Évano
Libre, sin dioses.
Vicente decidió hablar con su perro a ladridos. Si su perro se comunicaba en tal idioma, ¿qué le impedía ladrar a él? Otros estudiaban para-sicólogos, por ejemplo. Vicente estudiará ¿perruno? Ya vería, más adelante, con qué nombre denominaría al nuevo idioma. Y si no lo aprendo, ¡qué más da!, he estudiado media vida y cada vez sé menos, se dijo a ladridos.
Al principio, la casa de piedra de la pequeña aldea no cambió en exceso. Oíase un ladrar más o menos tranquilo, casi armónico, aquello de oír, de vez en cuando, un guau al pasar junto a su perro cuando iba al baño o a la cocina. Los pocos vecinos, en sus paseos, escuchaban tenues ladridos mezclados con quiquiriquíes y relinchos o mugidos en la distancia. Lo normal para una aldea en primavera.
Con el tiempo, sea porque el perro se cabreaba porque Vicente lo entendía menos, sea porque Vicente cada día entendía menos al perro, con el tiempo, decía, los ladridos aumentaban hasta los límites de la aldea. Los pocos convecinos, no se sabe si por curiosidad o preocupación, finalizaban los paseos cerca de la casa de tejado de pizarra de Vicente.
Pasado un tiempo más largo, los ladridos recorrían todo el valle, hasta las aldeas próximas, de las cuales venían a ver qué ocurría.
Centenares de personas de los contornos, y las del lugar, esperaban a las puertas de la casa de Vicente, pues había corrido el rumor que pronto debía salir para abastecerse de comida y vino.
A los cinco días, salió con el silencio de la noche, si se puede llamar silencio a la noche de cualquier aldea repleta de animales domésticos y salvajes.
El perro iba detrás de Vicente cuando cruzaban entre la gente que dormía entre mantas en la hierba, en los adoquines de las calles o el alféizar de la primera ventana que pillaron.
Vicente giró y bajó el cuello y con el dedo índice en vertical en la boca le hizo saber a Benito, que era como se llamaba su perro, le hizo saber que se callara. El perro Benito, sin saber por qué, no entendió y empezó a ladrar como un loco, más fuerte que nunca.
Los centenares de aldeanos se levantaron de golpe y enfocaron con linternas a un Benito y un Vicente que, como poste de luz, movía los ojos de un lado para otro sin girar el cuello, intentando observar a todos los amontonados en las cercanías de su casa de piedra y pizarra.
Un montón de preguntas de golpe, preguntas que no entendía, le llovían desde las bocas de los esperadores. Algunas se dirigían, incomprensiblemente, al perro Benito.
Como ni Vicente ni Benito comprendían, los dos se pusieron a ladrar mientras los otros preguntaban, mientras intentaban equiparar la fuerza de su ladrar al tono de los preguntadores.
Así anduvieron toda la noche, y buena parte de la mañana, hasta que, hartos unos de preguntar y otros de ladrar, se marcharon cada uno a su casa para comer y dormir.
Pero volvieron a la noche siguiente, y a la otra y a la otra. Y así estuvieron más de un año, preguntando unos, ladrando otros.
Un día ya no volvieron y todos continuaron con su vida como si nada hubiese ocurrido.
Vicente salía a pasear con sus vecinos, como siempre, y charlaba con su perro y no se entendía con él, como siempre. Pareciera que nada había ocurrido en aquella aldea cuando los aldeanos de aquellos montes se encontraron ante la noticia y la sorpresa de que la inmensa mayoría de las personas de aquel mundo hablaba como ellos.
Benito se alegró muchísimo de que su dueño no llegara a comprender ni aprender el perruno. Así estaba bien, incomprendido, pero bien, se ladró.
Desde entonces, en aquel mundo, unos preguntaban y otros ladraban la respuesta en una especie de ladridos, una variante del idioma perruno, que no era más que el más simple de los idiomas: el de la Vida.
Gracias por leer.
Al principio, la casa de piedra de la pequeña aldea no cambió en exceso. Oíase un ladrar más o menos tranquilo, casi armónico, aquello de oír, de vez en cuando, un guau al pasar junto a su perro cuando iba al baño o a la cocina. Los pocos vecinos, en sus paseos, escuchaban tenues ladridos mezclados con quiquiriquíes y relinchos o mugidos en la distancia. Lo normal para una aldea en primavera.
Con el tiempo, sea porque el perro se cabreaba porque Vicente lo entendía menos, sea porque Vicente cada día entendía menos al perro, con el tiempo, decía, los ladridos aumentaban hasta los límites de la aldea. Los pocos convecinos, no se sabe si por curiosidad o preocupación, finalizaban los paseos cerca de la casa de tejado de pizarra de Vicente.
Pasado un tiempo más largo, los ladridos recorrían todo el valle, hasta las aldeas próximas, de las cuales venían a ver qué ocurría.
Centenares de personas de los contornos, y las del lugar, esperaban a las puertas de la casa de Vicente, pues había corrido el rumor que pronto debía salir para abastecerse de comida y vino.
A los cinco días, salió con el silencio de la noche, si se puede llamar silencio a la noche de cualquier aldea repleta de animales domésticos y salvajes.
El perro iba detrás de Vicente cuando cruzaban entre la gente que dormía entre mantas en la hierba, en los adoquines de las calles o el alféizar de la primera ventana que pillaron.
Vicente giró y bajó el cuello y con el dedo índice en vertical en la boca le hizo saber a Benito, que era como se llamaba su perro, le hizo saber que se callara. El perro Benito, sin saber por qué, no entendió y empezó a ladrar como un loco, más fuerte que nunca.
Los centenares de aldeanos se levantaron de golpe y enfocaron con linternas a un Benito y un Vicente que, como poste de luz, movía los ojos de un lado para otro sin girar el cuello, intentando observar a todos los amontonados en las cercanías de su casa de piedra y pizarra.
Un montón de preguntas de golpe, preguntas que no entendía, le llovían desde las bocas de los esperadores. Algunas se dirigían, incomprensiblemente, al perro Benito.
Como ni Vicente ni Benito comprendían, los dos se pusieron a ladrar mientras los otros preguntaban, mientras intentaban equiparar la fuerza de su ladrar al tono de los preguntadores.
Así anduvieron toda la noche, y buena parte de la mañana, hasta que, hartos unos de preguntar y otros de ladrar, se marcharon cada uno a su casa para comer y dormir.
Pero volvieron a la noche siguiente, y a la otra y a la otra. Y así estuvieron más de un año, preguntando unos, ladrando otros.
Un día ya no volvieron y todos continuaron con su vida como si nada hubiese ocurrido.
Vicente salía a pasear con sus vecinos, como siempre, y charlaba con su perro y no se entendía con él, como siempre. Pareciera que nada había ocurrido en aquella aldea cuando los aldeanos de aquellos montes se encontraron ante la noticia y la sorpresa de que la inmensa mayoría de las personas de aquel mundo hablaba como ellos.
Benito se alegró muchísimo de que su dueño no llegara a comprender ni aprender el perruno. Así estaba bien, incomprendido, pero bien, se ladró.
Desde entonces, en aquel mundo, unos preguntaban y otros ladraban la respuesta en una especie de ladridos, una variante del idioma perruno, que no era más que el más simple de los idiomas: el de la Vida.
Gracias por leer.
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