DE LA CIUDAD Y SUS DESIERTOS
Ilust.: Óscar Domínguez.
Dolorido mi costado lacerado
por la feroz punzada de tus ojos
suspenso quedé en medio de la nube
sobrevolando entre las centellas.
Espero regresar a la ciudad en sombras
entre los viejos árboles y los barcos anclados a su cobijo
Espero visitar las viejas piedras de la que fue mi tumba
hoy museo público de insectos con su parada de refrescos.
Dejé la ciudad y el recuerdo de tus ojos alanceó mi cuerpo.
"Urbano soy y nada de lo urbano me es ajeno"
Pero carezco de paciencia para esparar autobuses
incluso para ver a las palomas devorar
los granos de maíz.
De la ciudad prefiero sus desiertos
porque soy yo quien los crea
Desiertos a mi medida a la medida del hombre que no es nada
Adornados con los restos de mis sueños y con mendigos que me imitan.
(También en los días de lujuria transita aquella vieja prostituta
a la que un día amé.)
Escritos en la débil sombra de una nube
mis versos son mano abierta y mirada opaca
Mis versos son como danzas de espectros sin refugio
trazados están sobre la débil sombra de una nube
pero cantan con la voz áspera del borracho
los encantos del último naufragio de mi vida.
Huir sobre caminos huídos
huir sin buscar nuevos destinos huir sin huir de nada
atravesando los bosques de antiguas mitologías
vivir huyendo hacia las épicas pasadas
reconstruyendo con antiguas piedras
-antes que sean arenas-
los escudos nobiliarios sobre losas sepulcrales
cenotafios que contienen cenizas de héroes
o de suntuosas fieras.
Qué valor tiene el presente hecho tan sólo con rosarios de actos inanes.
Huir de esta nada como bruma o gases tóxicos
Huir hacia el desierto vivificante
-o inventarlo en la ciudad-
yermo de ermitas o cenobios
Vivir entre chacales asiduos y tal vez ensoñaciones de huríes.
Absorber en mi alma helada ese calor curvilíneo de la roca
dormir arrullado por el siseo de las serpientes
que huyen de la muerte alada del plenilunio
Hacer de la roca un útero un nido
o un unicornio para seguir huyendo.
El desierto ah el desierto redentor de soledades...
Ilust.: Óscar Domínguez.
Dolorido mi costado lacerado
por la feroz punzada de tus ojos
suspenso quedé en medio de la nube
sobrevolando entre las centellas.
Espero regresar a la ciudad en sombras
entre los viejos árboles y los barcos anclados a su cobijo
Espero visitar las viejas piedras de la que fue mi tumba
hoy museo público de insectos con su parada de refrescos.
Dejé la ciudad y el recuerdo de tus ojos alanceó mi cuerpo.
"Urbano soy y nada de lo urbano me es ajeno"
Pero carezco de paciencia para esparar autobuses
incluso para ver a las palomas devorar
los granos de maíz.
De la ciudad prefiero sus desiertos
porque soy yo quien los crea
Desiertos a mi medida a la medida del hombre que no es nada
Adornados con los restos de mis sueños y con mendigos que me imitan.
(También en los días de lujuria transita aquella vieja prostituta
a la que un día amé.)
Escritos en la débil sombra de una nube
mis versos son mano abierta y mirada opaca
Mis versos son como danzas de espectros sin refugio
trazados están sobre la débil sombra de una nube
pero cantan con la voz áspera del borracho
los encantos del último naufragio de mi vida.
Huir sobre caminos huídos
huir sin buscar nuevos destinos huir sin huir de nada
atravesando los bosques de antiguas mitologías
vivir huyendo hacia las épicas pasadas
reconstruyendo con antiguas piedras
-antes que sean arenas-
los escudos nobiliarios sobre losas sepulcrales
cenotafios que contienen cenizas de héroes
o de suntuosas fieras.
Qué valor tiene el presente hecho tan sólo con rosarios de actos inanes.
Huir de esta nada como bruma o gases tóxicos
Huir hacia el desierto vivificante
-o inventarlo en la ciudad-
yermo de ermitas o cenobios
Vivir entre chacales asiduos y tal vez ensoñaciones de huríes.
Absorber en mi alma helada ese calor curvilíneo de la roca
dormir arrullado por el siseo de las serpientes
que huyen de la muerte alada del plenilunio
Hacer de la roca un útero un nido
o un unicornio para seguir huyendo.
El desierto ah el desierto redentor de soledades...