• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

De vuelta al hogar

Eratalia

Con rimas y a lo loco
CASERON+RUINAS.jpg
La tarde caía lenta sobre el oscuro arrabal, pobre, triste, destartalado. Cuatro casuchas viejas, con techumbres de uralita enseñaban sus ventanas desvencijadas, en amarga sonrisa, al viandante que con paso cansino, diríase que arrastrando los pies, se dirigía sendero arriba camino del cerro. El semblante ajado, la ropa vieja, los zapatos desgastados y a la espalda una deslucida mochila de color imposible, conteniendo todo su ajuar y sus exiguas posesiones…

A lo lejos, en lo alto, vislumbró cuatro paredes desdentadas que se mantenían erguidas a duras penas, reducto ruinoso de lo que en otros tiempos debió ser villa o castillo palaciego. Un trozo de verja retorcido, contorsionándose ante la desesperanza, intentaba cortar el paso al extraño, que avanzaba sin prisa, como el que nada tiene por hacer y goza de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Flanqueó sin dificultad los herrumbrosos restos, enmohecidos y verdosos, entre los que las hierbas del campo, malas hierbas, eran las únicas que se atrevían a proporcionar algunas notas de color en aquel desolado atardecer.

El desconocido escudriñó los muros, recios, altos, erosionados por las inclemencias del tiempo y por los años de descuido y abandono, sumido en sus pensamientos. Imaginó, más que recordar, cómo eran aquellos muros cincuenta años atrás, antes de que las tormentas y los pequeños saqueos hubieran acabado con todo lo que contenían, hasta con aquellas cosas de más ínfimo valor. Se asomó al interior por uno de los huecos derruidos, antaño ventanales, y su mirada se detuvo en una pequeña sombra que cruzaba la estancia con vivaz serpenteo: ratones de campo -pensó- son los únicos capaces de habitar un lugar así, tan hostil y tan inhóspito. Se estremeció.

Rodeó los restos de la casa y encontró una pequeña puerta, ya innecesaria, puesto que los agujeros de las destrozadas paredes dejaban el acceso expedito al interior. De cualquier modo, prefirió penetrar en lo que quedaba de la vivienda a través de ella, sintiendo el apremiante rechinar de los goznes cuando la empujó, no sin esfuerzo.

Se sentó sobre los resto de un pilar hallado en medio de lo que debió haber sido el patio central. Miró al cielo, pensativo, calibrando en somera ojeada si la noche se presentaba serena o había riesgo de lluvias, costumbre que había adquirido a lo largo de los años que llevaba pernoctando a la intemperie.

El recién llegado abrió la mochila parsimoniosamente, extrajo de ella una roída manta, un pack de yogures caducados recogidos de los contenedores de basura del último centro comercial por el que había pasado hacía un par de días, y un libro, con las tapas tan gastadas y recomidas que habían perdido el color y en las que apenas se acertaba a adivinar el título: “El extranjero”, Albert Camus. De entre las hojas se deslizó una antigua fotografía cuyo color había mudado hasta convertirse en sepia.

Aunque la conocía de memoria, la observó con atención; en ella una señora de amable semblante se hallaba sentada en un pilar, en medio de un bello patio alicatado al estilo andaluz y circundado de flores multicolores en macetas de todas las formas y tamaños. Sobre su regazo, un pequeño varón chupaba con aire feliz una piruleta. Ambos sonreían mirando a la cámara.

Él, a su pesar, también sonrió. Eran buenos tiempos. Luego sobrevino la ruina de la familia, se acabaron las tardes risueñas, todo fue de mal en peor y un buen día, sin saber cómo ni por qué, se encontró vagabundeando en busca de la fortuna que nunca encontró, ganándose la vida de mala manera, sobreviviendo…

Sorbió el contenido de los envases de yogur, paladeando aquel regusto agrio y desabrido, como su propia existencia. Fue un largo peregrinar, sin dinero, sin comida, sin amigos. Mendigando aquí y allá, robando a veces, para subsistir.

