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Cuando acaben los silencios
bajaré a raudales,
descendiendo por la cuesta
lavando miserias,
la nada, los males,
los recodos enderezados.
Cuando las curvas salgan a mi encuentro
y yo siga derecho
porque derecho es más corto
el camino al precipicio;
entonces sentado sobre el aire
al borde del abismo
intentando vomitar los miedos;
sacudiré mi cabeza
contra el muro de la inconciencia
y sucumbiré al vacío;
caeré seguramente en la aguja del pajar
y maldeciré
por haber intentado cambiar mi destino,
peregrino inevitable,
gitano que predice mi camino
y me impide formatearlo
de la manera que ansío,
porque de lograrlo
estaría escrito que el nuevo
sería de todos modos el mismo.
Y estaré de nuevo
sentado al borde del precipicio,
aferrando el aire que contamino
con mis delirios de ser distinto,
con la aguja del pajar
clavada en mis intestinos;
pero esta vez mi destino saltará conmigo.
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