Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
De las uvas de tu cuerpo (7)
¿Dime tú mujer, cómo prefieres el día en superfilar?
¿Cómo el canto debe atravesar el tiempo y el espacio?
¿Cómo cruzar el abismo, el terror inmenso de ser uno,
para que mis manos se posen sobre tu cuerpo?
El cardenal escucha el dulce canto de su compañera
y es más intenso el rojo escarlata de su plumaje.
¿Dime ángel de mi imaginación, cómo sobrevivir
el viaje de mi vida sin las uvas de tu cuerpo?
Aquellas uvas dulces que brotan de tu boca
como sonidos mágicos que duermen niños.
Aquellos racimos bermejos para la hora del amor,
para el sosiego de la carne pecadora latente.
Yo leo los códigos en las nubes de tu cielo,
el tintineo de tus estrellas desparramadas en la noche.
El océano me duerme con su sonido de agua
en su eterno acariciar, socavando la costa.
Dime, bendita mujer que tanto adoro,
¿Cúal racimo prefieres que yo coma?
Las negras uvas para el robusto vino,
las verdes con su agridulce sentir de melodía,
yo prefiero las rojas, amor mío,
porque tú cantas, eterna, como el océano...
¿Dime tú mujer, cómo prefieres el día en superfilar?
¿Cómo el canto debe atravesar el tiempo y el espacio?
¿Cómo cruzar el abismo, el terror inmenso de ser uno,
para que mis manos se posen sobre tu cuerpo?
El cardenal escucha el dulce canto de su compañera
y es más intenso el rojo escarlata de su plumaje.
¿Dime ángel de mi imaginación, cómo sobrevivir
el viaje de mi vida sin las uvas de tu cuerpo?
Aquellas uvas dulces que brotan de tu boca
como sonidos mágicos que duermen niños.
Aquellos racimos bermejos para la hora del amor,
para el sosiego de la carne pecadora latente.
Yo leo los códigos en las nubes de tu cielo,
el tintineo de tus estrellas desparramadas en la noche.
El océano me duerme con su sonido de agua
en su eterno acariciar, socavando la costa.
Dime, bendita mujer que tanto adoro,
¿Cúal racimo prefieres que yo coma?
Las negras uvas para el robusto vino,
las verdes con su agridulce sentir de melodía,
yo prefiero las rojas, amor mío,
porque tú cantas, eterna, como el océano...