Y después de tantos años, cansado y enfermo, el deseo de volver al terruño, de ver lo que quedaba de su infancia enterrada allí, en lo más alto del cerro.

Envuelto en sus ensoñaciones del pasado se acurrucó en un rincón sobre su manta, aterido y famélico y, cerrando los ojos, sintió la paz de hallarse de nuevo en casa, al fin, de vuelta al hogar.
 
Última edición:
CASERON+RUINAS.jpg
La tarde caía lenta sobre el oscuro arrabal, pobre, triste, destartalado. Cuatro casuchas viejas, con techumbres de uralita enseñaban sus ventanas desvencijadas, en amarga sonrisa, al viandante que con paso cansino, diríase que arrastrando los pies, se dirigía sendero arriba camino del cerro. El semblante ajado, la ropa vieja, los zapatos desgastados y a la espalda una deslucida mochila de color imposible, conteniendo todo su ajuar y sus exiguas posesiones…

A lo lejos, en lo alto, vislumbró cuatro paredes desdentadas que se mantenían erguidas a duras penas, reducto ruinoso de lo que en otros tiempos debió ser villa o castillo palaciego. Un trozo de verja retorcido, contorsionándose ante la desesperanza, intentaba cortar el paso al extraño, que avanzaba sin prisa, como el que nada tiene por hacer y goza de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Flanqueó sin dificultad los herrumbrosos restos, enmohecidos y verdosos, entre los que las hierbas del campo, malas hierbas, eran las únicas que se atrevían a proporcionar algunas notas de color en aquel desolado atardecer.

El desconocido escudriñó los muros, recios, altos, erosionados por las inclemencias del tiempo y por los años de descuido y abandono, sumido en sus pensamientos. Imaginó, más que recordar, cómo eran aquellos muros cincuenta años atrás, antes de que las tormentas y los pequeños saqueos hubieran acabado con todo lo que contenían, hasta con aquellas cosas de más ínfimo valor. Se asomó al interior por uno de los huecos derruidos, antaño ventanales, y su mirada se detuvo en una pequeña sombra que cruzaba la estancia con vivaz serpenteo: ratones de campo -pensó- son los únicos capaces de habitar un lugar así, tan hostil y tan inhóspito. Se estremeció.

Rodeó los restos de la casa y encontró una pequeña puerta, ya innecesaria, puesto que los agujeros de las destrozadas paredes dejaban el acceso expedito al interior. De cualquier modo, prefirió penetrar en lo que quedaba de la vivienda a través de ella, sintiendo el apremiante rechinar de los goznes cuando la empujó, no sin esfuerzo.

Se sentó sobre los resto de un pilar hallado en medio de lo que debió haber sido el patio central. Miró al cielo, pensativo, calibrando en somera ojeada si la noche se presentaba serena o había riesgo de lluvias, costumbre que había adquirido a lo largo de los años que llevaba pernoctando a la intemperie.

El recién llegado, parsimoniosamente abrió la mochila, extrajo de ella una roída manta, un pack de yogures caducados, recogidos de los contenedores de basura del último centro comercial por el que había pasado hacía un par de días, y un libro, con las tapas tan gastadas y recomidas que habían perdido el color y en las que apenas se acertaba a adivinar el título: “El extranjero”, Albert Camus. De entre las hojas se deslizó una antigua fotografía cuyo color había mudado hasta convertirse en sepia.

Aunque la conocía de memoria, la observó con atención, en ella, una señora de amable semblante se hallaba sentada en un pilar, en medio de un bello patio alicatado al estilo andaluz y circundado de flores multicolores en macetas de todas las formas y tamaños. Sobre su regazo, un pequeño varón chupaba con aire feliz una piruleta. Ambos sonreían mirando a la cámara.

