Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
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De repente se encontró ahí, en ése paraíso de gangas, ofertas y porcentajes por lo bajo, no supo si era el mes de julio regalado, o septiembre todo para el bicentenario. Perdió la noción del tiempo, tanto letrero con tintas fosforescentes, demostradoras y botargas de alcoholes y de latas de caviar importadas siempre le emocionaban. Su depresión se esfumo inmediatamente.
Tentó la cartera adentro de su bolso, saboreo con los dedos las tarjetas de crédito, compró a granel, ¿se le olvidó algo? surtió su pasión a destajo hasta que calculó que sus dedos pudieran firmar elegantemente el boucher.
Murmuró una maldición y se dijo; ¿por qué carajos jamás cumplo lo prometido? Había jurado nunca más caer en manos de la mercadotecnia, pero sobre todo comprar veneno barato para ratas y suicidarse esa misma tarde.
Pero mujer de alta sociedad como era, transformó de nuevo su destino en elegantes deudas.
Due® 05.10.10
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De repente se encontró ahí, en ése paraíso de gangas, ofertas y porcentajes por lo bajo, no supo si era el mes de julio regalado, o septiembre todo para el bicentenario. Perdió la noción del tiempo, tanto letrero con tintas fosforescentes, demostradoras y botargas de alcoholes y de latas de caviar importadas siempre le emocionaban. Su depresión se esfumo inmediatamente.
Tentó la cartera adentro de su bolso, saboreo con los dedos las tarjetas de crédito, compró a granel, ¿se le olvidó algo? surtió su pasión a destajo hasta que calculó que sus dedos pudieran firmar elegantemente el boucher.
Murmuró una maldición y se dijo; ¿por qué carajos jamás cumplo lo prometido? Había jurado nunca más caer en manos de la mercadotecnia, pero sobre todo comprar veneno barato para ratas y suicidarse esa misma tarde.
Pero mujer de alta sociedad como era, transformó de nuevo su destino en elegantes deudas.
Due® 05.10.10
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