Debajo de los puentes
te escribo mi silencio.
Lo escribo
y lo describo,
por más que nadie pare
y me levante,
y yo otra vez me quede
señalando algún viento
en el desierto.
Desencontrado y torpe.
Apelando memorias.
Desempolvando cantos.
Somos mapas distintos.
Ya es hora de otro exilio.
Otra vez la templanza
de ser un forastero.
Un peregrino atento.
Ayer la mar fue piel
de un desencuentro proclamado
desde las azoteas.
Desde aquel fino vértice
donde duermen los versos,
que alguna vez,
por ausente quizás,
me olvidé de cantarte.
Niña del Plata.
Tus endebles alientos.
Tu verde manantial de despedidas.
La fibra de tu luz
donde deja mi vejez
entristecida
las espinas de sangre
por dejarte marchar,
por dejarme partir,
por dejarnos atrás.
Habrá una cicatriz
con tu misma textura,
en el mástil del barco
que naufragamos juntos.
Porque de eso se trata.
No podemos herirnos,
dama ilustre del salto.
Nos dejaron sin huella
las llagas del hallazgo.
Inevitable fue zarpar en la emboscada.
Más el viento no espera
que salgamos del paso.
Después el precipicio comerá las ciudades.
No me hallarán vencido,
ni los buitres escorias,
ni las damas en falso.
Ni la muerte en su estepa
podrá con el profeta
que busca una palabra,
que busca en este limbo
cumplir con la promesa.
Porque de eso se trata.
Ya hubo un tiempo.
Ya no nos conocimos.
Ya no nos recordamos.
Ya no nos convencimos.
¡Pero todo es ahora!
¿Cómo explicarte?
¿Cómo entenderme?
Si luchar por ser libre hoy,
es dejarte marchar,
es dejarme partir,
es dejarnos atrás.
Debajo de los puentes
te escribo mi silencio.
Lo escribo y lo describo.
Por más que nadie pare
y me levante.
Y yo otra vez me quede
señalando al oriente,
la paz de los desiertos,
acechantes.
te escribo mi silencio.
Lo escribo
y lo describo,
por más que nadie pare
y me levante,
y yo otra vez me quede
señalando algún viento
en el desierto.
Desencontrado y torpe.
Apelando memorias.
Desempolvando cantos.
Somos mapas distintos.
Ya es hora de otro exilio.
Otra vez la templanza
de ser un forastero.
Un peregrino atento.
Ayer la mar fue piel
de un desencuentro proclamado
desde las azoteas.
Desde aquel fino vértice
donde duermen los versos,
que alguna vez,
por ausente quizás,
me olvidé de cantarte.
Niña del Plata.
Tus endebles alientos.
Tu verde manantial de despedidas.
La fibra de tu luz
donde deja mi vejez
entristecida
las espinas de sangre
por dejarte marchar,
por dejarme partir,
por dejarnos atrás.
Habrá una cicatriz
con tu misma textura,
en el mástil del barco
que naufragamos juntos.
Porque de eso se trata.
No podemos herirnos,
dama ilustre del salto.
Nos dejaron sin huella
las llagas del hallazgo.
Inevitable fue zarpar en la emboscada.
Más el viento no espera
que salgamos del paso.
Después el precipicio comerá las ciudades.
No me hallarán vencido,
ni los buitres escorias,
ni las damas en falso.
Ni la muerte en su estepa
podrá con el profeta
que busca una palabra,
que busca en este limbo
cumplir con la promesa.
Porque de eso se trata.
Ya hubo un tiempo.
Ya no nos conocimos.
Ya no nos recordamos.
Ya no nos convencimos.
¡Pero todo es ahora!
¿Cómo explicarte?
¿Cómo entenderme?
Si luchar por ser libre hoy,
es dejarte marchar,
es dejarme partir,
es dejarnos atrás.
Debajo de los puentes
te escribo mi silencio.
Lo escribo y lo describo.
Por más que nadie pare
y me levante.
Y yo otra vez me quede
señalando al oriente,
la paz de los desiertos,
acechantes.