Él, a su pesar, también sonrió. Eran buenos tiempos. Luego sobrevino la ruina de la familia, se acabaron las tardes risueñas, todo fue de mal en peor y un buen día, sin saber cómo ni por qué, se encontró vagabundeando en busca de la fortuna que nunca encontró, ganándose la vida de mala manera, sobreviviendo…

Sorbió el contenido de los envases de yogur, paladeando aquel regusto agrio y desabrido, como su propia existencia. Fue un largo peregrinar, sin dinero, sin comida, sin amigos. Mendigando aquí y allá, robando a veces, para subsistir.

Y, después de tantos años, cansado y enfermo, el deseo de volver al terruño, de ver lo que quedaba de su infancia enterrada allí, en lo más alto del cerro.

Envuelto en sus ensoñaciones del pasado se acurrucó en un rincón sobre su manta, aterido y famélico y, cerrando los ojos, sintió la paz de hallarse de nuevo en casa, al fin, de vuelta al hogar.
Ayyy Eratalia, qué dotes descriptivas más excelentes manejas en este bello relato. En él sabes tocar las fibras sensibles del alma haciendo que sintamos compasión por este pobre desconocido que se siente enfermo y vuelve al terruño a pasar sus últimos días. Muy emotivo el final, cuando le llega la muerte siente esa paz del hogar que le amamantó durante su niñez. Me ha encantado leerte, me gusta tanto en prosa como en verso, llevas el arte recorriendo tus venas. Besazos querida amiga, llenos de cariño y de admiración....muááááácksss...
 
Ayyy Eratalia, qué dotes descriptivas más excelentes manejas en este bello relato. En él sabes tocar las fibras sensibles del alma haciendo que sintamos compasión por este pobre desconocido que se siente enfermo y vuelve al terruño a pasar sus últimos días. Muy emotivo el final, cuando le llega la muerte siente esa paz del hogar que le amamantó durante su niñez. Me ha encantado leerte, me gusta tanto en prosa como en verso, llevas el arte recorriendo tus venas. Besazos querida amiga, llenos de cariño y de admiración....muááááácksss...
Muchas gracias, Isabel, has venido muy rauda a leer mi prosa y te lo agradezco muchísimo, porque en este foro las prosas no suelen tener demasiado visitantes.
Me animas mucho con tus palabras.
Te mando un abrazo fuerte.
 
CASERON+RUINAS.jpg
La tarde caía lenta sobre el oscuro arrabal, pobre, triste, destartalado. Cuatro casuchas viejas, con techumbres de uralita enseñaban sus ventanas desvencijadas, en amarga sonrisa, al viandante que con paso cansino, diríase que arrastrando los pies, se dirigía sendero arriba camino del cerro. El semblante ajado, la ropa vieja, los zapatos desgastados y a la espalda una deslucida mochila de color imposible, conteniendo todo su ajuar y sus exiguas posesiones…

A lo lejos, en lo alto, vislumbró cuatro paredes desdentadas que se mantenían erguidas a duras penas, reducto ruinoso de lo que en otros tiempos debió ser villa o castillo palaciego. Un trozo de verja retorcido, contorsionándose ante la desesperanza, intentaba cortar el paso al extraño, que avanzaba sin prisa, como el que nada tiene por hacer y goza de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Flanqueó sin dificultad los herrumbrosos restos, enmohecidos y verdosos, entre los que las hierbas del campo, malas hierbas, eran las únicas que se atrevían a proporcionar algunas notas de color en aquel desolado atardecer.

El desconocido escudriñó los muros, recios, altos, erosionados por las inclemencias del tiempo y por los años de descuido y abandono, sumido en sus pensamientos. Imaginó, más que recordar, cómo eran aquellos muros cincuenta años atrás, antes de que las tormentas y los pequeños saqueos hubieran acabado con todo lo que contenían, hasta con aquellas cosas de más ínfimo valor. Se asomó al interior por uno de los huecos derruidos, antaño ventanales, y su mirada se detuvo en una pequeña sombra que cruzaba la estancia con vivaz serpenteo: ratones de campo -pensó- son los únicos capaces de habitar un lugar así, tan hostil y tan inhóspito. Se estremeció.

