Álex Hernández
Poeta recién llegado
Pero no
no estaba loco:
me sucedía algo peor.
Estaba profundamente triste.
Me había bebido todas las botellas,
y la luna había apagado al sol conmigo dentro.
Era como si las ganas de besar,
se hubiesen ido entre sus largos cabellos negros.
El sexo y el alcohol,
los cigarrillos y esos versos sobre su cuerpo,
esas ganas de follarle el cerebro toda la noche,
ya no estaban más.
Me he quedado sin ánimos,
necesitaba al alcohol para escribir,
y al cigarrillo para no morir en el intento.
Y es que sentía que el mundo se acaba,
sino lograba escribir ni una mierda.
¿Qué había pasado con ella?
Bueno, después de un tiempo,
se convirtió en literatura.
Esa cicatriz inconfundible en su mejilla izquierda,
y esos lunares en sus piernas regordetas,
dudo que él hombre común,
supiese mirar más allá de sus encantos de mujer.
no estaba loco:
me sucedía algo peor.
Estaba profundamente triste.
Me había bebido todas las botellas,
y la luna había apagado al sol conmigo dentro.
Era como si las ganas de besar,
se hubiesen ido entre sus largos cabellos negros.
El sexo y el alcohol,
los cigarrillos y esos versos sobre su cuerpo,
esas ganas de follarle el cerebro toda la noche,
ya no estaban más.
Me he quedado sin ánimos,
necesitaba al alcohol para escribir,
y al cigarrillo para no morir en el intento.
Y es que sentía que el mundo se acaba,
sino lograba escribir ni una mierda.
¿Qué había pasado con ella?
Bueno, después de un tiempo,
se convirtió en literatura.
Esa cicatriz inconfundible en su mejilla izquierda,
y esos lunares en sus piernas regordetas,
dudo que él hombre común,
supiese mirar más allá de sus encantos de mujer.
—Álex Hernández. Sonrisa amanecida (Poemario libre)
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