Jorge Yanes
Poeta fiel al portal
Siempre supe andar perdido entre noches y vagamundos.
Con los dedos atiborrados de poesías que se sangran a si mismas
y las palabras amarradas en la lengua para no decirlas,
tiritando en los extravíos de las tropas de carnes glaucas que tiene el hielo de la madrugada.
(...) Cortando las lunas en rebanadas circulares.
Como supe también, que los almanaques tienen una garganta vacía
y que sus carnes cervicales están hechas de papeles abstractos
como las máscaras verdes que la vida nos dibuja en el alma para identificarnos en la obscuridad ciega.
Anduve mil ocasos corriendo en tu vientre desnudo.
Despojado de pecados, hundiéndome en la herejía sangrienta de tu silencio
Cayendo mil veces en los agujeros dibujados en tus dedos.
Circunnavegando en las derivas nocturnas de las alas de tus cuervos,
atado a las ansias en el paroxismo de mis palabras negras.
(...) Cuando los gramófonos no contaban si no eran verdades.
Supe también de los duendes encadenados en tu senos.
De cómo llegaron allá y se disecaron en tu alma vieja y atolondrada
atrapada para siempre en las lluvias de las ventanas desérticas de un agosto ciego.
Como almendras que se entregaban al suicidio de las pieles
y explotaban, implosivas, entre las faldas amarillas de la muerte
y reposaban, insólitas en las nubes flavas de los contrastes en la amargura.
Siempre supe andar sin soluciones para poetas...
Con los dedos atiborrados de poesías que se sangran a si mismas
y las palabras amarradas en la lengua para no decirlas,
tiritando en los extravíos de las tropas de carnes glaucas que tiene el hielo de la madrugada.
(...) Cortando las lunas en rebanadas circulares.
Como supe también, que los almanaques tienen una garganta vacía
y que sus carnes cervicales están hechas de papeles abstractos
como las máscaras verdes que la vida nos dibuja en el alma para identificarnos en la obscuridad ciega.
Anduve mil ocasos corriendo en tu vientre desnudo.
Despojado de pecados, hundiéndome en la herejía sangrienta de tu silencio
Cayendo mil veces en los agujeros dibujados en tus dedos.
Circunnavegando en las derivas nocturnas de las alas de tus cuervos,
atado a las ansias en el paroxismo de mis palabras negras.
(...) Cuando los gramófonos no contaban si no eran verdades.
Supe también de los duendes encadenados en tu senos.
De cómo llegaron allá y se disecaron en tu alma vieja y atolondrada
atrapada para siempre en las lluvias de las ventanas desérticas de un agosto ciego.
Como almendras que se entregaban al suicidio de las pieles
y explotaban, implosivas, entre las faldas amarillas de la muerte
y reposaban, insólitas en las nubes flavas de los contrastes en la amargura.
Siempre supe andar sin soluciones para poetas...
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