Rodeó los restos de la casa y encontró una pequeña puerta, ya innecesaria, puesto que los agujeros de las destrozadas paredes dejaban el acceso expedito al interior. De cualquier modo, prefirió penetrar en lo que quedaba de la vivienda a través de ella, sintiendo el apremiante rechinar de los goznes cuando la empujó, no sin esfuerzo.

Se sentó sobre los resto de un pilar hallado en medio de lo que debió haber sido el patio central. Miró al cielo, pensativo, calibrando en somera ojeada si la noche se presentaba serena o había riesgo de lluvias, costumbre que había adquirido a lo largo de los años que llevaba pernoctando a la intemperie.

El recién llegado abrió la mochila parsimoniosamente, extrajo de ella una roída manta, un pack de yogures caducados recogidos de los contenedores de basura del último centro comercial por el que había pasado hacía un par de días, y un libro, con las tapas tan gastadas y recomidas que habían perdido el color y en las que apenas se acertaba a adivinar el título: “El extranjero”, Albert Camus. De entre las hojas se deslizó una antigua fotografía cuyo color había mudado hasta convertirse en sepia.

Aunque la conocía de memoria, la observó con atención; en ella una señora de amable semblante se hallaba sentada en un pilar, en medio de un bello patio alicatado al estilo andaluz y circundado de flores multicolores en macetas de todas las formas y tamaños. Sobre su regazo, un pequeño varón chupaba con aire feliz una piruleta. Ambos sonreían mirando a la cámara.

Él, a su pesar, también sonrió. Eran buenos tiempos. Luego sobrevino la ruina de la familia, se acabaron las tardes risueñas, todo fue de mal en peor y un buen día, sin saber cómo ni por qué, se encontró vagabundeando en busca de la fortuna que nunca encontró, ganándose la vida de mala manera, sobreviviendo…

Sorbió el contenido de los envases de yogur, paladeando aquel regusto agrio y desabrido, como su propia existencia. Fue un largo peregrinar, sin dinero, sin comida, sin amigos. Mendigando aquí y allá, robando a veces, para subsistir.

Y después de tantos años, cansado y enfermo, el deseo de volver al terruño, de ver lo que quedaba de su infancia enterrada allí, en lo más alto del cerro.

Envuelto en sus ensoñaciones del pasado se acurrucó en un rincón sobre su manta, aterido y famélico y, cerrando los ojos, sintió la paz de hallarse de nuevo en casa, al fin, de vuelta al hogar.


¡Magnifico!, escribes de maravilla Eratalia, una triste historia, contada con excelentes letras.. Mi aplausos.

¿Sabes que? ...tengo yo también un micro titulado EL REGRESO Te dejo el enlace por si te apetece escucharlo.
Un abrazo grande con mis aplausos.

https://www.ivoox.com/regreso-maria-isabel-machin-garcia-audios-mp3_rf_1752118_1.html
 
Última edición:
¡Magnifico!, escribes de maravilla Eratalia, una triste historia, contada con excelentes letras.. Mi aplausos.

¿Sabes que? ...tengo yo también un micro titulado EL REGRESO Te dejo el enlace por si te apetece escucharlo.
Un abrazo grande con mis aplausos.

https://www.ivoox.com/regreso-maria-isabel-machin-garcia-audios-mp3_rf_1752118_1.html
¡Cuántas similitudes en nuestras historias! Me ha encantado escuchar tu relato, tan tierno, tan lindo y con tanto paralelismo con el mío. El regreso al hogar al final de la vida, la añoranza de la infancia feliz... Precioso, Isabel, me ha encantado.
Gracias por haber leído tú el mío.
Un beso.
 
