BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Le exprimen la leche a la luna
cuatro ganapanes y vagabundistas
que asoman con sus negligentes malabares
por las pendientes de acero de los corchos
y los telares; se infectan de callos las manos,
sacan al fondo el cadáver y lo estiran con sus
dedazos de carpinteros; buscan lastimarse
como si de un Cristo autóctono se tratase.
Y recuerdan que el estaño nace de las extremidades
y paisajes; de aquellos laberintos de sexo
y angostura, que practicaban incisiones sobre
el suelo. Me gusta verlos trotar a la deriva,
sobre espejos rotos y las comisuras, los labios
enfermos, las fiebres altas y los espacios pequeños.
Me gusta tratarlos como se merecen, con un látigo.
Las selvas ya tienen un protegido y a un protector.
Sus vasijas de barro congregan al demonio de los ojos azules.
En un torbellino de aire caliente se enfrentan los niños
de antes. Y salen por los depósitos y las lejías desinfectantes,
buscando amores lascivos y pretéritos.
©
cuatro ganapanes y vagabundistas
que asoman con sus negligentes malabares
por las pendientes de acero de los corchos
y los telares; se infectan de callos las manos,
sacan al fondo el cadáver y lo estiran con sus
dedazos de carpinteros; buscan lastimarse
como si de un Cristo autóctono se tratase.
Y recuerdan que el estaño nace de las extremidades
y paisajes; de aquellos laberintos de sexo
y angostura, que practicaban incisiones sobre
el suelo. Me gusta verlos trotar a la deriva,
sobre espejos rotos y las comisuras, los labios
enfermos, las fiebres altas y los espacios pequeños.
Me gusta tratarlos como se merecen, con un látigo.
Las selvas ya tienen un protegido y a un protector.
Sus vasijas de barro congregan al demonio de los ojos azules.
En un torbellino de aire caliente se enfrentan los niños
de antes. Y salen por los depósitos y las lejías desinfectantes,
buscando amores lascivos y pretéritos.
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