Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Conozco al vampiro,
al tradicional tormento de las vírgenes que resisten y después caen,
en el despropósito de ser bebida,
con la sangre caliente entre los dientes,
nadie sabe lo que se siente,
solamente los vampiros transeuntes,
los que viajan por el mundo,
o los que residen en sus castillos y esperan la sangre fresca,
virginal,
doncella,
¡más de ella, más!
En tranquilos conventos apareció uno de ellos,
vampiros que vieron un nicho no explotado, o no sorbido,
los conventos, las monjas, el claustro, el silencio y el recato.
Caminaron mañanas enteras y recogieron un botín de terciopelo y rosas,
un camino de mortaja y de duelo,
pero la sumisión no pudieron recibirla,
comenzó la lucha entre el Bien y el Mal,
entre un Caín y su hermano Abel,
mientras caía un constante chorro de sangre derretida,
sangre de chocolate,
o de confituras preparadas por las monjas,
no podían creer tal horror,
corrían espantadas, pero no podían llegar muy lejos,
las paredes se estrechaban,
y el alimento no alcanzaba,
vampiros acechando en rincones.
De noche salieron a encontrarlas,
a buscarlas,
acecharlas,
atormentarlas,
con miedo,
con frío,
con sangre,
con leche.
Monjas de recato que siguieron luchando y rezando,
que no puedieron conciliar el sueño,
que aullaron al Dios Todopoderoso,
para que llegara,
para que asistiera,
ayudara,
sanara,
consolara.
Pasaron años, lustros, quizás décadas,
el Buen Pastor llegó a los conventos,
con recato, disimulo y en silencio,
y de ahí esparció su luz y su gloria,
los gritos de novicias llenaron los pasillos,
y las más atormentadas recibieron el apoyo,
el consuelo,
y el cariños eterno,
en un ventisquero construído donde no llegaba luz,
y llegó por fín el día,
la claridad,
la esperanza,
la luz y El Señor.
al tradicional tormento de las vírgenes que resisten y después caen,
en el despropósito de ser bebida,
con la sangre caliente entre los dientes,
nadie sabe lo que se siente,
solamente los vampiros transeuntes,
los que viajan por el mundo,
o los que residen en sus castillos y esperan la sangre fresca,
virginal,
doncella,
¡más de ella, más!
En tranquilos conventos apareció uno de ellos,
vampiros que vieron un nicho no explotado, o no sorbido,
los conventos, las monjas, el claustro, el silencio y el recato.
Caminaron mañanas enteras y recogieron un botín de terciopelo y rosas,
un camino de mortaja y de duelo,
pero la sumisión no pudieron recibirla,
comenzó la lucha entre el Bien y el Mal,
entre un Caín y su hermano Abel,
mientras caía un constante chorro de sangre derretida,
sangre de chocolate,
o de confituras preparadas por las monjas,
no podían creer tal horror,
corrían espantadas, pero no podían llegar muy lejos,
las paredes se estrechaban,
y el alimento no alcanzaba,
vampiros acechando en rincones.
De noche salieron a encontrarlas,
a buscarlas,
acecharlas,
atormentarlas,
con miedo,
con frío,
con sangre,
con leche.
Monjas de recato que siguieron luchando y rezando,
que no puedieron conciliar el sueño,
que aullaron al Dios Todopoderoso,
para que llegara,
para que asistiera,
ayudara,
sanara,
consolara.
Pasaron años, lustros, quizás décadas,
el Buen Pastor llegó a los conventos,
con recato, disimulo y en silencio,
y de ahí esparció su luz y su gloria,
los gritos de novicias llenaron los pasillos,
y las más atormentadas recibieron el apoyo,
el consuelo,
y el cariños eterno,
en un ventisquero construído donde no llegaba luz,
y llegó por fín el día,
la claridad,
la esperanza,
la luz y El Señor.