Muy bonito, triste casi desesperanzado, pero muy bonito de leer. Las descripciones magníficas. Te deja un sabor amargo pero eso es mérito tuyo. Me ha gustado mucho.

Abrazos
Anda, te había saltado en el orden, qué desconsideración, no me lo tengas en cuenta, porfi.
Me alegro de lo que me dices, aunque sea amargo el regustillo.
Un abrazo.
Y gracias, claro.
 
Destaco la capacidad que tienes para pormenorizar en tus descripciones. El personaje habla en tus manos. Una exposición brillante, Eratalia. Eres extraordinaria en narrativa. Mi admiración y un fuerte abrazo.
Gracias, Engel, viniendo de ti que eres un maestro en el arte de la narrativa es todo un halago para mí esta opinión que me dejas.
Un saludo muy cordial.
 
CASERON+RUINAS.jpg
La tarde caía lenta sobre el oscuro arrabal, pobre, triste, destartalado. Cuatro casuchas viejas, con techumbres de uralita enseñaban sus ventanas desvencijadas, en amarga sonrisa, al viandante que con paso cansino, diríase que arrastrando los pies, se dirigía sendero arriba camino del cerro. El semblante ajado, la ropa vieja, los zapatos desgastados y a la espalda una deslucida mochila de color imposible, conteniendo todo su ajuar y sus exiguas posesiones…

A lo lejos, en lo alto, vislumbró cuatro paredes desdentadas que se mantenían erguidas a duras penas, reducto ruinoso de lo que en otros tiempos debió ser villa o castillo palaciego. Un trozo de verja retorcido, contorsionándose ante la desesperanza, intentaba cortar el paso al extraño, que avanzaba sin prisa, como el que nada tiene por hacer y goza de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Flanqueó sin dificultad los herrumbrosos restos, enmohecidos y verdosos, entre los que las hierbas del campo, malas hierbas, eran las únicas que se atrevían a proporcionar algunas notas de color en aquel desolado atardecer.

El desconocido escudriñó los muros, recios, altos, erosionados por las inclemencias del tiempo y por los años de descuido y abandono, sumido en sus pensamientos. Imaginó, más que recordar, cómo eran aquellos muros cincuenta años atrás, antes de que las tormentas y los pequeños saqueos hubieran acabado con todo lo que contenían, hasta con aquellas cosas de más ínfimo valor. Se asomó al interior por uno de los huecos derruidos, antaño ventanales, y su mirada se detuvo en una pequeña sombra que cruzaba la estancia con vivaz serpenteo: ratones de campo -pensó- son los únicos capaces de habitar un lugar así, tan hostil y tan inhóspito. Se estremeció.

Rodeó los restos de la casa y encontró una pequeña puerta, ya innecesaria, puesto que los agujeros de las destrozadas paredes dejaban el acceso expedito al interior. De cualquier modo, prefirió penetrar en lo que quedaba de la vivienda a través de ella, sintiendo el apremiante rechinar de los goznes cuando la empujó, no sin esfuerzo.

Se sentó sobre los resto de un pilar hallado en medio de lo que debió haber sido el patio central. Miró al cielo, pensativo, calibrando en somera ojeada si la noche se presentaba serena o había riesgo de lluvias, costumbre que había adquirido a lo largo de los años que llevaba pernoctando a la intemperie.

El recién llegado abrió la mochila parsimoniosamente, extrajo de ella una roída manta, un pack de yogures caducados recogidos de los contenedores de basura del último centro comercial por el que había pasado hacía un par de días, y un libro, con las tapas tan gastadas y recomidas que habían perdido el color y en las que apenas se acertaba a adivinar el título: “El extranjero”, Albert Camus. De entre las hojas se deslizó una antigua fotografía cuyo color había mudado hasta convertirse en sepia.

