cual navío a la deriva en noche de tormenta.
Esta tarde de flores incrédulas.
Intuyes el sabor de las naranjas,
su color de flama ensimismada
en rumoroso acicate.
Sabes del veneno y vida
que el aguijón ensarta
cuando las olas cantan su espuma
en los brazos del arrecife.
Seis
Cómo beber tus elixires de diosa del ocaso
en las trémulas alas del instante.
Cómo descifrar esa humedad que quema
sin artificio mis manos o el vino que partió de mi garganta.
Qué vigilia más extensa
remando a contra corriente,
con la dosis de muerte que se regala sin darse.
En la locura que cura,
cual hidra que revienta en más serpientes,
un dolor que duele sin doler.
(Con las cuentas de un rosario
que se reza de madrugada para poder despertar)
Cómo reahondar las huellas de mis pasos
sobre la piel de tu mar;
cuando la noche se ciñe a tu lamento de loba en celo,
apurando el ofertorio al beber tu néctar, tu espina, tu flor.
Siete
Bajo las sabanas descubrimos lejanos desiertos,
la entrada al paraíso.
Supimos de las mieles y palmares,
del oasis que jugaba con el azul del cielo.
Recorrimos la plaza con sus abedules milenarios;
deseosos de despertar en medio de otro sueño.
Con las manos humedecidas de tantos ayeres,
untamos esa ternura de oriente a muelles y lejanías.
Con la sórdida luz de un farol en el atrio de la iglesia
desciframos el canto enrarecido de las alondras.
Supusimos que el tiempo se detenía y saltaba de la verja,
que los dolores que disfrazan a la vida
eran la overtura de otro delirio en nuestra travesía.
Al día siguiente, cuando los sueños regresaban a su lámpara,
ocultábamos nuestra desnudez ante el canto de los pájaros.
Con aceite de mandrágora limpiábamos la herrumbre que los siglos
habían enmohecido nuestra piel.
Salíamos por fin, limpios de rubores,
a solazarnos en el camposanto del recuerdo a esperar.
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