Troto
Pablo Romero Parada
Hace días que no encuentro ninguna sensación que sea capaz de convertir en frescura toda esta oscura pesadez. Algunas personas tienen difíciles formas de actuar, y yo no voy a poder comprenderlas. De hecho, me encuentro involucrado en un dilema personal. Un dilema de amores. A mis veinticinco años, trabajo por contrato fijo en el centro residencial ADCOR. Es un trabajo a jornada parcial donde no se cobra mucho dinero, pero a mí me llega para mis gastos.
En dicho centro, conocí a una auxiliar de enfermería que me confesó su amor por mí. Ella es encantadora e increíblemente trabajadora. Es capaz de pasear por la planta cómodamente. Trabajando con dureza como si nada le costase. No se parece pues a mí, que me las paso en el despacho maldiciendo al resto de mis compañeros sobre todo en días como hoy donde el calor coarta mi respirar, provoca en mi piel un fatigoso sudor caliente; y además, enfurece a mi sangre que se encoleriza por casi cualquier motivo. Así, hoy me grité con una compañera de trabajo por una cuestión de poderes.
El caso es que la chica tan guapa que se muestra enamorada de mí se llama Aída y yo también muestro sentimientos hacia ella en parte por todo lo descrito anteriormente. Salimos durante dos meses hasta que se enteró de que en los primeros días de noviazgo le puse los cuernos con una búlgara llamada Mariya. En este punto me parece importante aclarar que casi el completo de la plantilla del sitio en el que trabajo es femenino, y, también, que Aida es una persona que acostumbra a hablar de ese tipo de conflictos personales, así que ahora ejerzo mi profesión en un sitio donde hay como veinte o treinta trabajadoras que saben que le pongo los cuernos a su compañera. Cosa que no tendría porqué ser un gran problema, salvo porque últimamente se me da por fantasear y creer que tras cada cuchicheo hay alguna crítica hacia mí, o, que cuando alguna persona trata de desafiarme, es en parte aprovechándose de mi puntual debilidad y que no encontraré los apoyos suficientes debido a la infidelidad en cuestión. Aunque lo que debería hacer, seguramente, sería dejar de fantasear tanto y sencillamente hacer mi puto trabajo. Si no cuento mis problemas, es solo porque yo no suelo contar esos asuntos personales. Sea por timidez, introversión o una floja defensa judicial. Al fin y al cabo, Aida cuenta con mucha gente para idearle una buena defensa, y yo con mis pensamientos tan solo cuento con mi derecho a ejercer el silencio y otras bajezas así.
En dicho centro, conocí a una auxiliar de enfermería que me confesó su amor por mí. Ella es encantadora e increíblemente trabajadora. Es capaz de pasear por la planta cómodamente. Trabajando con dureza como si nada le costase. No se parece pues a mí, que me las paso en el despacho maldiciendo al resto de mis compañeros sobre todo en días como hoy donde el calor coarta mi respirar, provoca en mi piel un fatigoso sudor caliente; y además, enfurece a mi sangre que se encoleriza por casi cualquier motivo. Así, hoy me grité con una compañera de trabajo por una cuestión de poderes.
El caso es que la chica tan guapa que se muestra enamorada de mí se llama Aída y yo también muestro sentimientos hacia ella en parte por todo lo descrito anteriormente. Salimos durante dos meses hasta que se enteró de que en los primeros días de noviazgo le puse los cuernos con una búlgara llamada Mariya. En este punto me parece importante aclarar que casi el completo de la plantilla del sitio en el que trabajo es femenino, y, también, que Aida es una persona que acostumbra a hablar de ese tipo de conflictos personales, así que ahora ejerzo mi profesión en un sitio donde hay como veinte o treinta trabajadoras que saben que le pongo los cuernos a su compañera. Cosa que no tendría porqué ser un gran problema, salvo porque últimamente se me da por fantasear y creer que tras cada cuchicheo hay alguna crítica hacia mí, o, que cuando alguna persona trata de desafiarme, es en parte aprovechándose de mi puntual debilidad y que no encontraré los apoyos suficientes debido a la infidelidad en cuestión. Aunque lo que debería hacer, seguramente, sería dejar de fantasear tanto y sencillamente hacer mi puto trabajo. Si no cuento mis problemas, es solo porque yo no suelo contar esos asuntos personales. Sea por timidez, introversión o una floja defensa judicial. Al fin y al cabo, Aida cuenta con mucha gente para idearle una buena defensa, y yo con mis pensamientos tan solo cuento con mi derecho a ejercer el silencio y otras bajezas así.