Aunque la conocía de memoria, la observó con atención; en ella una señora de amable semblante se hallaba sentada en un pilar, en medio de un bello patio alicatado al estilo andaluz y circundado de flores multicolores en macetas de todas las formas y tamaños. Sobre su regazo, un pequeño varón chupaba con aire feliz una piruleta. Ambos sonreían mirando a la cámara.

Él, a su pesar, también sonrió. Eran buenos tiempos. Luego sobrevino la ruina de la familia, se acabaron las tardes risueñas, todo fue de mal en peor y un buen día, sin saber cómo ni por qué, se encontró vagabundeando en busca de la fortuna que nunca encontró, ganándose la vida de mala manera, sobreviviendo…

Sorbió el contenido de los envases de yogur, paladeando aquel regusto agrio y desabrido, como su propia existencia. Fue un largo peregrinar, sin dinero, sin comida, sin amigos. Mendigando aquí y allá, robando a veces, para subsistir.

Y después de tantos años, cansado y enfermo, el deseo de volver al terruño, de ver lo que quedaba de su infancia enterrada allí, en lo más alto del cerro.

Envuelto en sus ensoñaciones del pasado se acurrucó en un rincón sobre su manta, aterido y famélico y, cerrando los ojos, sintió la paz de hallarse de nuevo en casa, al fin, de vuelta al hogar.
Tristemente hermoso, me encantò, te dejo un saludo con afecto.
 
CASERON+RUINAS.jpg
La tarde caía lenta sobre el oscuro arrabal, pobre, triste, destartalado. Cuatro casuchas viejas, con techumbres de uralita enseñaban sus ventanas desvencijadas, en amarga sonrisa, al viandante que con paso cansino, diríase que arrastrando los pies, se dirigía sendero arriba camino del cerro. El semblante ajado, la ropa vieja, los zapatos desgastados y a la espalda una deslucida mochila de color imposible, conteniendo todo su ajuar y sus exiguas posesiones…

A lo lejos, en lo alto, vislumbró cuatro paredes desdentadas que se mantenían erguidas a duras penas, reducto ruinoso de lo que en otros tiempos debió ser villa o castillo palaciego. Un trozo de verja retorcido, contorsionándose ante la desesperanza, intentaba cortar el paso al extraño, que avanzaba sin prisa, como el que nada tiene por hacer y goza de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Flanqueó sin dificultad los herrumbrosos restos, enmohecidos y verdosos, entre los que las hierbas del campo, malas hierbas, eran las únicas que se atrevían a proporcionar algunas notas de color en aquel desolado atardecer.

El desconocido escudriñó los muros, recios, altos, erosionados por las inclemencias del tiempo y por los años de descuido y abandono, sumido en sus pensamientos. Imaginó, más que recordar, cómo eran aquellos muros cincuenta años atrás, antes de que las tormentas y los pequeños saqueos hubieran acabado con todo lo que contenían, hasta con aquellas cosas de más ínfimo valor. Se asomó al interior por uno de los huecos derruidos, antaño ventanales, y su mirada se detuvo en una pequeña sombra que cruzaba la estancia con vivaz serpenteo: ratones de campo -pensó- son los únicos capaces de habitar un lugar así, tan hostil y tan inhóspito. Se estremeció.

Rodeó los restos de la casa y encontró una pequeña puerta, ya innecesaria, puesto que los agujeros de las destrozadas paredes dejaban el acceso expedito al interior. De cualquier modo, prefirió penetrar en lo que quedaba de la vivienda a través de ella, sintiendo el apremiante rechinar de los goznes cuando la empujó, no sin esfuerzo.

Se sentó sobre los resto de un pilar hallado en medio de lo que debió haber sido el patio central. Miró al cielo, pensativo, calibrando en somera ojeada si la noche se presentaba serena o había riesgo de lluvias, costumbre que había adquirido a lo largo de los años que llevaba pernoctando a la intemperie.

