Debió ser mía aquella tarde en que la luna
giraba en torno a nuestras encendidas pupilas.
Las diamantinas estrellas lucían postradas tan
inmutables en nuestro emblemático silencio
y respirábamos tan hondamente bebiendo
en sigilo el aliento de amor de cada uno.
Ese corto instante era despiadadamente eterno
ningún abedul interrumpiría con su necio crujir
y batir nuestro paso desencadenado.
Dije musitando. Eres-, y acalle mis palabras
tempranamente sin quererlo. Sostuve el aliento
por un instante. Sin embargo el miedo no cedió.
Parecía enredado en un mustio min turno
de cobardía. Mis manos tan alejadas del alcance
de su cuerpo, mi piel congelada como un frió mármol.
Mi boca estaba sellada como se cierra la bóveda
de los sueños al despuntarse el sol sobre la ventana.
No repuse nada más que una mirada absorta.
La erosión de sus ojos termino perdiéndose
al eclipsar varios segundos,
Torno su rostro lejos del mío. Aunque quiso
quedarse no lo hizo. Toda la luz se desparramo
al marcharse y solo quede acariciando el velo
de su perturbador rostro.