El recién llegado abrió la mochila parsimoniosamente, extrajo de ella una roída manta, un pack de yogures caducados recogidos de los contenedores de basura del último centro comercial por el que había pasado hacía un par de días, y un libro, con las tapas tan gastadas y recomidas que habían perdido el color y en las que apenas se acertaba a adivinar el título: “El extranjero”, Albert Camus. De entre las hojas se deslizó una antigua fotografía cuyo color había mudado hasta convertirse en sepia.

Aunque la conocía de memoria, la observó con atención; en ella una señora de amable semblante se hallaba sentada en un pilar, en medio de un bello patio alicatado al estilo andaluz y circundado de flores multicolores en macetas de todas las formas y tamaños. Sobre su regazo, un pequeño varón chupaba con aire feliz una piruleta. Ambos sonreían mirando a la cámara.

Él, a su pesar, también sonrió. Eran buenos tiempos. Luego sobrevino la ruina de la familia, se acabaron las tardes risueñas, todo fue de mal en peor y un buen día, sin saber cómo ni por qué, se encontró vagabundeando en busca de la fortuna que nunca encontró, ganándose la vida de mala manera, sobreviviendo…

Sorbió el contenido de los envases de yogur, paladeando aquel regusto agrio y desabrido, como su propia existencia. Fue un largo peregrinar, sin dinero, sin comida, sin amigos. Mendigando aquí y allá, robando a veces, para subsistir.

Y después de tantos años, cansado y enfermo, el deseo de volver al terruño, de ver lo que quedaba de su infancia enterrada allí, en lo más alto del cerro.

Envuelto en sus ensoñaciones del pasado se acurrucó en un rincón sobre su manta, aterido y famélico y, cerrando los ojos, sintió la paz de hallarse de nuevo en casa, al fin, de vuelta al hogar.

NO cabe duda, Eratalia, de que tienes una extraordinaria capacidad para elaborar un relato que, una vez empezado a leer, no puede uno dejarlo hasta el final; ya te lo han dicho otros, pero me sumaré a los que te reconocen un don especial para entrar en detalles descriptivos que enriquecen mucho la historia, historia que vas montando en pinceladas sobrias que al final encajan como mecanismo de relojería.

Mi reconocimento a este trabajo.
 
NO cabe duda, Eratalia, de que tienes una extraordinaria capacidad para elaborar un relato que, una vez empezado a leer, no puede uno dejarlo hasta el final; ya te lo han dicho otros, pero me sumaré a los que te reconocen un don especial para entrar en detalles descriptivos que enriquecen mucho la historia, historia que vas montando en pinceladas sobrias que al final encajan como mecanismo de relojería.

Mi reconocimento a este trabajo.
Me quedo encantadísima después de leer tal comentario, bueno, más encantada que la rana aquella que resultó ser un príncipe, pero yo sin necesidad de conjuros.
Muchas gracias y espero que nadie deshaga el encantamiento.
Un abrazo.
 
A veces los avatares de la vida nos convierten en aquello que nunca deseamos y nos llevan a tomar decisiones que tampoco queremos, pero a pesar de todo siempre es lindo terminar el ciclo en el lugar donde lo comenzamos. ¡Profunda y magnífica prosa! Un verdadero placer disfrutar de su magistral y melancólica historia, Eratalia, reciba mi más cordial felicitación y saludo.
 
A veces los avatares de la vida nos convierten en aquello que nunca deseamos y nos llevan a tomar decisiones que tampoco queremos, pero a pesar de todo siempre es lindo terminar el ciclo en el lugar donde lo comenzamos. ¡Profunda y magnífica prosa! Un verdadero placer disfrutar de su magistral y melancólica historia, Eratalia, reciba mi más cordial felicitación y saludo.
Muchas gracias por tan generoso comentario, Daniel, un placer recibirlo en mis letras.
Saludos cordiales.
 
Ayuda Usuarios

You haven't joined any salas.

You haven't joined any salas.
Atrás
Arriba